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Un día con Sultán, el perro robot del futuro: "Puede conducir rebaños de ovejas y detectar depredadores como el lobo"
Jose María RoblesTexto Alberto Di LolliFotografías y vídeo LeónT · 2026-05-07 · via Futuro

Al futuro se llega por la carretera que hace curva entre Navatejera y Villaquilambre. Detrás de la cerca de una granja indistinguible de cualquier otra al primer golpe de vista, en un prado con forma de trapecio, se atisba algo parecido a una revolución. Tres especialistas avanzan hacia un rebaño de ovejas con uniforme verde y un mando como de videoconsola. Otros tantos autómatas cuadrúpedos -uno de ellos con ruedas- marchan siguiendo sus instrucciones al encuentro con los rumiantes. Luce el sol por primera vez en casi tres meses. Apenas un leve traqueteo rompe la paz del campo. En tales circunstancias se produce un cruce insólito a las afueras de León: el de la robótica y el pastoreo, lo vanguardista y lo ancestral. Insólito, además, porque rara vez en un banco de pruebas tecnológico hay que sortear boñigas.

«Aquí tenemos 250 ovejas Assaf y 60 churras. Dan buena leche las dos. La lana ya prácticamente nadie viene a llevársela», explica Jesús García, 60 años, encargado de la explotación. Ganadero pero de vacuno en el monte. «¿Los perros robots? La primera vez que los trajeron, las ovejas sintieron curiosidad... y también se asustaron», recuerda mientras asiste a una nueva interacción animal-máquina. «El problema es que son muy gregarias y muy miedosas. En cuanto cuatro o cinco de ellas se van, las demás las siguen», secunda en traje de faena el catedrático Vicente Matellán, máximo responsable de un proyecto pionero en toda Europa. Él y los dos investigadores que le acompañan intentan conducir el rebaño con los canes metálicos Sultán, Tuercas y Ruedines. Algo tan arduo como pinzar con los dedos una gota de mercurio. Algo quizá aun más impactante que ver a unos humanoides haciendo kungfú en el prime time de la televisión china.

Son de sobra conocidas las palabras de Warren Bennis sobre la fábrica del mañana. El asesor de hasta cuatro presidentes de Estados Unidos, pionero en los estudios de liderazgo, vaticinó que dicha factoría tendría únicamente dos empleados: un hombre y un perro. «El cometido del hombre será dar de comer al perro y el del perro, que el hombre no toque el equipamiento», escribió Bennis popularizando una broma que en realidad circulaba entre el Sindicato de Ingenieros de Correos Británicos desde finales de los años 70. Antes incluso, el maestro de la literatura de ciencia ficción Isaac Asimov había imaginado la completa automatización de las tareas agrícolas en Bóvedas de acero (1954), entreviendo un mundo en el que la lechuga y el tomate llegarían a la ensaladera sin que una sola persona la hubiese tocado durante su plantación, cosecha o aderezo.

Pues bien, el Grupo de Robótica de la Universidad de León (ULE) trabaja en un escenario intermedio donde conviven seres humanos, asistentes programables, animales y cultivos. Matellán es el fundador del equipo de investigadores dedicado a los proyectos Self-Air y Auroras, del que forman parte una decena de profesores y ex alumnos del máster del centro castellano-leonés y de la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid). El primero de los proyectos fue financiado por el Ministerio de Transición Ecológica con fondos europeos y buscaba crear un perro robot capaz de ayudar en labores de ganadería. En concreto, en el pastoreo de ovino y -ojo- en la protección frente a posibles depredadores como el lobo.

El segundo, cofinanciado por la UE y canalizado a través del Ministerio de Ciencia, pretende dotar a dicho dispositivo de comportamiento inteligente para atender otras necesidades del sector primario. «Estamos aplicando la misma filosofía algorítmica a la sensorización del suelo para detectar las malas hierbas o medir el grado de humedad», explica la profesora Lidia Sánchez, investigadora principal de Self-Air junto a Francisco Javier Rodríguez, y ahora centrada en Auroras.

Ambos proyectos vienen a refutar la percepción del autómata como habitante, o fetiche, exclusivamente urbanita. Un estereotipo centenario -la primera mención de la palabra robot como sinónimo de ser artificial data de 1920- engordado con quintales de películas, series, tebeos o relatos. Y por presentaciones de Elon Musk en auditorios siempre con mucho led y ningún barro. En resumen, un cliché difusor de lo rural como horizonte infértil para la I+D. Al menos, para el público poco familiarizado con el riego y el ordeño.

Cuentan los representantes de la ULE que, si se compara con el elevado nivel de tecnificación que presenta la agricultura en España, la ganadería se ha quedado descolgada. Sobre todo, la extensiva. «En Australia y en algunas zonas de Estados Unidos usan drones para vigilar rebaños en grandes fincas. Aquí en cambio es algo anecdótico. Y el uso de robots cuadrúpedos, una rareza», explica ahora Matellán en un despacho repleto de mini androides de juguete.

«Cuando empezamos, en 2022, había aparecido alguna noticia sobre la interacción de un robot de Boston Dynamics con animales, pero éste estaba teleoperado [controlado por un humano]. Nuestro objetivo fue desarrollar un software que permitiera, por ejemplo, detectar los pastos más verdes combinando distintas fuentes: cámara multiespectral, imágenes satelitales...», agrega Sánchez.

«El gran vacío, lo que va exigir una inversión importante, está aquí, en el software, porque el hardware lo tienen razonablemente bien resuelto los americanos y los chinos. Nos falta eso intermedio que coge la información recopilada, la procesa y decide las acciones», remacha el catedrático a propósito de los modelos de arquitectura cognitiva que funcionan como cerebros de la jauría sintética.

Ruedines y Tuercas salieron de la cadena de montaje de Unitree (China). Sultán es el dispositivo Vision 60 de Ghost Robotics (EEUU) rebautizado con nombre de chucho, aunque con apariencia de insecto hormonado. Es el de mayor tamaño con el que opera el laboratorio de la ULE. Pesa cerca de 50 kilos. Es resistente a la lluvia, el polvo y los tropezones que acaban en vuelco. Tiene un máximo de tres horas de autonomía. Costó 180.000 euros con el paquete básico.

Hoy dispone de varios supersentidos gracias a la suma de mecatrónica e IA, lo que lo convierte en una versión avanzada de los V60 que ya se emplean en EEUU en la vigilancia perimetral de instalaciones estratégicas o en la detección de gases tóxicos en vertederos. Puede maniobrar a varias velocidades en terreno irregular. Integra sistemas de navegación basados en GPS, modelos de visión artificial, diferentes sensores (de proximidad, térmicos, etc.) y un dataset con más de 80.000 imágenes. Algunas las han proporcionado pastores de la propia provincia de León; otras las han incorporado los investigadores después de una decena de pruebas de campo en la granja, frecuentada igualmente por sus colegas de Veterinaria. Eso sólo en relación a las ovejas. Que, pese a que la contemporaneidad las ha infantilizado como clónicas criaturas algodonosas, no son todas iguales.

«Fuimos a Extremadura a hacer otra de las pruebas y en vez de blancas eran casi negras. Y claro, los algoritmos que habíamos entrenado no las reconocieron. Después mezclamos a Tuercas con merinas, que son más bien marrones, y las identificó como perro, lobo, zorro, caballo, oso... Con cualquier animal que no fuera una oveja. Tuvimos que hacer mucho reentreno», confiesa la profesora Camino Fernández, especialista en háptica del equipo, sobre los resultados de los tests iniciales. En otra ocasión, Sultán cambió de vecindario y se llevó el testarazo de una vaca al ser percibido como una presencia incómoda.

Aunque quizá la salida más determinante fue la que realizó el Grupo a un encuentro de pastores en Zamora. La presentación de Sultán como alternativa a los perros biológicos dejó indiferentes a los asistentes. Estos argumentaron que la conducción de ganado la tenían cubierta con sus carea, la raza canina autóctona de León: inteligentes, baratos, fáciles de adiestrar. Y añadieron que la protección del rebaño la tenían encomendada a los intimidatorios mastines.

En ese momento los pastores no eran conscientes de lo que supondría contar con un artefacto que puede identificar por ellos a decenas de kilómetros si una oveja está herida o extraviada. Y que no necesita comer, descansar a la sombra o dormir de noche. Justo cuando los mastines están fuera de servicio. Justo cuando suelen atacar los lobos. Ahí la cosa cambió: el despectivo meh se transformó en curioso uhm.

'Self-Air' y 'Auroras' son los proyectos que emplean robots en el sector agroganadero.

'Self-Air' y 'Auroras' son los proyectos que emplean robots en el sector agroganadero.

Los especialistas de León decidieron entonces conocer mejor al Canis lupus signatus, la subespecie endémica de la Península Ibérica. Viajaron al Centro Félix Rodríguez de la Fuente (Puebla de Sanabria) para estudiar su comportamiento. «Son lobos troquelados. No están domesticados, pero sí acostumbrados a la presencia de personas», aclara Matellán. Y teleoperaron a Sultán aprovechando que un cuidador dejaba comida a los residentes en la reserva.

La reacción puede verse en varios vídeos de YouTube alojados en la cuenta del Grupo. Primero, en cuanto el robot empieza a moverse, desconfianza. Luego, cuando intenta acercárseles, miedo previo a la huida. «Estoy seguro de que un lobo salvaje también saldría corriendo», sostiene el catedrático. Sus investigadores aprendieron mucho de esos encuentros en la tercera fauce. Constataron que el sentido por el que se guía el lobo es el olfato, no la vista. Descubrieron que hay sonidos, como el zumbido de un dron, que le resultan insoportables. En consecuencia, pensaron en posibles estrategias de disuasión no lesivas, como la instalación en el robot de luces de emergencia o dispensadores de olor.

Habrá quien diga: pues vaya soluciones estrafalarias e inmaterializables. Pero también quien pueda pensar: toda propuesta que permita reducir los daños derivados de la expansión de las manadas loberas (333, según el último censo del Ministerio para la Transición Ecológica) merece ser estudiada.

«Los ataques del lobo al ganado al ganado son un problema para los ganaderos, pero también para los lobos, porque constituyen la causa principal de su persecución por parte del hombre. Que los investigadores en Robótica reconozcan que éste es un problema digno de ser abordado me parece algo positivo», subraya el biólogo Juan Carlos Blanco, el experto con el que contacta la Comisión Europea cuando tiene alguna pregunta sobre el Canis lupus. El mismo que denuncia que ahora es casi imposible encontrar un cuento sobre un lobo malo.

En España no existe un registro unificado de los mordiscos y zarpazos lobunos contra reses. Se estima que en 2025 se produjeron cerca de 18.000 ataques en las cinco comunidades con mayor presencia del depredador (Castilla y León, Galicia, Cantabria, Asturias y La Rioja). En la región castellano-leonesa aumentaron un 47% entre 2021 y 2024. Su inclusión, hace cuatro años y medio, por parte del Gobierno, en el Lespre (Listado de Especies en Régimen de Protección Especial), supuso la prohibición de su caza. Desde entonces, el debate entre las organizaciones agroganaderas y las conservacionistas se parece a una batalla dominguera de paintball. Las primeras alegan que la protección ha intensificado la presión sobre sus rebaños y las segundas, que las cifras pueden estar infladas con el doble objetivo de criminalizar al agresor y reclamar mayores indemnizaciones.

El catedrático Vicente Matellán y los ex alumnos Luis Prieto y Sergio Sánchez, junto a Tuercas y Sultán (con Ruedines al fondo), en la granja experimental de la Univ. de León.

El catedrático Vicente Matellán y los ex alumnos Luis Prieto y Sergio Sánchez, junto a Tuercas y Sultán (con Ruedines al fondo), en la granja experimental de la Univ. de León.

¿Cómo de viable sería la incorporación de Sultán al ecosistema pastoril? ¿Se le podría ver dentro de equis años con sus andares ortopédicos en Montaña de Riaño? ¿Estamos ante una vía de negocio para un startup leonesa? ¿Cuánto costaría escalar el prototipo básico? ¿Sustituirán las batidas disuasorias mecanizadas a las tradicionales con escopeta? «Nosotros aquí hacemos investigación básica, con la ventaja de que tenemos una granja y a los veterinarios y etólogos aquí al lado. Lo que nos interesa es demostrar si con tecnología somos capaces de resolver este tipo de problemas. Y la respuesta es sí: es factible que un robot conduzca un rebaño y detecte depredadores», resume Sánchez. «Lo que queda fuera de nuestro ámbito de estudio es la viabilidad económica. Hoy no lo sería por el coste de los robots», matiza la investigadora, consciente de que la clave está no en la fabricación de unas pocas unidades, sino de millones de ellas.

«Responder esas preguntas puede llevar mucho tiempo... o puede que nunca sea posible», tercia Matellán. «Fíjate, la NASA empezó a enviar cohetes al espacio en los años 60 y hasta principios de este siglo no hemos asistido a la explotación comercial de dicha tecnología por parte de empresas como SpaceX. Las constelaciones de satélites han tardado en madurar cinco décadas. Pensamos que este perro robot nos puede servir para vigilar rebaños, pero a lo mejor para lo que nos vale es para transportar carga, vigilar el uso de pesticidas o monitorizar bosques. En vez de usar fototrampeo, con cámaras fijas, emplear al perro para tener un campo de visión más amplio».

Un robot humanoide G1 de Unitree -el mismo modelo que hacía cabriolas en la tele china- se ha vuelto viral estos días después de perseguir a tres jabalíes por las calles de Varsovia. Seguramente, sus fabricantes no previeron que se pudiera usar para expulsar animales salvajes de zonas residenciales.

Luis Prieto y Sergio Sánchez son los dos ex alumnos del máster de Robótica de la ULE que acompañan al catedrático en la visita a la granja. Trabajan ahora para el departamento. Manejan respectivamente a Sultán y Tuercas con destreza gamer. «Lo más difícil de conseguir será el comportamiento autónomo», predice el primero. «Yo soy optimista. Me gusta pensar que en unos años, con los avances que se están produciendo en hardware y software, estos robots van a implementarse en cualquier ámbito imaginable», completa el segundo. La despoblación de la España interior y la falta de relevo generacional en la ganadería extensiva podrían ser incentivos suficientes para que la presencia de perrobots en el agro trascendiera lo testimonial.

«La queja que más escuchamos es que los robots nos van a quitar el trabajo. Yo digo que es todo lo contrario: la gente no se hace una idea del trabajo que dan. Programarlos, modificarlos o mantenerlos son tareas que generan empleo para muchísimas personas. Lo que cambia es el grado de especialización. Para ejercer estos trabajos hay que estar más formado. Y para eso está la universidad», apunta Fernández. «La tecnología que desarrollamos aquí busca facilitar la vida de las personas. Quiero pensar que la tecnología está al servicio de la sociedad para hacer bien. Estos robots no van a sustituir a un pastor ni a otro perro, sino ayudarles», rechaza igualmente su compañera.

La pareja de antiguos estudiantes no tiene reparo en ceder un rato los mandos a quien firma estas líneas. Activar a Tuercas en la explotación o guiarlo por los pasillos del MIC (Módulo de Investigación Cibernética) entraña algo más de dificultad que pilotar un 4x4 por control remoto. Por momentos su trote recuerda al de Aibo, el cachorro robótico para niños que Sony comercializó entre 1999 y 2005. De hecho, en eventos didácticos como los de Expociencia, los pequeños suelen acariciar a los sintéticos leoneses con ternura no impostada. La UX [experiencia de usuario] con Sultán, en cambio, se traduce en inquietud. El mayor de la familia se percibe inconscientemente más como arma que como mascota.

Cuentan los docentes de la ULE que el ciudadano de a pie comenzó a acostumbrarse a convivir con robots hace justo una década, con la popularización de las aspiradoras domésticas con forma de disco y los limpiafondos de piscina. «La imagen que hasta ese momento tenía la gente del robot era la del entorno industrial: un brazo enorme que manejaba piezas de metal», contextualiza Matellán. «Ahora, aunque los robots siguen llamando la atención, ya no sorprenden».

La aplicación de cuadrúpedos con certificación IP67 en la guerra de Ucrania refuta en parte esa percepción. Los V60 del comandante Oleksandr Syrskyi aspiran a ser tan letales en el frente como un dóberman con un lanzallamas. El perro robot es el penúltimo antimito pop: véase el capítulo Metalhead de la serie Black Mirror. Cuando el Grupo presentó a Sultán y su nuevo cerebro en Facebook, las reacciones atronaron como una lluvia de piedras. «Le falta una ametralladora...», «Esto de perro tiene poco, es una mezcla entre hormiga y saltamontes», «Por favor, yo soy una oveja y me muero del infarto!», fueron algunos de los comentarios.

«Nosotros no hemos hecho ni tenemos intención de hacer nada relacionado con las aplicaciones militares», descarta el catedrático. «Hemos colaborado con la Unidad Militar de Emergencias (UME)», precisa Sánchez. «Tal vez la gestión de catástrofes pueda ser un ámbito interesante en el futuro. Por ejemplo, si enviamos al robot a un edificio en peligro de derrumbe, podremos ver si hay víctimas o si se ha producido un escape de gas».

La profesora Lidia Sánchez, con otro de los autómatas en la parcela del campus de la Univ. de León que usa el Grupo como primer banco de pruebas.

La profesora Lidia Sánchez, con otro de los autómatas en la parcela del campus de la Univ. de León que usa el Grupo como primer banco de pruebas.

El cuartel general de los investigadores de la ULE cuenta con un piso piloto que recuerda a las casas de la película Dogville. Tiene cocina, baño, salón... y ni una sola pared. Es el espacio en el que los autómatas trastean enseres domésticos, esquivan muebles y tratan de no chocar. El techo está reservado al sistema de captación de movimiento OptiTrack, aunque el Grupo ha pasado ya a otro nivel superior: el de las redes neuronales masivas, el procesamiento subsimbólico y el diseño de misión.

Una pequeña parcela justo al lado del edificio de Robótica permite un primer contacto de los cuadrúpedos con la tierra antes de ser trasladados a la granja. En el suelo hay surcos como si se tratara de un huerto recién sembrado. Eso sí, los únicos animales que merodean por allí son los gorriones.

Lo que podría suceder a campo abierto con un Sultán equipado con IA es una incógnita cosquilleante. En una de sus intervenciones más recordadas, Félix Rodríguez de la Fuente dejó dicho: «El aullido del lobo es uno de los sonidos más impresionantes que ha producido criatura viviente alguna. Que el lobo viva donde pueda y donde deba vivir para que en las noches españolas no dejen de escucharse los hermosos aullidos del lobo». El encuentro entre ese robot de última generación y uno de los animales más fascinantes -temido, admirado, perseguido- del ecosistema ibérico representaría algo más que un hito.

«Confrontaría el misterio de lo atávico con un futuro automatizado de algoritmos y sensores, de rebaños sin mastines ni careas. La imagen proyecta la promesa de una mayor eficacia en el manejo del ganado, pero también implica la pérdida de una complicidad milenaria entre pastores y perros que ha producido un rico patrimonio cultural, que igualmente desaparecería», visualiza Francisco Almarcha, licenciado en Antropología Social por la Universidad de Alicante y autor de El lobo. Tótem y tabú (Ed. Tundra).

«Sería una gran noticia que estos perros robots fueran perfeccionados hasta convertirse en instrumentos disuasorios supereficaces. Esto limitaría mucho la animosidad contra los lobos y facilitaría la convivencia. Se ganaría en efectividad y productividad», valora. «Sin embargo, si se hace de manera masiva e insensible a los valores ecológicos, culturales y sentimentales del paisaje, se convertiría al campo en un lugar más inhóspito, amenazador y vigilado. La clave está en implementar todos estos cambios tecnológicos con prudencia. La belleza, la magia, la serenidad y la libertad que nos proporciona la naturaleza son parte de nuestra identidad y fuente de bienestar. A juzgar por los criterios que se han aplicado en la instalación de parques eólicos y plantas solares, no soy muy optimista».

Sultán no mueve la cola si está contento. No se tumba a los pies con empatía peluda. Tampoco ladra. A su paso serán otros quienes dirán guau.