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Pero si no la usa en absoluto, también" Un arca de Noé de células animales en Barcelona: "Recuperar especies con estas técnicas es el fracaso de la sociedad, pero es alucinante poder hacerlo" Vida y muerte del rascacielos de toda la vida: "Hoy cualquier fachada de cristal nos parece sospechosa" Mi viaje a Madagascar con ChatGPT, la agencia de viajes de moda Por qué cada vez más ecologistas apoyan la energía nuclear: "Todos los temores a la radiación, a los residuos, a los accidentes, carecen de fundamento científico" Thomas R. 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Manual para sobrevivir en la era del apocalipsis permanente: "Lo contracultural ahora es tener esperanza"
Raquel R. IncertisTexto (Madrid)Patricia BolinchesIlustración Te · 2026-04-24 · via Futuro

Hubo un tiempo -no tan lejano- en el que el fin del mundo era un género en sí mismo. Se consumía empaquetado como una serie un domingo por la tarde o como una novela distópica para evadir la mente antes de dormir. The Walking Dead, The Last of Us, La quinta ola, La guerra de los mundos... Era una ficción reconocible, con sus códigos, sus situaciones límite, sus monstruos, sus supervivientes.

Hoy, en cambio, el apocalipsis ya no es producto de la imaginación y creatividad de un puñado de guionistas y realizadores. La catástrofe es deslizable y continua: aparece entre una receta de salmón a la naranja y una discusión política en el Congreso, ahogada en la corriente infinita de imágenes y vídeos que consumimos sin pausa. El colapso total ya no es la excepción, el colapso total es la regla.

«El problema no es tanto lo que pasa, sino cómo lo contamos», resume Eudald Espluga. El filósofo y comunicador publica Imaginar el fin (Ed. Paidós), un ensayo que transforma el apocalipsis «en una herramienta de esperanza para imaginar un futuro postcapitalista». Su punto de partida es tan sencillo como incómodo: los datos, por sí solos, no hacen política. Lo que la hace es la forma en que esos datos se convierten en relato, aunque sean utilizados de manera imprecisa o cuestionable. Y ese relato, en los últimos años, ha adoptado una temática muy concreta: la del colapso.

Un día cualquiera te levantas con un tuit de Donald Trump amenazando con destruir una civilización entera. Pandemias, incendios forestales, mapas térmicos imposibles, ciudades enteras convertidas en zonas inhabitables, guerras que se explican como disputas por la energía o los recursos. Todo en tiempo real, al alcance de la mano.

«Nunca habíamos tenido tanta información sobre lo que ocurre, y a la vez tanta desinformación. Pocas veces esa acumulación de datos ha servido para activar una respuesta colectiva clara. Más bien al contrario: la sensación dominante es de saturación, de cansancio, de una especie de parálisis difícil de nombrar», dice Espluga.

No se trata solo de que vivamos en un momento de crisis encadenadas -climática, sanitaria, tecnológica, geopolítica-, sino de que hemos aprendido a interpretarlas bajo un mismo marco narrativo, cuando la realidad es que existen varios. Para el filósofo, el futuro aparece «como una pendiente descendente, una secuencia de pérdidas inevitables que desemboca, tarde o temprano, en algún tipo de final. A veces rápido y espantoso, a veces lento y casi imperceptible, pero siempre final».

«Hoy lo contracultural es tener esperanza. El pesimismo se ha convertido, de alguna manera, en una forma de prestigio», advierte Francesc Torralba, también filósofo y autor de Anatomía de la esperanza (Destino), que define como «una inmersión lúcida y esperanzadora en la fuerza que nos mantiene en pie cuando todo parece perdido».

Pero esta manera de contar el mundo no surge de la nada. Lleva décadas sedimentándose en la cultura popular, en los referentes que consumimos casi sin darnos cuenta. El escritor y teórico Mark Fisher lo formuló de manera casi definitiva cuando escribió que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. «Hemos visto tantas veces el colapso en películas, series, videojuegos... que nos resulta más verosímil que cualquier alternativa política», explica el autor de Imaginar el fin. En sus páginas recopila casos recientes en los que el mundo anticipó la hecatombe definitiva, tan supuestamente irremediable como la polémica campaña de American Eagle con Sydney Sweeney por la que se acusó de «supremacismo blanco» a la marca de vaqueros y a la actriz o como la fiebre por los labubus como enésimo objeto de deseo pop.

El problema es que esa «familiaridad cultural» tiene consecuencias. Porque cuando el desastre se vuelve imaginable -y, sobre todo, repetible- deja de ser una excepción para convertirse en horizonte. Y cuando algo se percibe como horizonte, se naturaliza en exceso.

"Hemos visto tantas veces el colapso en películas, series, videojuegos... que nos resulta más verosímil que cualquier alternativa política"

Eudald Espluga, autor de 'Imaginar el fin'

Es ahí donde aparece lo que Fisher llamó «impotencia reflexiva»: esa sensación de que, cuanto más imágenes terribles consumimos y más entendemos la magnitud del problema, menos margen tenemos para intervenir en él. Una especie de conciencia paralizante que no conduce a la acción, sino al repliegue. Como si el exceso de lucidez terminara anulando cualquier impulso de cambio.

«Vivimos en la sociedad del yo, el nosotros ha muerto. Intentamos sobrevivir a nuestro día a día como individuos, mientras que la democracia requiere de proyectos colectivos, de luchas compartidas, que son las que han desaparecido. Sin horizontes comunes, la democracia se vacía», insiste Torralba.

Entonces, ¿internet ha convertido el apocalipsis en entretenimiento? ¿Nos hemos acostumbrado a consumir retazos del fin del mundo en el telediario como quien ve repeticiones del fútbol?

Espluga explica que la forma en que codificamos la información puede llevarnos a cursos de acción completamente distintos. No todo el mundo que acepta los mismos datos propone las mismas soluciones: «Hay quien ve en la crisis climática la necesidad de transformar radicalmente el modelo económico y quien la interpreta como una oportunidad para acelerar el desarrollo tecnológico o incluso imaginar salidas fuera del planeta». Que se lo digan a los astronautas de Artemis 2.

Entre una cosa y otra, se abre un espacio donde proliferan todo tipo de respuestas. Algunas pasan por la resignación. Otras, por una especie de hiperactividad casi delirante. Señala Espluga que el filósofo norteamericano Eugene Thacker hablaba de un mundo cada vez más «impensable», una realidad que desborda nuestras categorías tradicionales y nos deja sin herramientas para procesarla. «Ante esa sensación de límite, hay quien opta por retirarse, asumiendo que no hay nada más que hacer, y quien decide redoblar la apuesta: si hemos sido capaces de transformar el planeta, quizá también podamos rehacerlo, colonizar otros, reinventarnos como especie», expone.

"Es un mundo en el que ya nadie es capaz de soñar. Lo que tenemos son pesadillas"

Francesc Torralba, autor de 'Anatomía de la esperanza'

En el plano más cotidiano, esa misma lógica adopta formas mucho más reconocibles. El doomscrolling -esa extendidísima práctica de deslizar el dedo durante horas consumiendo noticias negativas- funciona como una especie de anestesia contemporánea. No es que no nos importe lo que vemos. Es que lo vemos todo el tiempo, sin jerarquía, sin distancia, sin contexto. La catástrofe se convierte en una imagen más dentro del flujo de clips: «Decimos mucho eso de que vivimos permanentemente en un episodio de Black Mirror», resume Espluga, señalando cómo nuestra vida cotidiana se ha entrecruzado con las lógicas de la ficción distópica.

Las plataformas y redes sociales tienen mucho que ver con esa transformación. Lo que en su día se presentó como una nueva plaza pública ha ido mutando hacia otra cosa: un espacio donde los algoritmos no solo seleccionan qué vemos, sino cómo lo vemos. Espluga hace referencia al Apocalipsis bíblico para hablar de la importancia de la iconografía dentro del relato: «Los jinetes del apocalipsis, los monstruos emergiendo del océano... eran algo así como los memes de la época. Ahora estamos inundados de imágenes generadas con inteligencia artificial, cosas que no sabemos si son verdad o mentira, pero que están por todas partes».

El resultado es una combinación extraña: saturación informativa y pérdida de control. Una sensación difusa de que todo está ocurriendo a la vez y de que, al mismo tiempo, no tenemos capacidad real para intervenir en ello. Es lo que Espluga identifica como un pesimismo antropológico profundamente arraigado.

«Es un mundo en el que ya nadie es capaz de soñar. Lo que tenemos son pesadillas», concuerda Torralba. Lo que vendrá es terrible y oscuro... La vivienda es imposible, el trabajo es precario, las relaciones son volátiles y además el mundo se va a pique desde el punto de vista ecológico. Les decimos a las parejas jóvenes: '¿Cómo vas a tener la insensatez de traer al mundo un niño inocente, al que van a devorar todos estos energúmenos que nos dirigen?'».

En ese contexto, no sorprende que gane terreno otra idea: la de prepararse. El imaginario del colapso se traduce invariablemente en una política del miedo. Los Estados refuerzan sus fronteras y compiten por los recursos, una lógica que parte de una premisa muy concreta: cuando falte lo esencial, cada uno mirará por sí mismo. «Existe una política preparacionista en todos los niveles, desde los nichos de YouTube, de Reddit y de TikTok en los que vemos a jóvenes prepararse para lo peor con entrenamientos muy duros, aprendiendo a hacer fuego, con mochilas de 70 litros, navajas, radios... hasta la Unión Europea pidiéndote que te hagas tus propios kits para emergencias», recuerda Espluga.

En su ensayo, explica también cómo la extrema derecha ha sabido apropiarse del relato apocalíptico para convertirlo en discurso ultra. «La Historia ha demostrado en múltiples ocasiones que el fin del mundo moviliza mejor a los reaccionarios que a los progresistas. Y es que muchas veces lo que nos acecha no es el fin del mundo, sino el fin de mi mundo como hombre blanco heterosexual», dice, subrayando cómo la catástrofe se interpreta desde posiciones culturales muy específicas, alimentando el populismo. De ahí nacen teorías de la conspiración como el archirrepetido Gran Reemplazo que estigmatiza a los inmigrantes.

Personajes como Elon Musk sintetizan esa lógica: «Sus acciones demuestran que le da igual el cambio climático porque va a acabar con el 99% de la población. Lo que le importa es controlar la tecnología, para que esta no acabe con él en un futuro hipotético».

Según Espluga, fenómenos como la sustitución de la espiritualidad por el coaching -y viceversa- o la predilección por el horóscopo son síntomas de la constante búsqueda de sentido fragmentado en un mundo incierto. «Se habla mucho de que los jóvenes han vuelto a ser creyentes, pero siempre ha habido olas, formas diferentes de aferrarse al presente para tratar de interpretar el futuro».

Torralba cuestiona el repunte del sentimiento religioso entre las nuevas generaciones: «Es algo precipitado, aunque sin duda hay una explicación tras ese vacío. Hay una juventud que está harta, asqueada del mundo consumista, individualista y materialista que les hemos presentado. Para mí tiene que ver con la insatisfacción, con el agotamiento, con la frustración que engendra a un ejército de decepcionados».

Pero también es posible otra lectura. Una que no niegue la gravedad del momento, y tampoco se limite a reproducirla en forma de fatalismo. Un antídoto contra la parálisis. El autor de Anatomía de la esperanza insiste en la necesidad de recuperar una «cierta dimensión de sentido», de no reducir la experiencia humana a una sucesión de crisis sin horizonte: «No se trata de volver a certezas perdidas, sino de evitar que la incertidumbre se convierta en parálisis».

"Tenemos que trabajar como sociedad para saber cómo queremos llegar a ser después del fin"

Eudald Espluga, autor de 'Imaginar el fin'

La pregunta que emerge es urgente: ¿qué hacemos con ese miedo al apocalipsis? ¿Existe algún manual o guía para gestionarlo conjuntamente? Algunas voces, desde la filosofía hasta el activismo, apuntan hacia la necesidad de construir otros imaginarios. No utopías cerradas, ni grandes relatos salvadores, sino formas concretas de pensar el presente que abran posibilidades. La escritora Rebecca Solnit habla de «esperanzas en la oscuridad»: pequeñas transformaciones que ya están ocurriendo, a menudo invisibles e inesperadas, pero capaces de alterar el curso de las cosas.

«Historias de superación como la de Gisèle Pelicot son admirables y luminosas, una invitación a no caer en la desesperanza, a confiar en el cambio», recuerda Torralba, que considera que los ciudadanos tenemos hoy más responsabilidad en sostener la esperanza que los políticos o los medios de comunicación. La clave, por tanto, no estaría en imaginar un futuro completamente distinto, sino en aprender a ver de otra manera lo que ya está pasando. En reconocer que, frente a la narrativa dominante del colapso, existen también otros relatos, menos estridentes, menos espectaculares, pero igualmente factibles.

Para ambos filósofos, el problema no es tanto que el mundo se acabe. Es que solo sepamos imaginarlo acabándose. Y en ese punto, la batalla es, inevitablemente, cultural. Resistir, en ese sentido, no consiste tanto en negar el apocalipsis como en disputarlo.

«Pensamos y hablamos siempre en clave de las fantasías colapsistas, y creo que deberíamos intentar hacer un ejercicio colectivo de resimbolización de cómo pensamos este fin del mundo. Tenemos que hacer ese trabajo como sociedad para saber cómo queremos llegar a ser después del fin», concluye Eudald Espluga.

Un consejo al que se suma Torralba: «Es posible aspirar a algo mejor, aunque no sea inmediatamente. Todo lo que hemos conseguido ha sido fruto de la esperanza, del trabajo y de la tenacidad. Sufrimos mucho la intolerancia y la impaciencia, pero los horizontes difíciles requieren de tiempo, propósitos comunes y mucha constancia».