

























Elon Musk tiene aproximadamente 13 hijos. Y lo de aproximadamente es un matiz necesario en este caso, porque a Musk le pasa con los hijos como con los millones de dólares, que sabemos que tiene muchos pero no exactamente cuántos. Hace un par de semanas la revista Newsweek trató de hacer un recuento en un reportaje que tituló como se titulan los artículos sobre fenómenos casi paranormales: ¿Cuántos hijos tiene Elon Musk? Lo que sabemos.
Sabemos que el empresario tuvo seis vástagos con su primera esposa, la escritora de fantasía y ciencia ficción Justine Wilson. El primero, Nevada Alexander Musk, nació en 2002 pero murió siendo un bebé por el síndrome de muerte súbita del lactante. Luego vinieron los gemelos Griffin y Vivian y los trillizos Kai, Saxon y Damian. Con la cantante Grimes tuvo otros tres hijos que bautizó como si fueran electrodomésticos. El crío que acompañó a su padre a la Casa Blanca hace un par de semanas y pegó un moco en el escritorio de Donald Trump se llama X Æ A-Xii. Y sus hermanos: Exa Dark Sideræl Musk, conocida como Y, y Techno Mechanicus, apodado Tau. Con Shivon Zilis, ejecutiva de su empresa Neuralink, concibió a los gemelos Strider y Azure y un tercer bebé, nacido el año pasado, del que no se conocía género ni nombre hasta este mismo fin de semana, cuando Zilis celebró el cumpleaños de la pequeña Arcadia -así parece que se llama- y anunció en X la llegada de un churumbel más: Seldon Lycurgus. En los últimos seis años, Musk ha sido padre al menos siete veces.
Hasta aquí los datos oficiales, porque hace sólo unos días una influencer americana de extrema derecha aseguró haber dado a luz al decimotercer heredero de Elon Musk, que en realidad sería ya el decimocuarto. Y el verano pasado, un reportaje de The New York Times revelaba los planes del magnate para poblar Marte con un millón de terrícolas en los próximos 20 años, un proyecto chanante que incluía una oferta de esperma del siempre fértil Elon para sembrar una colonia de eloncitos en el planeta rojo.
El empresario negó desde su cuenta personal en la red social X sus intenciones para invadir la galaxia a golpe de semen, pero detrás de la catarata de excentricidades, de su prole aproximadamente infinita, del moco en el Despacho Oval y de los propósitos del hombre más rico del mundo para repoblar el universo entero se esconde el resurgir de un controvertido movimiento impulsado en los últimos tiempos por algunos de los principales gurús de Silicon Valley, tecnológos libertarios y teóricos del llamado altruismo eficaz y alimentado por distintos gobiernos de todo el planeta, formaciones ultranacionalistas y líderes religiosos.
Con ustedes, el nuevo pronatalismo: una ideología que aboga por procrear a destajo para salvar el mundo antes de que sea demasiado tarde. Tener hijos ha dejado de ser una elección personal para convertirse en una misión universal.
«El colapso demográfico debido a la baja natalidad es un riesgo mucho mayor para la civilización que el calentamiento global», tuiteó Elon Musk en 2022. «Recuerden estas palabras».
Pese al evidente desafío que supone la baja natalidad y la inversión de la pirámide demográfica en los países más desarrollados, las tesis apocalípticas de Musk, que defiende que las tasas de fecundidad global son «una amenaza existencial» y la mayor crisis a la que se enfrenta hoy la Humanidad, han sido cuestionadas por demógrafos de todo el mundo y no tienen ningún respaldo académico. De hecho, según Naciones Unidas, la población global no sólo no desciende, sino que seguirá aumentando hasta alcanzar un pico de más de 10.000 millones de personas en el año 2100.
La población en España, por ejemplo, aumentó en 115.612 personas durante el cuarto trimestre del año pasado y se situó por primera vez por encima de los 49 millones de habitantes, según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) publicados en febrero.
«Concentrarse en el colapso demográfico mundial hoy es como si alguien en el año 1000 se preocupara por el problema del efecto 2000», escribía el periodista Matt Reynolds en la revista tecnológica Wired en un reportaje que rebatía ya en 2022 las primeras señales de alarma de Musk.

La mayoría de las proyecciones coinciden en que la población mundial alcanzará su pico en algún momento de la segunda mitad del siglo XXI y luego se estabilizará o disminuirá gradualmente. Sin embargo, mensajes como los de Musk están calando como nunca y cuentan con un gigantesco altavoz y una todavía más gigantesca fortuna detrás. Bloomberg reveló hace unos meses que el dueño de Tesla donó en 2021 hasta 10 millones de dólares a la Universidad de Texas, en Austin, para crear un grupo de investigación llamado Iniciativa de Bienestar Poblacional, centrado en estudios sobre fertilidad, crianza y crecimiento demográfico. El director ejecutivo de OpenAI, Sam Altman, obsesionado con la inmortalidad, ha invertido también en varias compañías de tecnología reproductiva y de diseño de óvulos humanos a partir de células madre. Y el millonario estonio Jaan Tallinn, cofundador de la plataforma Skype, aportó hace tres años medio millón de dólares a la Fundación Pragmática del neurocientífico Malcolm Collins y su esposa Simone, dos de los más chiflados mentores de este pronatalismo ultrautilitarista que ha convertido la natalidad en un juego de cifras.
Los Collins viven en Pensilvania, tienen cuatro hijos pero planean tener entre siete y 13. A su primera niña la llamaron Titan Invictus porque se niegan a usar nombres femeninos, convencidos de que a las mujeres con nombres de mujer nadie las toma en serio y tienen menos probabilidades de acceder a carreras mejor pagadas o dedicarse a profesiones vinculadas con la ciencia, la tecnología, la ingeniería o las matemáticas. Malcolm y Simone son ateos porque dicen que sólo creen en la ciencia y en los datos. Sobre todo en los que vaticinan un cataclismo inminente y en los que les permiten un enfoque matemático de cualquier aspecto de su paternidad: desde la selección genética hasta los nombres de sus bebés o la crianza diaria. Desde que crearon su Fundación Pronatalista en 2021, los Collins se han convertido en los principales portavoces de este fenómeno.
«Nuestro movimiento defiende que, si quieres tener hijos o tener más hijos, hay que eliminar todo lo que lo dificulta», explicaban en un reportaje que publicó The Guardian el año pasado. En él admitían que no sólo buscan tener una familia numerosa, también una familia «óptima». Para ello, analizaron los riesgos de cada embrión a través de la tecnología de Genomic Prediction, una empresa de Nueva Jersey respaldada económicamente por Sam Altman que permite a los futuros padres seleccionar los embriones con menor riesgo de enfermedad o con más posibilidades de tener un alto coeficiente intelectual. También los sometieron a pruebas que aseguran poder vaticinar qué hijo será más feliz o incluso cuál ganará más dinero. «Cuantos más hijos tengas, más probabilidades tendrás de tener algún hijo que acierte en algún aspecto», reivindican Malcolm Collins y Simone Collins. Cuestión de probabilidad.
«En este marco, es fácil reducir al niño a un número entero, en lugar de verlo como un individuo holístico, que tiene una personalidad, necesidades, deseos, peculiaridades...», explica a través del correo electrónico Luke Munn, investigador en Culturas y sociedades digitales en la Universidad de Queensland. «Producir el niño parece hoy más importante que cuidarlo».
Munn ha investigado la relación de este tecnopronatalismo con el altruismo eficaz, un movimiento vinculado también a Silicon Valley y las escuelas americanas de élite que utiliza la evidencia, las matemáticas y la razón para descubrir cómo beneficiar a la mayor cantidad de personas posible, y que conecta también con el largoplacismo, esa otra teoría que insiste en que nuestro futuro muy, muy, muy lejano es la prioridad moral clave ahora mismo. La idea es sencilla: ¿por qué preocuparnos por los problemas de mañana cuando la Humanidad peligra mucho más dentro de 1.000 años? Según su argumentario, el bienestar de los billones de personas del futuro es mucho más importante que el de los miles de millones de personas que habitan hoy el planeta.
"En este marco, el niño queda reducido a un número entero, producirlo parece hoy más importante que cuidarlo"
Luke Munn, investigador en Culturas y sociedades digitales en la Universidad de Queensland
«Para ellos la ética puede justificarse matemáticamente, pero las matemáticas no tienen en cuenta el sufrimiento humano», sostiene el escritor Douglas Rushkoff, autor de La supervivencia de los más ricos. «La filosofía que subyace tras su teoría se basa siempre en la eugenesia».
Pero, entonces, ¿existe o no un peligro real de colapso? Durante las últimas décadas, y como en casi todos los asuntos de esta sociedad hiperpolarizada, han convivido en el debate sobre los problemas demográficos del planeta dos teorías extremas. A un lado, quienes sostienen que el problema del mundo es la superpoblación y la falta de recursos, quienes creen que pronto tendremos que buscar apartamento en el espacio exterior porque en este planeta viviremos apretujados como en una lata de sardinas. Al otro, quienes alertan sobre el declive de la población mundial, quienes creen que pronto tendremos que buscar apartamento en el espacio exterior pero porque en este planeta no quedará rastro de vida.
En 2019, los investigadores canadienses Darrell Bricker y John Ibbitson publicaron El planeta vacío, un ensayo que jugaba a calcular cuándo moriría el último habitante de la Tierra. Según sus cálculos, menos optimistas que los de la ONU, la población del planeta llegará a los 9.000 millones entre 2040 y 2060, y a partir de entonces comenzará la cuesta abajo. «Una vez que comience el declive, nunca terminará», sostienen ellos sin caer en los escenarios dantescos de Musk y compañía.
«El envoltorio derechista no debe ocultar los auténticos peligros a los que responde el pronatalismo», compartía el profesor de Filosofía en la Universidad de Boston Víktor Kumar en una columna publicada el verano pasado en The New York Times. En su texto, Kumar apelaba a una solución progresista para el desplome real de la natalidad que pusiera el foco en la desigualdad y la vulnerabilidad de los grupos sociales marginados. «Como el descenso de la población se considera en general un problema conservador, muchos progresistas no parecen preocuparse por ello, pero deberían hacerlo».

El debate, sin embargo, sigue abierto. «El problema es que las afirmaciones de este pronatalismo no se basan en datos científicos ni en proyecciones reales: la población mundial no para de crecer aunque se reduzcan las tasas de fecundidad. No estamos abocados a desaparecer ni vamos a colapsar en 1.000 años», tranquiliza Itzíar Aguado, profesora del Área de Geografía Humana de la Universidad del País Vasco y autora de un artículo académico que defiende incluso las ventajas de la caída de los nacimientos. Su título: ¿Por qué una menor natalidad puede ser una buena noticia?
«Gozamos de mayor eficiencia reproductiva que en el pasado», escribe ella. «Un menor número de hijos, pero con más medios para su cuidado y educación, lleva a una supervivencia mucho mayor y a un incremento notable de la esperanza de vida. Una sociedad con mayores niveles educativos será también más productiva, por lo que el volumen de población activa necesario para garantizar la sostenibilidad de las pensiones será menor».
"Hay un reverso oscuro y no tan oculto en estos debates que esconden suposiciones sobre qué tipo de personas queremos que haya más en nuestro país y las que queremos que haya menos"
¿Qué se esconde entonces detrás de las atronadoras sirenas del pronatalismo? «El crecimiento demográfico negativo se puede compensar con la inmigración», aclara Aguado. «El problema es que estos mismos pronatalistas hablan de cerrar fronteras y de no permitir la inmigración, y eso demuestra que lo que realmente quieren es que crezcan solo unas poblaciones y no otras. Abogan por una mayor natalidad, pero sólo de niños blancos y rubios. A Elon Musk, que ha tenido a la mayor parte de sus hijos a través de la fecundación in vitro y seleccionando embriones, le preocupa la natalidad pero sobre todo la de hijos como los suyos y esto tiene unas connotaciones políticas y religiosas trasnochadas y peligrosas porque nos llevan a las políticas eugenésicas de las dictaduras».
Y es aquí donde radica el lado oscuro de este fenómeno con carita de bebé. «Hay una resbaladiza pendiente que va del pronatalismo al etnonacionalismo», comparte Munn. «El problema de este movimiento es que no se trata simplemente de querer más bebés, sino de querer más bebés de determinados pueblos y determinados lugares».
Una investigación de la organización británica contra el racismo Hope not Hate reveló a finales del año pasado los lazos del movimiento pronatalista con la extrema derecha. «Los pronatalistas afirman que su movimiento está dedicado a aumentar el número de bebés que nacen. 'Queremos producir bebés en este país', dijo Donald Trump durante la campaña presidencial, prometiendo un baby boom», subraya su informe. «Sin embargo, el pronatalismo a menudo se preocupa mucho más por mejorar el llamado estándar de los bebés, una noción que huele a eugenesia y se basa en ciencia basura».
Su trabajo recoge las declaraciones del hoy vicepresidente americano J.D. Vance, que se refirió hace años a las líderes del Partido Demócrata como «un grupo de mujeres sin hijos y con vidas miserables», y recorre las medidas más o menos controvertidas que se han tomado en todo el mundo para fomentar la natalidad. «El atractivo del pronatalismo también se deriva de sus recomendaciones razonables», alerta Munn en su investigación. «No se trata de políticas radicales. Se recomiendan incentivos financieros como pagos directos y exenciones impositivas para las familias con varios hijos. Se sugieren políticas generosas de permiso parental y guarderías asequibles para lograr un equilibrio entre el trabajo y la vida personal. Y la vivienda asequible y la educación subvencionada pueden aliviar los costos de la crianza de los hijos».
Sin embargo, bajo el camuflaje de una problemática real se esconden también arremetidas contra el derecho al aborto, así como la inquietud por la disminución de la proporción de población blanca en el mundo y los planes para revertir forzosamente esa tendencia.
«¿Cómo pueden los pueblos aceptar, con entusiasmo o a regañadientes, lo que para sus antepasados fue el peor horror imaginable: no tener un país que puedan llamar propio, verse obligados a compartirlo con otros pueblos que no son especialmente amigables ni es fácil convivir con ellos, y ser reemplazados lenta o no tan lentamente por invasores de otras razas, otros continentes, otras culturas, otras religiones o puntos de vista religiosos, otras civilizaciones y con costumbres muy diferentes?», escribió el novelista francés Renaud Camus, padre de la teoría del gran reemplazo que ha inspirado a supremacistas blancos de todo el mundo.
"Más que fomentar la natalidad para salvar el mundo, lo que habría que perseguir es que todo aquel que quiera tener hijos pueda permitírselo"
Itzíar Aguado, profesora de Geografía Humana de la Universidad del País Vasco
En el año 2019, un hombre mató a 51 personas e hirió a otras 40 en dos mezquitas de Nueva Zelanda. El terrorista emitió el primer tiroteo a través de su perfil en Facebook y publicó antes un manifiesto que tituló El gran reemplazo. La primera frase decía: «Se trata de las tasas de natalidad». La repitió tres veces.
Ese mismo año, el gobierno de Hungría lanzó una campaña para incentivar la natalidad prometiendo que las mujeres que tuvieran cuatro o más hijos estarían exentas de por vida de pagar el impuesto sobre la renta. «Queremos defender el futuro de Hungría sin depender de la inmigración», proclamó Viktor Orban. En Alemania, el partido de extrema derecha AfD reivindica hoy sin tapujos «familias numerosas en lugar de inmigración masiva». China llegó a vetar las vasectomías en sus hospitales. Y en Japón, el país más envejecido del mundo, el escritor y político Naoki Hyakuta, fundador del Partido Conservador nipón, quiso incentivar la maternidad con medidas tan descabelladas como prohibir a las mujeres casarse después de los 25 años, no permitirles ir a la universidad después de los 18 o incluso extirparles el útero pasada la treintena.
«Hacen énfasis en los datos, tendencias, análisis y demás para proporcionar un aire de objetividad o rigor científico, pero todas estas medidas se cruzan fuertemente con elementos de nacionalismo, racismo y xenofobia», apunta Munn a Papel. «Hay un reverso oscuro y no tan oculto en estos debates sobre demografía que esconden suposiciones sobre qué tipo de personas queremos que haya más en nuestro país y las que queremos que haya menos: las consideradas inútiles, no valoradas, peligrosas o amenazantes».
¿Se puede afrontar el problema de la natalidad en nuestras sociedades sin caer en discursos racistas o promesas de ciencia ficción? «Por un lado habría que cambiar el discurso alarmista en los medios de comunicación», recomienda Itzíar Aguado. «Porque todos los titulares sobre cifras de población hablan de hecatombes, de la desaparición del mundo y eso no es real. Más que fomentar la natalidad para salvar a la Humanidad, lo que habría que perseguir es que todo aquel que quiera tener hijos pueda permitírselo, y eso pasa por el acceso a la vivienda o las políticas de conciliación, y no por iniciativas natalistas que penalizan el aborto o relegan a la mujer a ser una garante de la natalidad. Para entender qué hay detrás sólo hay que mirar qué tipo de individuos son los que quieren procrear».
Trepemos para ello una vez más por el árbol genealógico de los Musk.
Errol Musk tiene aproximadamente 17 nietos. Hace ahora dos años, el ingeniero sudafricano, padre de Elon, anunció el nacimiento de su séptimo hijo, el segundo que tenía con su hijastra Jana, 40 años más joven. ¿Hasta aquí todo claro? Errol tenía 76 años y contó entonces al diario británico The Sun que una empresa de Colombia había contactado con él para disponer de su material genético y poder crear «una nueva generación de elons». Sus clientas, presumía Errol, serían mujeres de clase alta. La esencia del neopronatalismo. «¿Para qué pedírselo a Elon cuando me tienen a mí, a la persona que creó a Elon?».
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