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Lo que la historia de los luditas nos enseña en la era de la IA: "Ya no son telares que nos quitan el trabajo, sino algoritmos que deciden quién consigue un empleo o una hipoteca"
Daniel ArjonaTexto Josetxu L. PiñeiroIlustraciones TextoIlustrac · 2025-10-13 · via Futuro

A las 11 de la noche del 11 de abril de 1812, un ejército de 150 hombres armados con mosquetes, pistolas, hoces y enormes martillos de hierro forjado se arrastraba sigilosamente entre la maleza y los árboles de un bosque de robles de Yorkshire, en el norte de Inglaterra. Llovía a cántaros y el suelo estaba embarrado. Su objetivo se alzaba a apenas un centenar de metros, un enorme y fantasmal edificio de piedra de cinco plantas: la fábrica textil de William Cartwright en Rawfolds, uno de los empresarios más ambiciosos y despiadados de la región.

El olor a lana mojada, sudor y pólvora impregnaba el aire. La mayoría de aquellos hombres eran trabajadores humildes, esquiladores y tejedores que habían perdido su empleo o malvivían con un salario de miseria por culpa de las nuevas máquinas que Cartwright y otros como él habían comenzado a instalar en sus factorías. Aquellos ingenios mecánicos, los nuevos telares automáticos, los hacían prescindibles. Sus familias pasaban hambre.

El plan era sencillo. Divididos en dos compañías, una armada con los martillos, la otra con las armas de fuego, atacarían el molino por sorpresa al amparo de la oscuridad, echarían abajo las puertas a golpes y, una vez dentro, destruirían hasta el último de aquellos telares del fraude que les estaban robando el pan. No era la primera vez que lo hacían. Llevaban meses organizados en una formidable y disciplinada guerrilla clandestina que se hacía llamar el Ejército de los Justicieros y que actuaba bajo las órdenes de un líder tan carismático como misterioso, el general Ned Ludd, figura probablemente imaginaria cuyo nombre firmaba las proclamas y cartas amenazantes que enviaban a los patronos.

Sus ataques, rápidos y certeros, habían sembrado el pánico entre los dueños de las fábricas, que veían cómo sus máquinas eran reducidas a chatarra noche sí y noche también. Pero Cartwright no era como los demás. Lejos de amedrentarse, había convertido su fábrica en una fortaleza inexpugnable, con muros altos, puertas de hierro y un contingente de guardias armados en su interior. Aquella noche los estaba esperando.

Cuando la primera compañía de luditas llegó a las puertas del molino y comenzó a golpearlas con sus enormes martillos, a los que llamaban afectuosamente Enoch, como el herrero que los había forjado, un diluvio de muerte les cayó encima desde las ventanas superiores. Los hombres de Cartwright abrieron fuego a discreción. Los luditas, sorprendidos, respondieron con sus mosquetes y pistolas. El tiroteo fue brutal. Dos de los atacantes, dos jóvenes tejedores llamados Samuel Hartley y John Booth, cayeron gravemente heridos. La batalla se prolongó durante 20 minutos agónicos hasta que, incapaces de derribar las puertas y con sus compañeros desangrándose en el suelo, los luditas emprendieron la retirada, dejando atrás a sus camaradas heridos. Cartwright, exultante, se negó a prestarles auxilio. Morirían a las pocas horas.

La leyenda negra de los luditas, la de unos pobres ignorantes y enemigos del progreso que se oponían a la tecnología, no había hecho más que empezar a escribirse. Una leyenda que ahora, dos siglos después, el periodista tecnológico Brian Merchant se ha propuesto demoler en un libro deslumbrante.

Los grandes villanos de la historia de la tecnología merecen ser reconsiderados. De esta forma podría resumirse Sangre en las máquinas: los orígenes de la rebelión contra las grandes tecnológicas (Capitán Swing), el último ensayo del periodista tecnológico estadounidense Brian Merchant, actual columnista de Los Angeles Times y reportero de tecnología y medioambiente para medios como The New York Times, Wired o The Atlantic. En sus páginas, Merchant se sacude dos siglos de mala prensa y despeja la leyenda negra que acompaña a los destructores de máquinas para conectar su fascinante lucha contra la tecnificación en los albores de la Revolución Industrial con la oposición actual a los más perniciosos usos de la inteligencia artificial (IA). Lo que Merchant nos viene a decir es que los luditas no eran esos pobres ignorantes que odiaban la tecnología, sino trabajadores desesperados que se rebelaron contra un sistema que los explotaba y los dejaba sin futuro. Una historia que, en plena era de la IA, suena terriblemente familiar.

"Si la maquinaria se vuelve demasiado opresiva para los trabajadores, una opción es desmantelar esa maquinaria, por la fuerza si es necesario"

Brian Merchant , autor de 'Sangre en las máquinas'

El propio Merchant explica que la necesidad de escribir este libro le vino de la constatación de un abuso, el que pervierte el término ludita hasta convertirlo en un insulto casual. «Es importante tener en cuenta a quién sirve que ludita sea un descalificativo tan gratuito. ¿Quién se beneficia de que cualquiera que critique las tecnologías comerciales pueda ser descartado con una sola palabra? ¡La gente y las empresas que las poseen, por supuesto!».

Para el autor, la verdadera historia de los luditas, aún más que la leyenda de Robin Hood, plantea «un peligro para las élites y los ejecutivos de las empresas»: «Sugiere que si la maquinaria se vuelve demasiado opresiva para los trabajadores, una opción es desmantelar esa maquinaria, por la fuerza si es necesario».

Recuerda el autor que los luditas no solo no eran unos bárbaros, sino que gozaron de una enorme popularidad en su época: «la gente los aclamaba por las calles y escribía canciones sobre ellos». El quid de la cuestión es que «no odiaban la tecnología, odiaban a la gente que la utilizaba para explotar a los trabajadores». Al enterrar y deformar su verdadera historia, la clase dirigente, ayer como hoy, ha arraigado la noción de que no nos queda más remedio que aceptar la visión del futuro que más les beneficia. «Rehabilitar a los luditas y contar su verdadera historia era, espero, una oportunidad para demostrar que nada más lejos de la realidad».

El libro de Merchant es, en este sentido, una llamada de atención, una invitación a mirar al pasado para entender el presente y, sobre todo, para no cometer los mismos errores en el futuro. Porque, como él mismo dice, «todos deberíamos ser un poco luditas».

Frente a la extendida creencia de que la rebelión ludita fue un fracaso estrepitoso, aplastada sin piedad por el poder combinado del Estado y los empresarios, Merchant sostiene que su legado es mucho más profundo y relevante de lo que se suele admitir. «El ludismo como movimiento social a gran escala fue aplastado, sí», reconoce, «pero su espíritu de resistencia y su crítica a la tecnología deshumanizadora han pervivido».

De hecho, el autor argumenta que la influencia de los luditas se puede rastrear en movimientos posteriores, desde los socialistas utópicos y los anarquistas del siglo XIX hasta los activistas contra la globalización y los críticos de la economía digital de nuestros días. «Cada vez que un trabajador se pregunta si un nuevo software de vigilancia en su puesto de trabajo es justo, cada vez que un consumidor se cuestiona si una nueva aplicación está diseñada para explotar sus datos, resuena un eco del ludismo».

También conviene enfriar la épica. El historiador de la tecnología Joel Mokyr ha estudiado cómo la revolución tecnológica, aun atravesada de dolor, elevó a la larga los salarios reales y la esperanza de vida; y el historiador económico Robert C. Allen defiende que la mecanización no fue sólo capricho de patronos, sino una respuesta «racional» a una estructura de costes, un trabajo caro y una energía barata, que empujaba a introducir máquinas. Desde la sociología del trabajo, la literatura reciente distingue entre automatización sustitutiva y complementaria: hay tecnologías que expulsan empleo, sí, pero otras amplifican la productividad y crean oficios nuevos, como sugieren las trayectorias mixtas en manufacturas y servicios avanzados. Y un apunte incómodo: romantizar la violencia invisibiliza a sus víctimas y puede cerrar puertas a la negociación, la mutualidad y la regulación democrática.

Merchant recalca que la principal lección que nos deja la lucha de los luditas es que la tecnología nunca es neutral. Siempre responde a unos intereses, a una ideología, a una determinada visión del mundo. «Las máquinas que los luditas destruían no eran meros instrumentos para aumentar la productividad», explica, «eran armas en una guerra de clases, diseñadas para someter a los trabajadores, bajar sus salarios y arrebatarles el control sobre su propio trabajo».

Por eso, insiste, es un error pensar que la tecnología tiene un desarrollo autónomo, que sigue un curso inevitable al que debemos adaptarnos sin rechistar. «Esta es la gran mentira que nos han contado, ayer y hoy. La tecnología no cae del cielo, la diseñan, la financian y la implementan personas con unos objetivos muy concretos. Y si esos objetivos son perjudiciales para la mayoría, tenemos el derecho, y casi diría que el deber, de oponernos a ellos».

"Ya no se trata solo de telares que nos quitan el trabajo, sino de algoritmos que deciden quién consigue un empleo o una hipoteca"

Brian Merchant , autor de 'Sangre en las máquinas'

En este sentido, Merchant ve un paralelismo claro entre la Inglaterra de la Revolución Industrial y el Silicon Valley del siglo XXI. «Entonces, un puñado de empresarios impuso un modelo de producción que beneficiaba a una minoría a costa de la mayoría. Hoy, un puñado de gigantes tecnológicos nos imponen un modelo de sociedad digital que concentra el poder y la riqueza en unas pocas manos mientras precariza el trabajo y erosiona nuestros derechos».

La diferencia, señala, es que la amenaza es ahora mucho más sutil, más difusa, pero no por ello menos peligrosa. «Ya no se trata solo de telares que nos quitan el trabajo, sino de algoritmos que deciden quién consigue un empleo, una hipoteca o incluso la libertad condicional. Se trata de sistemas de inteligencia artificial que reproducen y amplifican los prejuicios existentes, de plataformas que nos vigilan y manipulan constantemente. ¿Vamos a aceptar sin más este futuro que nos están diseñando o vamos a empezar a comportarnos, de una vez por todas, como auténticos luditas?»

Si la historia nos enseña algo, es que el llamado «progreso» rara vez es inevitable o imparable. Así lo cree Brian Merchant, quien rechaza de plano la idea de que debamos aceptar sin más un futuro tecnológico diseñado por un puñado de empresas en Silicon Valley. «Hay muchos buenos ejemplos de tecnologías que han sido restringidas, gobernadas o incluso rechazadas de plano», afirma. «Los tratados de no proliferación nuclear tuvieron un éxito notable durante décadas. Cuando supimos que los CFC estaban devorando la capa de ozono, prohibimos las tecnologías que los utilizaban. Hemos regulado las formas en que los anunciantes pueden utilizar tecnologías de la información como la televisión, y así sucesivamente».

Para el autor, la clave está en una ciudadanía activa y vigilante, en sindicatos fuertes y en una sociedad civil que exija tener voz y voto en cómo se gobierna la tecnología. «Debemos entender primero que hay tecnologías que se construyen para explotar, y que es totalmente posible, incluso popular, rechazarlas. Debemos exigir un asiento en la mesa y no dejar nuestro futuro en manos de los directores ejecutivos de Silicon Valley».

El martillo de Enoch, el arma con la que los luditas destrozaban los telares, no es, por tanto, un símbolo de destrucción ciega, sino de una lucha por la dignidad y la justicia. Hoy, ese martillo, metafóricamente hablando, debería estar en manos de la democracia. «El martillo de Enoch puede ser guiado por una verdadera democracia, por los sindicatos, por la sociedad civil en todas partes, que deben volverse mucho más agresivos a la hora de exigir una participación en la forma en que se gobierna la tecnología», concluye Merchant.

La disyuntiva es clara: o dejamos que la tecnología sirva a los intereses de unos pocos o la ponemos al servicio del bien común. Como proclamó George Mellor, uno de los líderes luditas, en su última carta antes de ser ejecutado: «Un alma vale más que el trabajo o el oro».

Quizás la historia más desoladora y al mismo tiempo más inspiradora que rescata Merchant en su libro sea la de los niños obreros de las fábricas textiles. Chavales de apenas seis o siete años que trabajaban de sol a sol en condiciones infrahumanas, encadenados a las máquinas para que no se escaparan, respirando el aire viciado de las hilanderas y sufriendo castigos terribles si no cumplían con su cuota de producción. Muchos de ellos murieron de agotamiento, de hambre o a causa de los accidentes laborales.

Su sacrificio, su «sangre en las máquinas», fue el combustible que alimentó la primera Revolución Industrial. Y fueron los luditas, esos supuestos enemigos del progreso, los primeros en alzar la voz contra aquella barbarie, en defender la inocencia y la dignidad de aquellos niños. Su lucha, en el fondo, no era tan distinta de la que hoy libramos contra los algoritmos que precarizan el trabajo, contra los más nefastos usos de la inteligencia artificial que amenaza con dejarnos sin futuro.