



























El instinto dice que, si llega el fuego, hay que marcharse. Sin embargo, los grandes incendios del siglo XXI, que se propagan a gran velocidad como acaba de ocurrir en Los Gallardos, Almería, han demostrado que esa decisión puede convertirse en una trampa mortal. Cuando un incendio entra en fase extrema, la cuestión ya no es solo si hay que evacuar, sino hacerlo con suficiente antelación y por la ruta adecuada.
La tragedia de Los Gallardos ha vuelto a poner sobre la mesa esa realidad. Según la Junta de Andalucía, las primeras reconstrucciones apuntan a que parte de las víctimas abandonó el itinerario oficial de evacuación y trató de escapar por caminos alternativos. "Fue una verdadera trampa", resumió el consejero andaluz de Sanidad, Presidencia y Emergencias, Antonio Sanz. Será la investigación la que determine qué información recibió cada persona y qué ocurrió exactamente durante aquellos minutos críticos.
"Hay que seguir lo que te digan las autoridades competentes, pero es cierto que antes se evacuaba más y ahora se confina más porque se ha considerado que había menos riesgo en términos generales. La mayoría de nuestras casas no son combustibles, las llamas pasan rápido y se pueden sellar los espacios de las ventanas y puertas para que no entre el humo", apunta Víctor Resco de Dios, profesor de Ingeniería Forestal de la Universitat de Lleida y uno de los mayores expertos en comportamiento del fuego.
Para saber más

Las tragedias de Pedrógão Grande, en Portugal, en 2017; la de Mati en Grecia en 2018; Valparaíso en Chile en 2024 o Lahaina en Hawái en 2003 cambiaron la forma de entender las evacuaciones porque demostraron que, cuando el incendio alcanza un comportamiento extremo, el coche puede convertirse en una trampa.
En ninguno de ellos la mayoría de las víctimas murió porque ignorara el peligro. Murieron porque el fuego evolucionó más deprisa de lo que permitía una evacuación segura. La gran lección extraída por los investigadores es que, ante un incendio extremo, los minutos son decisivos. Evacuar muy pronto suele ser la mejor opción; hacerlo demasiado tarde, la peor.
"Una evacuación debe ser anticipada, ordenada y realizada por itinerarios que hayan sido evaluados como seguros. Por ello, la regla fundamental es seguir las instrucciones del 112 y de las autoridades responsables de la emergencia, leer íntegramente los mensajes de alerta, no bloquear carreteras ni accesos operativos y no improvisar rutas alternativas", apuntan desde el Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales. "Pero esta responsabilidad individual debe ir acompañada de una planificación pública eficaz. Para que la población pueda actuar correctamente, debe recibir avisos claros, comprensibles, accesibles y suficientemente anticipados, y conocer previamente los procedimientos básicos. La autoprotección es un complemento esencial del sistema de protección civil, pero no sustituye las obligaciones de planificación, coordinación e información de las administraciones".
El 17 de junio de 2017, un incendio declarado en Pedrógão Grande, en el centro de Portugal se propagó de forma explosiva impulsado por temperaturas superiores a 40 ºC, una humedad extremadamente baja y fuertes rachas de viento. El fuego alcanzó la carretera nacional N-236-1 cuando decenas de personas intentaban abandonar la zona. Muchos vehículos quedaron rodeados por las llamas y 47 de las 66 víctimas mortales fallecieron dentro o junto a sus coches, incapaces de atravesar el frente de fuego. La tragedia llevó a Portugal a revisar profundamente sus protocolos de evacuación, la gestión de las carreteras durante los incendios y los sistemas de alerta a la población.
El 23 de julio de 2018, un incendio descendió desde las montañas hacia el paraíso vacacional de Mati, en la región griega de Ática, impulsado por vientos huracanados de hasta 120 km/h. Las llamas recorrieron varios kilómetros en pocos minutos y sorprendieron a miles de personas que trataban de escapar por una red de calles estrechas y sin salida. Murieron 104 personas, muchas atrapadas en vehículos que no pudieron avanzar por los atascos, mientras otras fallecieron intentando llegar al mar. La catástrofe evidenció los enormes problemas de planificación urbanística y de coordinación en las evacuaciones, y motivó una reforma de los planes de protección civil griegos.

Bomberos luchando contra las llamas en Almería.HANDOUTAFP
Los incendios del denominado Black Summer australiano de 2019 y 2020 quemaron más de 18 millones de hectáreas y causaron 33 muertes directas, además de centenares de fallecimientos posteriores atribuidos a la contaminación por humo. Aunque el balance de víctimas en carretera fue menor que en Portugal o Grecia, numerosos informes posteriores concluyeron que muchas personas retrasaron la evacuación. Australia reforzó entonces su estrategia del "Leave Early" (marcharse pronto), insistiendo en que la decisión de evacuar debe tomarse antes de que el incendio alcance un comportamiento extremo, y no cuando las llamas ya son visibles.
Los incendios que arrasaron la región de Valparaíso en Chile, en febrero de 2024, provocaron 137 fallecidos, la mayor tragedia de este tipo en la historia reciente del país. El fuego avanzó con enorme rapidez entre cerros cubiertos de vegetación y barrios densamente poblados, atrapando a numerosos vecinos cuando intentaban abandonar sus viviendas. Muchas víctimas quedaron bloqueadas por la congestión del tráfico o porque las carreteras fueron alcanzadas por las llamas. Tras el desastre, las autoridades chilenas anunciaron cambios en los sistemas de alerta temprana, los planes de evacuación y la gestión de la interfaz urbano-forestal.
El incendio que destruyó la histórica ciudad de Lahaina, en la isla de Maui en Hawái en 2023, dejó 102 muertos y se convirtió en el más letal de Estados Unidos en más de un siglo. Alimentado por los vientos del huracán Dora y por vegetación extremadamente seca, el fuego atravesó la ciudad con una velocidad inesperada. Numerosas personas quedaron atrapadas en sus coches mientras trataban de escapar por la única carretera de salida; otras se vieron obligadas a lanzarse al océano para sobrevivir. La investigación posterior puso el foco en la ausencia de sirenas de emergencia, los fallos en las comunicaciones y la necesidad de rediseñar los protocolos de evacuación para incendios de propagación ultrarrápida.
Las principales causas de muerte en incendios forestales son la inhalación de humo y gases tóxicos. En muchos casos, el fuego ni siquiera alcanza al vehículo: el humo impide ver, el conductor se ve obligado a detenerse o choca y queda atrapado.
Un automóvil protege muy poco frente a un incendio forestal intenso. Los investigadores señalan varios problemas: los neumáticos y otros materiales se deterioran rápidamente con temperaturas extremas, el humo penetra fácilmente en el habitáculo y, si el tráfico se bloquea, el coche deja de ser una vía de escape y se convierte en un punto fijo expuesto al calor.
¿Y una casa protege más? Aunque parezca contradictorio, en determinadas circunstancias sí. Una vivienda cerrada, especialmente si no está ardiendo, puede ofrecer una protección mucho mayor frente al calor y al humo que un coche atrapado en una carretera. Por eso, si la evacuación ya no puede realizarse con seguridad, algunos protocolos contemplan el confinamiento temporal hasta que pase el frente principal del incendio. No es la opción preferida, pero puede ser la menos peligrosa cuando salir ya no es viable.
Es importante subrayar que esto no significa que la población deba decidir por su cuenta quedarse en casa. La recomendación general sigue siendo seguir las instrucciones de Protección Civil y evacuar cuando se ordene.
Otro aspecto importante que suelen valorar los expertos es el factor humano. Diversos estudios muestran que muchas personas, cuando reciben una orden de evacuación, retrasan la salida: recogen documentos, mascotas o recuerdos; llaman a familiares; o buscan rutas que conocen en lugar de seguir las indicadas por los servicios de emergencia.
Todos esos minutos —el tiempo que se tarda en recoger unos documentos, meter al perro en el coche, llamar a un familiar o buscar un camino conocido— pueden parecer insignificantes. Pero cuando un incendio avanza a una velocidad imposible de imaginar, son precisamente esos minutos los que separan una evacuación segura de una carretera convertida en una trampa. Esa es la lección que dejaron Pedrógão, Mati, Lahaina o Valparaíso y la pregunta que ahora también sobrevuela la tragedia de Los Gallardos.
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