Su método detectaría el rastro de uranio o plutonio oculto en un satélite y podría convertirse en la primera herramienta para hacer cumplir el Tratado del Espacio Ultraterrestre

Estación Espacial Internacional.
Actualizado
Hay tratados internacionales que parecen escritos con la misma lógica que un cartel de "prohibido pisar el césped". Todos aceptan la norma, pero nadie vigila si alguien la incumple. Eso ocurre desde hace casi sesenta años con las armas nucleares en el espacio. El Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967 las prohíbe expresamente, pero existe un pequeño detalle. Que nadie sabe cómo comprobar que un satélite no lleve una escondida. Un investigador del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) cree haber encontrado la solución.
Su idea llega en un momento especialmente delicado. En 2024, Estados Unidos aseguró que Rusia podría estar desarrollando un satélite con capacidad para portar un arma nuclear, después de que el aparato Kosmos 2553, lanzado por Rusia el 5 de febrero de 2022, dos semanas antes de la invasión de Ucrania, fuera colocado en una órbita tan inusual que despertó las sospechas. Moscú sostiene que se trata de un satélite de investigación, pero... ¿Cómo demostrar que dice la verdad?
La propuesta del profesor Areg Danagoulian, que acaba de publicar la revista Nature, intenta responder precisamente a ese problema. Su sistema enviaría un pequeño satélite inspector a volar a pocos kilómetros —o incluso a apenas un kilómetro— del aparato sospechoso. Y allí no buscaría misiles ni explosivos, sino algo imposible de ocultar: neutrones.
La Tierra está siendo bombardeada continuamente por rayos cósmicos y parte de esas partículas quedan atrapadas en los cinturones de radiación de Van Allen, donde circulan protones con energías enormes. Cuando esos protones atraviesan un satélite corriente apenas sucede nada especial. Pero si en su interior hay materiales como uranio o plutonio, el impacto desencadena una reacción conocida como espalación, capaz de liberar decenas de neutrones por cada protón. Un satélite normal apenas produce esa firma, pero uno que esconda material nuclear sí dejaría ese rastro. Sería como intentar esconder una hoguera en una habitación cerrada. Quizá no se vea el fuego, pero el humo terminaría delatándola.
Para capturar esa señal, Danagoulian propone un detector del tamaño aproximado de una enciclopedia, equipado con sensores de neutrones y detectores de diamante sintético capaces de distinguir las partículas procedentes del fondo natural de las que salen del satélite investigado. Según sus cálculos, bastaría permanecer durante una semana a menos de cuatro kilómetros del objetivo para detectar un arma con un 99% de precisión. Si el satélite inspector consiguiera acercarse a menos de un kilómetro, bastaría un único sobrevuelo de aproximadamente una hora para confirmar —o descartar— la presencia de un arma nuclear. Sería una especie de persecución silenciosa entre dos satélites que viajan a casi 28.000 kilómetros por hora.
La preocupación no es exagerada. Estados Unidos ya comprobó accidentalmente las consecuencias de una explosión nuclear en el espacio hace más de sesenta años. En 1962 detonó una bomba termonuclear de 1,4 megatones a cientos de kilómetros de altura. La explosión creó un enorme cinturón artificial de partículas cargadas que inutilizó varios de los primeros satélites de la historia. Hoy el daño sería infinitamente mayor: una detonación similar podría dejar fuera de servicio satélites de comunicaciones, sistemas GPS, observación terrestre e incluso constelaciones de internet espacial como Starlink.
Por eso la propuesta va mucho más allá de un nuevo detector. Si algún día existiera un sistema capaz de inspeccionar satélites de forma independiente, el Tratado del Espacio Ultraterrestre dejaría de depender únicamente de la confianza entre potencias rivales. Quien quisiera incumplirlo sabría que alguien podría comprobarlo.
Danagoulian reconoce que su trabajo es todavía una demostración de viabilidad y que construir un sistema operativo requerirá resolver numerosos desafíos técnicos y políticos. Pero cree que el principio científico ya está demostrado. Y resume toda la idea con una frase que parece escrita para cualquier película de espías espaciales: "Se puede fingir inteligencia, pero no se puede fingir la física."






















