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Ricardo F. Colmenero

El Mundo El Mundo El Mundo El Mundo El Mundo El Mundo El Mundo El Mundo El Mundo El Mundo El Mundo El Mundo El Mundo El Mundo El Mundo El Mundo El Mundo El Mundo El socialismo con diamantes es para siempre, para 2027 y más allá Una nueva 'huella dactilar' de Van Gogh que puede destapar el mayor secreto del arte: cuántos cuadros falsos cuelgan en los museos Ni drogas ni armas: el contrabando multimillonario que la IA acaba de aprender a detectar en los aeropuertos Ibiza, el verano que nunca termina: todo lo nuevo que se cuece esta temporada y no te querrás perder España pide a León XIV un Dios ateo y que hable catalán Gabor Maté, un médico en el infierno occidental de la adicción: "La guerra contra las drogas está condenada al perpetuo fracaso" Román Orús, único español en el comité de la ONU para la IA: "Puede llevar a la humanidad a una evolución nunca vista y en poquísimo tiempo" Ötzi, el hombre de hielo, no estaba solo: hallan microorganismos que lo acompañan desde la Edad del Cobre El error de 'salvar' a Pedro Sánchez con el adelanto electoral La huella filosófica de los dinosaurios: "Su extinción significaba que o Dios se había equivocado o el mundo no era perfecto" La otra amenaza espacial: acabar odiando a la tripulación antes de llegar a Marte El infinito de Zapatero acaba en Venezuela
El Mundo
Ricardo F. Colmenero · 2026-06-30 · via Ricardo F. Colmenero
Matheus Cunha consuela a Ao Tanaka tras el pitido final.

Matheus Cunha consuela a Ao Tanaka tras el pitido final.

Actualizado

Hay partidos que se juegan dos veces. La primera, en la infancia. La segunda, muchos años después, cuando uno descubre que la realidad ha decidido ponerse al día con los dibujos animados. El Brasil-Japón del Mundial pertenece a esa categoría. Los de mi generación llevamos media vida esperándolo sin saberlo, desde que quedara suspendido en algún capítulo de Oliver y Benji, quizá porque sus creadores habían sucumbido a cada intento de guionizarlo, víctimas de síndrome de Stendhal.

Brasil, entonces, no era un rival, era un lugar mitológico. Y durante décadas el sueño no fue de los japoneses, fue nuestro. Porque este partido empezó delante de un televisor de tubo hace cuarenta años, cuando la globalización consistía en que un niño en un salón de Pontevedra, y otro en la prefectura de Kanagawa, creyeran que Japón podía discutirle la pelota a Brasil. Hoy la fantasía se ha convertido en cruce de dieciséisavos. Y Japón ha dejado de ser un dibujo animado para convertirse en fútbol europeo bien ejecutado.

Brasil, de la mano de Vinicius, Casemiro y Martinelli, tardaron mucho más de lo previsto en llevar el partido a un terreno que, paradójicamente, conocían mucho mejor, el de Oliver Atom. El anime dentro del anime. Y aparecieron los remates imposibles, y a los japoneses el campo de fútbol empezó a medirles una provincia, y cada disparo les tardaba un cuarto de hora en llegar a la portería.

Pero sería un error pensar que solo hablamos de dibujos, porque Oliver y Benji siempre fue un país tratando de entenderse a sí mismo. Mientras Japón es la disciplina, la perseverancia, y el alumno que intenta parecerse al genio; Brasil representaba el talento sin esfuerzo, la alegría convertida en perfección como si no pudiera transformarse en otra cosa.

Aunque hacer caer a los dioses de tu Olimpo habría sido lo peor que le podía haber pasado a Japón, y a cada uno de nosotros. El problema de conseguir a la chica que deseas es que ya no puedes desearla más, porque el destino trágico del mundo, y del ser humano, consiste en mantener vivo ese deseo. Y quizá eso sea lo más bonito del fútbol, que a veces se pueden tardar cuarenta años en rematar la jugada.