Un estudio revela que los falsos consejos sobre alimentación ya circulan más que los bulos sobre vacunas, cambio climático o tratamientos médicos

Táperes con distintos tipos de menús saludables.Business Wire
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Durante años fueron las vacunas. Después llegó el cambio climático. Pero en 2026 el principal campo de batalla de la desinformación científica está mucho más cerca del plato que del laboratorio. Porque quién no ha leído en redes sociales, vídeos o whatsapps titulares del tipo: "El agua con limón desintoxica el organismo", "Los alimentos que queman grasa mientras duermes" o "Los suplementos de colágeno que regeneran el cartílago". Cuatro de cada diez españoles aseguran haber recibido en la última semana información falsa sobre nutrición y bienestar, convirtiendo la alimentación en el ámbito donde más bulos circulan, por delante del cambio climático, los tratamientos médicos o las vacunas.
Esta es una de las principales conclusiones del informe Desinformación científica en España 2026, elaborado por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) junto al observatorio europeo IBERIFIER Plus, a partir de una encuesta realizada a 2.215 personas. Los investigadores advierten de que la alimentación reúne todos los ingredientes para convertirse en terreno fértil para la desinformación: afecta a la salud, genera preocupación cotidiana y está dominada por mensajes simples que prometen soluciones rápidas. Dietas milagro, alimentos "detox", suplementos con supuestos efectos regeneradores o productos capaces de acelerar el metabolismo forman parte de un mercado donde resulta especialmente fácil que una afirmación sin respaldo científico acabe circulando como un consejo de bienestar.
El estudio muestra un cambio significativo respecto a la edición de 2022. Entonces los bulos sobre el COVID y las vacunas ocupaban el primer lugar. Cuatro años después, han caído casi diez puntos, mientras la nutrición se ha convertido en el principal objetivo de la desinformación. El 40% de los encuestados afirma haber recibido noticias falsas sobre alimentación y bienestar en la última semana, frente al 36,2% sobre cambio climático, el 31,9% sobre tratamientos médicos y el 28,3% sobre vacunas.
El informe refleja otro cambio profundo: la irrupción de la inteligencia artificial como fuente habitual de información científica. El 32,3% de los españoles ya utiliza herramientas como ChatGPT o Gemini al menos una vez por semana para informarse sobre ciencia, salud o medio ambiente, una frecuencia que ya supera a la prensa y a la radio. Entre los jóvenes de 16 a 24 años el uso diario alcanza el 28,8%, mientras que entre los mayores de 65 años apenas llega al 7%.
Sin embargo, esa utilización no implica confianza. Apenas un tercio de la población considera fiable la IA para recibir información científica, muy lejos de la confianza que despiertan científicos y personal sanitario, que superan el 80%.
Los investigadores concluyen que la desinformación ya forma parte del consumo cotidiano de información. Siete de cada diez personas que aseguran haber recibido un bulo científico lo hicieron a través de redes sociales, tanto de vídeo como de texto. Además, casi un 30% identifica ya la inteligencia artificial como uno de los canales por los que ha recibido información falsa, un fenómeno prácticamente inexistente hace apenas unos años.
El informe también detecta un exceso de confianza entre los ciudadanos. Solo un 7,2% reconoce sentirse muy seguro de distinguir un bulo, aunque más de la mitad cree tener bastante capacidad para hacerlo. En cambio, apenas un 3% piensa que la población en general sabe identificar correctamente la desinformación.
Para entender cómo se propaga la desinformación, los investigadores realizaron un experimento con noticias científicas manipuladas. Comprobaron que una simple advertencia indicando que el contenido era falso reducía de forma significativa la intención de compartirlo. Sin embargo, cuando el mensaje apelaba a las emociones sin fomentar una reflexión crítica ocurría el efecto contrario: aumentaban las ganas de difundirlo. El fenómeno era especialmente intenso cuando la información transmitía esperanza, optimismo o la promesa de una solución sencilla a problemas complejos, precisamente el tipo de mensajes que abundan en cuestiones relacionadas con la alimentación y la salud.
Los investigadores concluyen que la desinformación científica ha dejado de ser un fenómeno excepcional para convertirse en una parte estable del ecosistema informativo. Hace apenas unos años la gran batalla se libraba en torno a las vacunas y la pandemia. Hoy se libra cada mañana delante del frigorífico, en una búsqueda de internet o en un vídeo de pocos segundos que promete adelgazar, rejuvenecer o curar con un alimento. La ciencia ya no compite solo contras los bulos, compite con mensajes diseñados para parecer sencillos, esperanzadores y, especialmente, virales.




















