
























Tras sobrevolar zonas de la cara oculta de la Luna jamás vistas por el ojo humano, y de alejarse del planeta Tierra más que ningún otro terrícola, los astronautas Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen aterrizaron ayer en el Centro Espacial Johnson de la NASA en Houston para repasar su histórica misión, pero también lamentarse, de no haber podido alunizar.
«Lo he hablado con otros astronautas de la misión Apolo, que en ese momento, de haber tenido la oportunidad de aterrizar lo habrían hecho», contó Reid. A lo que también se unión Wiseman, «si hubiéramos tenido las llaves del módulo de aterrizaje, habríamos alunizado».
Tras 53 años sin volver a la Luna, Wiseman presumió no solo de la experiencia del regreso de la misión Artemis 2, sino que haber visto «cosas que ningún ser humano ha visto jamás, ni quisiera durante las misiones Apolo». Aunque no se sintió capaz de describirlo: «Es simplemente indescriptible. Por más que lo miremos, nuestro cerebro no logra procesar esta imagen». El astronauta, sin embargo, sí que fue capaz de mirarse por dentro cuando se alejaba cada vez más de la Tierra: «La sensación es de fragilidad, de sentirme infinitamente pequeño».
Durante la reentrada, los astronautas experimentan fuerzas que les aplastaban contra su asiento mientras la nave espacial atravesaba la atmósfera convertida en una bola de fuego, bajo temperaturas de más de 2.500 grados centígrados, que ponían a prueba uno de los elementos clave para su supervivencia: el escudo térmico, que había sufrido problemas durante la misión Artemis 1.
Algunos momentos, reconoce Wiseman, fueron «tensos», pero desde Houston sabían cómo guiar la situación. Además, dijo, «hay que tomar grandes riesgos para obtener grandes beneficios», aunque también reconoció: «Siempre sabes en el fondo que algo puede salir mal». Victor Glover, por su parte, explicó que el descenso «fue glorioso», y lo describió como «una combinación brutal de aceleración, calor y vibraciones».
Los astronautas explicaron que la NASA todavía tiene que procesar todos los datos de la reentrada para saber cómo respondió el escudo de Orion, del que «se revisará cada átomo», apuntó Reid.
Weisman quiso cubrió las espaldas de los responsables del retrete de la cápsula, uno de los protagonistas inesperados de Artemis 2, que comenzó a fallar poco después del lanzamiento, pese a tratarse de una inversión de 23 millones de dólares: «Solo quiero decir, de forma 100% directa: fue un inodoro maravilloso. El inodoro funcionó genial, descargaba perfectamente pero, cuando el líquido salía por la parte inferior, se quedaba atascado en nuestra línea de ventilación».
El paso por el espacio deja efectos profundos en el cuerpo humano por lo que, tras regresar a la Tierra hace una semana, la tripulación ha sido sometida a evaluaciones físicas, y a un exhaustivo seguimiento para analizar cómo responde el cuerpo tras diez días en el espacio, un periodo en el que pierden masa muscular, equilibrio y coordinación.
Otra cosa son los posibles problemas de salud mental, a los que Koch respondió: «Dormir en el espacio es el mejor sueño de todos». Mientras Weisman explicó que tampoco les dieron margen para tenerlos: «No hubo demasiado tiempo para uno mismo».
Los astronautas, a preguntas de los medios, quisieron dejar algunos consejos para las futuras generaciones. «Sed tenaces y aprended toda la vida», les dijo Glover. Y Koch añadió: «Haz lo que te asusta, el camino que presenta menos resistencia no suele ser el mejor».
Aunque millones de personas en todo el planeta vieron el amerizaje, Hansen reconoce que perdieron «la conexión con el mundo estando en la cápsula», y no eran conscientes del impacto que estaba teniendo la misión en el mundo.
Su trabajo será clave para la misión Artemis 3 y futuras, en las que se prevé no sólo el alunizaje, sino la creación permanente de un asentamiento terrícola en la Luna.
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