

















Ibiza lleva años dejando de ser una isla para convertirse en una coreografía. Un verano permanente que ya no empieza ni acaba. La novedad ya no es lo que abre, sino lo que consigue resistir otro verano dentro del ecosistema. Y como le pasa a cualquier especie, en Ibiza no sobreviven los más auténticos, sino los más integrados en el imparable universo del ocio total. Desde el aeropuerto ya se ve que la isla ha dejado de recibir turistas para recibir perfiles. Grupos de chicas y chicos que no se sabe si se desnudan o se disfrazan para integrarse en la idea de un territorio que solo existe en su cabeza y en los anuncios de cerveza. Pero algo tiene de cierto, porque Ibiza funciona como una coreografía ensayada entre el lujo, la música y el mar. El visitante cree que improvisa, pero ya todo está milimetrado.
Millonarios descalzos, camareros agotados, jeques, influencers e ingleses quemados por el sol parecen compartir una convivencia imposible. Es probablemente el único sitio de Europa donde ese caos parece hasta elegante. Porque Ibiza descubrió hace tiempo que el lujo contemporáneo consiste en hacer muchísimo dinero, y luego fingir que uno vive sin esfuerzo.

Inaugurado esta primavera, el Parador de Ibiza ocupa en lo más alto de Dalt Vila.
El beach club se parece cada vez más a la verdadera administración pública del verano, sustituyendo en la nomenclatura hasta el nombre de las calas. Aunque si algo marcará esta temporada es algo tan lejano al beach club como el nuevo Parador de Dalt Vila, situado dentro del Castillo y la Almudaina. Es algo que, digamos, parece que siempre hubiera estado ahí, solo que cerrado durante décadas, y esperando a que alguien volviera a girar la llave. No es un hotel que se posa sobre el patrimonio, es solo el patrimonio que vuelve a habitarse. El edificio juega con algo muy difícil de encontrar en Ibiza: el silencio. Patios interiores, piedra antigua, sombras largas y habitaciones que no buscan impresionar sino contener. La experiencia no va de mirar la isla desde dentro, sino de entenderla desde arriba.
Durante años este espacio fue un vacío dentro del casco histórico. Una pieza desconectada de la ciudad. Ahora se reintegra como un lugar donde dormir, pero también de devolver Dalt Vila a la vida cotidiana. En una isla acostumbrada a inaugurar lo nuevo, el proyecto nace con la sensación de estar cerrando una herida antigua. Levantarse entre murallas del siglo XVI no es solo una experiencia hotelera, es aceptar que algo de Ibiza ha sobrevivido durante siglos a lo que se la ha querido convertir cada verano.
La llegada de StreetXO a Platja d'en Bossa parecía inevitable. A David Muñoz le faltaba desembarcar en el único lugar del Mediterráneo donde una cena puede parecer una rave gastronómica. Ibiza lleva años convirtiendo la comida en espectáculo, o en una catástrofe organizada. Y por ahí se mueve el desembarco de los best sellers de StreetXO Madrid como el 'Club Sandwich', el 'RamenXO legendario', el 'Crudo de sarda tatemada con gazpacho de jalapeño y nieve helada de tomates aliñados', o el 'Chili crab de concha blanda'.
Lo interesante no es que el universo DiverXO llegue a la isla, sino que encaja demasiado bien, porque siempre tuvo algo de after madrileño, de garito montado por alguien que parece cocinar escuchando techno industrial y pensando al mismo tiempo en Bangkok, en Vallecas y en Blade Runner.

Jondal, donde la lubina es una experiencia religiosa para millonarios.Cala Jondal
En Cala Jondal, el chef de Alcalá de Guadaira, Rafa Zafra, ha convertido Jondal en una cumbre diplomática del lujo europeo, donde los famosos comen pescado salvaje mientras intentan aparentar que están improvisando el verano. Zafra, sumo sacerdote del producto marino, es capaz de convertir, con un chasquido de dedos, una gamba roja o una lubina en una experiencia religiosa para millonarios con yate de no menos de doce metros. Por sus mesas han pasado Leonardo DiCaprio, Robert de Niro, Bono, Federer, Mick Jagger, Bezos o Messi. Llegan en lancha con la misma naturalidad con la que otros bajan del autobús y, al acabar, son ellos los que aplauden a otro. Su clientela podría cenar en cualquier lugar del planeta pero sigue viniendo aquí, porque Ibiza, cuando funciona, consigue vender algo mucho más difícil que la gastronomía, que es la sensación de estar donde hay que estar.
Zafra entendió antes que muchos cómo debía evolucionar el lujo gastronómico en Ibiza. Nada de manteles solemnes ni camareros recitando ingredientes infinitos como si estuvieran leyendo a Kant. En Jondal todo parece sencillo, casi improvisado. Pescado abierto frente al mar, erizos, cigalas gigantes, espardeñas, cangrejos y sobremesas que duran más que algunos matrimonios allí presentes.
En una Ibiza cada vez más obsesionada con el lujo performativo, los reservados imposibles y las cuentas que parecen hipotecas a corto plazo, Taco Paco funciona en Santa Eulalia como una anomalía sentimental. Allí todavía sobrevive algo que la isla va perdiendo lentamente, la sensación de sitio vivido antes que diseñado. Mesas sencillas y vecinos europeos mezclados con turistas españoles que llegan buscando los mejores margaritas del mundo, y a lo mejor hasta de México, de donde llegó Darío entendiendo que no hacía falta disfrazarse de laboratorio gastronómico. Bastaba con servir lo que cocinas en tu propio huerto. Mientras media Ibiza intenta parecer Dubái, Taco Paco no intenta parecerse a Tijuana, es Santa Eulària des Riu.
Cala Olivera y Cala Mastella son esos escenarios que resumen el verano idílico. Ese en el que te imaginas desayunando en invierno en la ciudad, o la oficina. Metiendo los pies en aguas como piscinas, de esas en las que puedes verte los pelillos del dedo gordo del pie, y nadar sobre todo el abanico de verdes y azules. Allí están La Chismosa y el Kiosku. A ambos se llega por un camino estrecho, casi en secreto, y uno entiende rápido que aquí el lujo no está en la carta, sino en haber conseguido una mesa que parezca una cita con el mar. Pescado fresco, calamares, patatas fritas con pimientos. Todo es sencillo, casi mínimo, pero con esa precisión que solo se permite quien confía en el producto y en la magia de una cala poco accesible.

Cala Mastella, la pequeña cala de pescadores.SHUTTERSTOCK
En la Cala de Sant Vicent, On The Beach y The Boat House siguen funcionando como dos maneras de interpretar la misma playa. El primero es el de la inmediatez: tumbona, cóctel, cocina de arena que no interrumpe el baño ni la siesta. El segundo, decorado como un naufragio con lo que Anne y Jay fueron recogiendo en un largo viaje en furgoneta por el norte de Europa, introduce un punto más recogido.
Pero la escena gastronómica, o más bien la Guía Michelin, también ha encontrado su propio triángulo de las Bermudas para perderse. La Gaia Ibiza, dentro del Ibiza Gran Hotel, representa esa alta cocina que juega con el Mediterráneo. Omakase by Walt lleva la isla hacia Tokio sin salir de Marina Botafoch. Sushi de precisión, donde la mueca del chef y la calidad del producto son el centro de la experiencia. Y Unic, que se mueve en un terreno más experimental, de cocina de autor contenida, casi introspectiva.
En el paseo de Ses Figueretes, el Ciento80 ya no es un número, sino una referencia que ha transformado el paseo marítimo en un espacio híbrido entre ciudad y playa, donde el arroz y la fideuá se saborea con una sangría de cava, y donde uno puede encontrar el mayor número de ibicencos por metro cuadrado.
En San Antonio, merece la pena vivir la odisea de irse a buscar el chocolate negro de la heladería de la Plaza de la Iglesia. Concebida como fortaleza frente a las invasiones berberiscas, y que ahora parece proteger la anomalía de un helado en silencio bajo una sombra de piedra y arboleda del siglo XVI.
El 12 de agosto, una de las puestas de sol más universales del mundo convertirá San Antonio en la capital del eclipse solar. El Sunset Strip recupera además este año uno de sus nombres más reconocibles: el Savannah, un espacio que mezcla restaurante, coctelería y club, como si pudieran separarse de la gramática del ocio.
Incluso un eclipse solar —ese instante en el que el día parece dudar de sí mismo y el cielo se comporta como si alguien hubiese bajado un interruptor— acaba convertido en evento con cartel, horario y relato propio; de modo que la multitud que no sabrá muy bien si está mirando al sol o el photocall del Savannah.

La legendaria noche ibicenca a ritmo de dj en el club Playa Soleil.
Ibiza parece estar redefiniendo su propio producto. Ya no compite solo por tener los mejores carteles o las mejores fiestas, sino por ofrecer experiencias totales. Una evolución que algunos celebran como el futuro natural del ocio nocturno, y otros miran con cierta distancia, como si la isla estuviera sofisticando tanto su lenguaje que podría correr el riesgo de olvidar su impulso más básico, que es el de bailar sin dar demasiadas explicaciones.
En los últimos años, los mejores clubes de Ibiza se han ido convirtiendo en otra cosa difícil de nombrar. Un laboratorio cultural donde la música electrónica se mezclar con el arte contemporáneo. La idea es simple y, al mismo tiempo, radical. El clubbing se convierte en narrativa visual. Espacios inmersivos donde, lo que te encuentras, ya no se parece tanto a una discoteca como a un cruce entre museo digital, escenografía teatral y parque temático de alta gama. En Hï, Ushuaïa y [UNVRS], la noche cambia constantemente. Salas que se transforman a mitad de sesión, techos que se abren a proyecciones 360º y pistas que parecen diseñadas para ser atravesadas más que ocupadas.
No se trata de cuadros ni de piezas estáticas, sino instalaciones vivas: esculturas cinéticas de gran formato que se mueven con luz y sonido, estructuras inflables monumentales que deforman el espacio, pantallas LED envolventes que crean paisajes imposibles y mappings arquitectónicos que convierten paredes y cuerpos en superficies de proyección. A esto se suman performers a la escena —mitad actores, mitad bailarines— que interactúan con el público como si la fiesta tuviera un guion invisible.

El hyperclub UNVRS, intervenido por la iniciativa Culture Collective.
Selvas digitales, ciudades futuristas, escenarios submarinos y estéticas inspiradas en el cyberpunk y el arte contemporáneo más experimental. El resultado es una Ibiza donde la experiencia ya no se mide en la calidad del dj, sino en estímulos visuales y sensoriales. La pista de baile se convierte en recorrido, el club en instalación y el público en parte de la obra. La frontera entre fiesta y exposición se vuelve cada vez más difusa, y el club se comporta como un museo en movimiento que caduca cada madrugada.
Pero también hay escenarios que regresan al pasado, como el Lola's, dentro del universo Mongibello, un hotel cinco estrellas en Santa Eulària, donde la escena parece pensada para otra época en la que Ibiza todavía era un lugar de conversación más que de publicación. Lo que define al sitio es la norma de que el móvil estorba. Y en Ibiza, donde casi todo compite por ser fotografiado, eso es una declaración de intenciones. Lo importante en el Lola's no es lo que se sube a la nube, sino lo que nunca se te ocurriría subir.
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