Más que un ensayo político, el sanchismo es una novela de misterio

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.MUNDO
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Normal que, de vez en cuando, Pedro Sánchez tenga que informar a los socialistas de por dónde anda el socialismo. Aunque a este ritmo epistolar dudo mucho que le sirva para un libro, cuando el capítulo uno parece desmentir al dos, y así sucesivamente. Más que un ensayo político, el sanchismo es una novela de misterio.
El Gobierno, y por lo tanto Sánchez, y por lo tanto el socialista bien informado, debe moverse ahora mismo por 2003, cuando José Luis Rodríguez Zapatero descubrió en el «no a la guerra» la fórmula del éxito. Sánchez ha tenido que explicar a los suyos que, aunque están en contra de la guerra en Irán, están mucho más en contra del PP, que no está tan en contra como dice, por mucho que sus medidas para paliar los efectos sean tan magníficas que hayan tenido que copiarlas.
Oponerse a la guerra le está suponiendo al presidente un esfuerzo tan considerable que se ha convertido en el principal punto de la legislatura. Esta misma semana, sin ir más lejos, ha tenido que reclamarle a Netanyahu la misa del Domingo de Ramos, como aquel ateo que salía en Se armó el Belén, de Paco Martínez Soria, que cuando le sugirieron que creyera en otra religión respondió que cómo iba a creer en otra si no creía en la católica, que es la única y verdadera. A la próxima iglesia que cierren en Israel, Sánchez igual se anima con una saeta en X y convoca elecciones anticipadas para aprovechar el tirón.
Buscando la atención de Donald Trump, también se le ha ocurrido cerrar el espacio aéreo a los vuelos que participen en la guerra, aunque no se ha atrevido a abrirlo a las alfombras voladoras, que son igual de detectables. Sin embargo, el presidente estadounidense, que ya le tiene cogido el punto, se ha apresurado a responderle que le da igual. Pero no porque no piense usar nuestro espacio, ni, como dice mi amigo Kiko, porque piense pintarles sobre el fuselaje gris un Ryanair, sino calibrando la cantidad de comisiones, procedimientos y, al fin y al cabo, papeleo que tendrían que rellenar los europeos hasta llegar a derribarle un avión.
Nuestro presidente no está con los ayatolás, por mucho que pinten su cara en los misiles. Por el contrario, en su versión más madura siempre ha querido lo mismo que Zapatero, quien a su vez siempre ha anhelado lo mismo que Aladdin: «Un mundo ideal / Que compartir / Que alcanzar / Que contemplar / Tú junto a mí».


























