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Ricardo F. Colmenero

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El Mundo
Ricardo F. Colmenero · 2026-06-23 · via Ricardo F. Colmenero
Seguidores de la selección argentina con camisetas de Leo Messi.

Seguidores de la selección argentina con camisetas de Leo Messi.EFE

Actualizado

A mi hijo le gusta la uruguaya, como en la novela de Mairal. Sólo que a los diez años, su Magalí Guerra Zabala no le sirve para esquivar la crisis de la mediana edad, la rutina del matrimonio, la paternidad y el abismo entre la vida que se tiene y la que se desea. Van juntos al cole, y gracias. Una vez la vi con uno de sus mejores amigos, un argentino, sobre el que su padre me soltó enseguida, «no me he hecho 10.000 kilómetros para que acabe con un argentino». Y eso que él ha acabado con un montón de argentinos. Como yo. Vamos a asados y hablamos de fútbol, pero como solo ellos hablan de fútbol, con enervadas discusiones sobre la postura que mantuvieron en el sofá durante el Mundial de 2022, y cómo replicarla cual cadáver con tiza en el suelo.

También me invitan a reuniones en las que cambiamos cromos del Mundial, y a las que nos llevamos a los niños con la misma función que un DNI en la cola de embarque de un avión. Las reuniones rozan la clandestinidad. Se convocan por Whatsapp con pocas horas. Cambian de sitio. Se bebe alcohol. Y se oye decir a gritos Vozinha, o Tim Payne, levantando un taco de cromos como un corredor de Bolsa de Nueva York. Se piden 80 por uno de Messi. Te enfrentas a estafadores de nueve años. Y acabas poniendo a dos amigos al borde del colapso diabético hasta que les salga Harry Kane en una botella de Coca-cola. En fin, el típico Mundial.

Últimamente, creo que hay crisis con la uruguaya. No me ha dicho nada pero quiere que la eliminen del Mundial, como si el amor fuera cuestión de pasar de ronda. Que lo es. Por si acaso, le solté sin venir a cuento que tiene que viajar, que conocer gente, y que completar los 20 cromos de cada selección, que no sé si me entendió lo que le quería decir. Pero si de verdad acaban juntos, esa me la guardo para el discurso de la boda. Como también esas noches en las que nos convencía de que tenía que llamarla por teléfono, por si acaso, como Mairal, «en la pausa, antes de escuchar tu voz, tuve la certeza de que te quería». Y porque tenía que decirle que le había salido Arrascaeta, Pellistri o Darwin Núñez, y ella fingir que le importaba, pero que le importaba para siempre.