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Opinión – El Estímulo

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Cuaresma: de la razón y el sentimiento | El Estímulo | El Estímulo
2026-03-02 · via Opinión – El Estímulo

Que nos dispongamos interiormente a escuchar nos pide el Papa León XIV en su exhortación cuaresmal. Estos cuarenta días que comenzaron el miércoles de ceniza son tiempo de preparación en la reflexión. La pertinencia de los consejos va más allá de los cristianos y creo que bien haríamos en leer con atención las palabras de este pontífice cuya humildad y densidad ya se hacen sentir.

Nos invita a vivir la Cuaresma en su dimensión comunitaria. A que el ayuno y la abstinencia no sean sólo de ciertas comidas y que incluya también abstenernos de palabras y acciones que lastiman, de gestos y comentarios que hieren a los demás.

Las redes sociales, hijas de una tecnología maravillosa que está cambiando las relaciones interpersonales, muestran también un efecto secundario con aspectos muy adversos, porque si bien acercan a los que están lejos, nos alejan de los más cercanos. Las redes que tan útiles pueden sernos, son también hoy el escenario de agresiones, descalificaciones e insultos, desahogos emocionales más que intercambio de opiniones, guerra más que discusión.

León nos llama a “desarmar el lenguaje”, un sano ayuno de la lengua y me parece que también del teclado. A medir las palabras, a renunciar de las hirientes y del juicio inmediato ahora tan frecuente y que fácilmente puede ser temerario. En realidad, formado por la repetición de opiniones parciales e interesadas, más que juicio inmediato es prejuicio, en su sentido idiomático de “opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal.”

Somos carne, huesos y mente, pero no solo eso, también somos sentimientos. Hay que entender y respetar los sentimientos ajenos como esperamos que los demás entiendan y respeten los nuestros. Pero cuando los sentimientos ocupan el lugar principal en un debate, sea como argumento o como motivación, estamos ante un problema muy difícil de resolver y la política está para resolver los problemas, no para agravarlos o como le gusta a las antipolíticas, para manipularlos en beneficio propio, porque, como recuerda sabiamente Rajoy “no son negociables ni renunciables ni regulables”. Es más, “escapan a la deliberación racional” que es lo que la política debe ser.

Las antipolíticas son reticentes a desarmar el lenguaje y mucho menos los ánimos. Es comprensible, viven de eso. De izquierda o de derecha, lo suyo es la actitud revolucionaria, como la de comunistas y fascistas, esos dos colectivismos que tanto se parecen, aunque no les guste admitirlo. Característicamente dogmáticos, los extremos se alimentan mutuamente. Más que ideologías, que pueden serlo, se trata de actitudes. Como en aquel libro breve y lúcido de Maynaud y Lancelot con el que para mi bien me encontré a los dieciséis años. Relaciones sociales, motivos individuales, cultura y los modos del combate político objetivo confluyen en la formación de temperamentos políticos que desbordan el dualismo izquierda-derecha. Si a partir de dos ejes, el vertical de autoritario a democrático y el horizontal de radical a conservador, vemos como se posicionan las actitudes de más duras y por lo mismo más sectarias a más moderadas y por eso más tolerantes. La gama, se comprenderá, es mucho más amplia y diversa que la bipolaridad rígida y en consecuencia mas exigente de la necesidad de articular consensos y coaliciones.  

Nietzche hablaba del resentimiento, como generador de un sistema moral basado en el sufrimiento y la rabia. Lo que Preston llamó “la política de la venganza”. No pocas han sido en la historia, dolorosamente, las amargas experiencias de estrategias del resentimiento o de la venganza, tampoco ha sido leve ni escaso el daño causado, daño con acción prolongada en cuanto a sus secuelas duraderas.

Las antipolíticas dictan sentencias desde una pretensión de supremacía moral que otorga a la propia visión autoridad normativa, lo que la hace intrínsecamente excluyente. Con arrogancia, se mira a los demás desde arriba. Se les juzga sumariamente y se les condena. Que esa perversión consiga imitadores presuntamente democráticos es un triste signo de decadencia. La moderación que no es equidistancia, sino procura de atemperar las pasiones priorizando la comprensión de la realidad para intentar obrar en ella en dirección al bien común, es tachada de tibieza, como en aquella canción de Víctor Jara en las polarizadas, crispadas pasiones de comienzos de los setentas chilenos “Usted no es na’, no es chicha ni limona’…” que convocaba a tomar partido entre rojo y negro, como si fueran éstos las únicas opciones en la paleta.

La simplificación es siempre más fácil, la virulencia se aferra a ella y al “estás conmigo o contra mí”, pero la realidad es mucho más compleja y también más rica. Reta nuestra inteligencia y pide más de nuestra voluntad.