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Opinión – El Estímulo

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El “nosotros” de las tragedias
https://www.facebook.com/ElEstimulo/ · 2026-07-09 · via Opinión – El Estímulo

Los venezolanos son campeones de la solidaridad. Apenas ocurre una catástrofe en el país, vacían de inmediato armarios, alacenas y despensas para enviar ropa, alimentos y productos de primera necesidad, a centros de acopio que se organizan con una rapidez impresionante. Y esa respuesta no se limita a quienes viven en Venezuela. Los venezolanos se movilizan desde cualquier rincón del mundo. Lo demostraron una vez más en los terremotos del 24 de junio

Pareciera que los terremotos, además de derrumbar edificios, también derriban, aunque sea por unos días, las barreras que nos separan. Extraños se abrazan y auxilian mutuamente. Personas que en la vida cotidiana apenas saludan a un vecino, son capaces de arriesgar la vida por un desconocido durante un terremoto, una inundación o cualquier otro desastre natural.

En una catástrofe, la empatía nos pone en el lugar del otro, la compasión despierta el deseo de aliviar el sufrimiento ajeno, y la solidaridad convierte ese impulso en acciones concretas. Pero ¿qué es lo que desencadena esa reacción? Y, sobre todo, ¿por qué suele desaparecer cuando la emergencia termina?

Los seres humanos, desde los tiempos de los cazadores-recolectores, evolucionaron sobreviviendo en grupos pequeños. Ante una amenaza colectiva, la cooperación y la protección mutua aumentaban las posibilidades de supervivencia. Cuando aparece un enemigo común, como un cataclismo natural, el adversario deja de ser el otro y pasa a ser la naturaleza, que además nos iguala. No distingue entre el obrero y el millonario. De repente nos convertimos en “nosotros”…

La solidaridad suele concentrarse en ese grupo de “nosotros”, formado primero por la familia, luego por los amigos, el entorno cercano y, finalmente, el país. Allí donde existe un sentimiento de pertenencia compartido.

Hernán Gil, de 43 años, casado y padre de una niña de diez, salió la mañana del 24 de junio para cumplir con su turno de veinticuatro horas como vigilante en el Centro Comercial Galerías Playa Grande en Catia La Mar. A las 6 de la tarde, con apenas treinta y nueve segundos de diferencia, dos terremotos consecutivos, de magnitud 7,2 y 7,5 grados, provocaron el colapso total del edificio. Ciento cuarenta toneladas de escombros cayeron sobre él. Alcanzó a refugiarse debajo de una mesa y una silla, un gesto instintivo que le evitó lesiones mortales.

Al quinto día alguien escuchó sus gritos de auxilio. Halley, una perrita de la Cruz Roja Mexicana, guió a los rescatistas hasta el lugar donde se encontraba Hernán. Radares acústicos y cámaras de fibra óptica introducidas por las grietas de los escombros, permitieron localizarlo con vida. A través de sondas le suministraron agua potable, oxígeno y atención básica para mantenerlo estable.

Era una estructura complicada de acceder. Equipos de rescatistas de siete países distintos necesitaron tres días hasta que pudieron llegar a él. Finalmente fue liberado de los escombros que aprisionaban sus piernas y fue rescatado con vida al octavo día del siniestro. Los rescatistas estallaron en aplausos…

Todo fue transmitido en vivo. La noticia se convirtió en un fenómeno global que inundó las redes sociales y los medios de comunicación bajo el lema “El milagro de Venezuela”. La perrita Halley fue tendencia con su foto y sus botas de protección…

Durante ocho días, Hernán dejó de ser un desconocido. Salió demacrado, pero levantando el puño en señal de victoria. En ese momento dejó de ser solo un vigilante de Catia La Mar. Se convirtió en un símbolo de esperanza.

Las tragedias no solo generan solidaridad, también expanden el “nosotros” …

Las víctimas se hacen visibles, tienen rostros, a veces conocidos, y pasan a formar parte de ese “nosotros”. Y cuando la emergencia termina, ese círculo empieza a contraerse otra vez. Volvemos a nuestros propios proyectos y dejamos de ser buenos vecinos.

¿Cómo lograr que la solidaridad espontánea se convierta en un hábito cotidiano? ¿Anteponer a ultranza el bien común al interés individual?

No. La solidaridad no puede ser obligatoria. Debe existir la libertad de asumirla, de lo contrario, pierde su valor moral. Se convierte en una obligación y deja de ser una virtud.

Más que un colectivismo permanente deberíamos aspirar a una sociedad de individuos libres con profundo sentido de responsabilidad hacia los demás. Para lograrlo hace falta confianza: la confianza en que los demás respetarán las reglas, porque la corrupción y el abuso disminuyen la disposición a colaborar.

Esa confianza es frágil cuando las instituciones fallan. Venezuela es un ejemplo doloroso.

En Venezuela la solidaridad ciudadana se tropieza con las decisiones oficiales que dificultan las labores de rescate, con la opacidad, el saqueo y la corrupción. El problema deja de ser la falta de solidaridad de la gente y pasa a ser la debilidad o inexistencia de instituciones encargadas de canalizarla.

La confianza no se decreta, se construye poco a poco mediante instituciones que funcionen y fomenten una cultura de servicio. Escuelas, hospitales, justicia y organizaciones comunitarias capaces de responder cuando la sociedad más las necesita. Siempre tratando de evitar las grandes desigualdades dentro de una sociedad que respete las libertades individuales.

La verdadera “tragedia” sería olvidar que el vecino forma parte del “nosotros” … -Por: Alberto Salinas