













No me gusta tejer. Temo muchísimo a los nudos y tú también deberías. En filosofía clásica, los nudos representan las preguntas que los clásicos hacían en sus diálogos sobre la naturaleza última de las cosas, la mayoría referentes a lo público, a la polis. No son zoquetadas.
En un diálogo, Platón concluyó que aquello que ocurría en la polis era un reflejo del alma de sus ciudadanos. Zape gato, soy venezolana y liberal. Bajo esa lógica, debería tener un alma convulsionada y maltratada. Y quizás la tenga, no lo sé. Lo cierto es que mi psicoterapeuta generosamente me fía las consultas, porque mi ansiedad es diametral al pulso político del país y va mucho más rápido que mi capacidad de pagarlas.
Hablo con ligereza de los clásicos —y quizás irrespeto a los infinitos filósofos que los han trabajado—. No es soberbia sino lo contrario: es que me asustan mucho los nudos de la polis y los de mi alma. Los grandes estudiosos desatan los nudos entrando en diálogo con los clásicos a través de lecturas y disertaciones profundas y descarnadas. Pero esas son cosas de sabiondos, yo siempre fui grupito de atrás.
Los clásicos son una ladilla, me siguen a todos lados. Los estudié en el pregrado, en el posgrado de Estudios Políticos y, ahora, en la maestría que curso —sufro— de Filosofía. Enseñé Filosofía Política en pregrado y posgrado por años. Sabiendo que los clásicos me stalkeaban, siempre fui muy delicada/cautelosa y los ignoré. Son muy necios, preguntan mucho. Creo que les atrae que yo sea tan terrenal, burda y sencilla. Y aunque no me han llevado a su terreno, me pasó algo terrible: me secuestraron las Moiras.
Las Moiras son una constante en distintas mitologías como la romana, la griega o la nórdica. Son unas criaturas bien malandras, mujeres tejedoras caprichosas e intransigentes. Su tejido es la polis y cada punto el destino inevitable de cada ciudadano.
Una puntada de las Moiras podía hacer a la persona inmensamente feliz y próspera, o desgraciada y paupérrima. Huir de ellas y sus designios era imposible.
O sea, que sin importar que un ciudadano sea buena gente o perverso, su destino era un antojo de las Moiras. La gente de la polis ofrecía todo tipo de sacrificios para jalarles mecate. Con ellas el asunto no era pedirles una buena vida, sino todo lo contrario, suplicarle descarnadamente la menor cantidad de calamidades posibles.
Tejían exquisitamente para sus preferidos y desprolijamente para los pobres y malaventurados. Antes del secuestro, me las había encontrado en las lecturas y me generaban terror. Yo crecí viendo a “La bella durmiente” desgraciarse la vida por pincharse el dedo con una aguja de tejer.
Las Moiras son creativas, admiradoras de la belleza y la armonía; la nobleza y la grandeza de espíritu; la verdad y la justicia —aunque no la practicaran al elegir a sus predilectos y desdichados—, por eso sus tejidos para quienes labraban el mejor de los destinos eran hermosísimos: hilos de oro, seda de la más fina y puntadas certeras. Pero en la misma medida pueden ser crueles, malintencionadas y —como dirían mis alumnos— tóxicas para quienes labraban una vida infeliz. El más mugriento de los coletos se queda corto.
¿Y qué es eso de que me secuestraron estas doñas? No importa, pero les voy a echar el cuento de cómo me ha ido.
Los primeros meses del secuestro se esforzaron en enseñarme a tejer, pero no hubo manera. Mi temor a los nudos era mayor que mi temor a ellas. También pensaba que si hacía el trabajo muy mal me dejarían en libertad, pero no, son demasiado tercas.
Viendo que el tejido no se me daba, me relegaron al departamento de bisutería. Al principio estaba contentísima. Amo hacer collares, quien me conoce sabe que al perderme por horas en esa actividad manual tan primaria me consigo en mi mejor disposición de análisis, así que pensé ”estoy secuestrada, pero las Moiras fueron misericordiosas y me asignaron un destino feliz”. Luego vino la desgracia.
Antes, cuando hacía collares por gusto, paraba y retomaba cuando quería. Era cuestión de desestresarme o de pensar en algún asunto puntual. Luego me encaramaba mi pieza de alta joyería de diseñador (yo) y salía a la calle muy pizpireta —como diría mi abuela—. Pero ahora es un trabajo constante, incesante, continuo y atormentante. No tengo paz. Y como sucede con todo trabajo manual de repetición, se me activó la corteza prefrontal y no encuentro cómo pararla.
Antes de que me secuestraran las Moiras, comprar mis materiales era una delicia. Iba feliz a una tienda en la que trabajan lo más parecido a las diosas de la creatividad, las Musas, hijas de Zeus. Porque entre dueñas y vendedoras se tratan como hermanas. Y al cliente lo consienten. Se esfuerzan en hacer una hermosa curaduría de los materiales que venden, procurando y promoviendo el buen gusto y la belleza. Es muy probable que ellas no estén conscientes de que, en sentido Platónico, están embelleciendo a la polis a través de sus clientas. Además, en el trabajo manual repetido, solo Dios sabrá cuántas almas resuelven problemas e incluso hacen país con sus negocios.
Ahora me toca trabajar bajo el mando despiadado de las Moiras con los gustos, patrones y materiales que me asignen. Por púdica, no les quiero contar los castigos a los que me someten si pierdo o rompo alguna cuentecita de cristal de roca, rubí, esmeralda o zafiro. Tanto nadar huyéndole a los nudos para terminar muriendo en la orilla.
Los nudos se manifiestan en las cuentas de cada collar. Me recuerdan que me había fraguado con sangre y lágrimas una vida pública como consultora y analista política. Me consultaban políticos, empresarios y medios de comunicación nacionales e internacionales. Por años acompañé distintas luchas y actores políticos y critiqué a otros tantos. Me recuerdan que el 28 de julio de 2024 sí existió y, aún más importante, que quiero volver a todo aquello.
Ay, no, de verdad, Qué angustia, espero que las Moiras se apiaden de mí y me liberen pronto. –Por: Mavero Torres Gianvittorio
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