


























Hay dolores que no caben en las palabras, que desbordan cualquier intento de medida y dejan el aire suspendido entre el polvo y la memoria.
A un mes de ese estremecimiento que sacudió la tierra y detuvo el tiempo a las seis y cuatro minutos, la fragilidad humana se nos muestra entera, cruda y desolada.
El estruendo del cemento y el mar guardan los secretos de los que ya no están: mujeres, hombres, abuelos, mascotas y tantas vidas apenas comenzando a florecer, junto a sus pequeños tesoros y juguetes atrapados entre los escombros.
Ante una magnitud semejante, la poesía y la voz misma titubean, estremecidas por el peso de la ausencia y la inmensidad del dolor compartido.
No hay palabras que alcancen para un momento así, ni consuelo que baste frente a esta herida tan honda. En estos momento las lágrimas son mi único refugio para liberar este dolor tan inmenso que hoy sigue quebrándome por dentro.
Este llanto que se convierte en el único desvelo y en el refugio donde la memoria intenta respirar. De esa tristeza infinita y de la aflicción que solo encuentra alivio en las lágrimas, surge también una revelación tan desgarradora como sagrada.
Ayer encontraron a mi cuñada Rafaela Terán y a mi hermano Eduardo Marroquí, dormidos en un solo abrazo, un abrazo final y definitivo que selló sus más de veinte años juntos es una imagen que estremece el alma.
En medio de tanta oscuridad, en la penumbra más honda de la tragedia, ese lazo indeleble permanece intacto, grabado para siempre como el testimonio más puro de un amor que ha vencido a la tierra y al tiempo.
Ese último abrazo indisoluble y ese lazo que ni la tragedia pudo romper es el testimonio más puro de lo que fueron y de lo que siempre quedará en la reminiscencia de sus pasos por la vida, un abrazo muy apretado y silencioso que ni el momento de dolor infinito pudo acallar.
La autora es periodista.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。