





























El 12 de enero de 1824, encontrándose en Pativilca (Perú) el Libertador, con el carácter de dictador que le había atribuido el Congreso de dicho país, dictó un decreto mediante el cual se establecía la pena de muerte para quienes peculasen “de diez pesos para arriba”.
En 1827 el Libertador escribe una carta lapidaria, en la cual muestra su desesperación ante la ineficiencia y desfalco sobre la precaria hacienda pública de la Gran Colombia, sometida al manejo de defraudadores: “Las malas leyes y una administración deshonesta”, dice, “han quebrado la República”, concluyendo en que “se debe emplear hombres honrados aunque sean enemigos”.
Para comienzos de 1824, Perú vivía un terrible drama político interior, entre cuyos signos destacaban la disensión de los partidos que habían apoyado el nacimiento de la República y que ahora disputaban el poder; asimismo se ofrecían escandalosas escenas de corrupción por parte de funcionarios públicos. Y el deterioro de la opinión favorable a la emancipación era notorio.
De allí que junto a medidas que al mismo tiempo adelantaba en el campo militar y la diplomacia, Bolívar tomaba esta terrible medida, para reanimar la idoneidad y pulcritud administrativa.
Tal postura frente a los peculadores de los bienes públicos se acompañaba, en el Padre de la Patria, de una meridiana demarcación en cuanto a la obtención de beneficios especiales por quienes en atención al alto cargo que ejercían, gozaban del privilegio de disponer de información confidencial en materia financiera y proyectos de grandes obras públicas, como construcción de vías, acueductos, adquisición de embarcaciones o empréstitos gubernamentales.
Así el 23 de noviembre de 1825, el héroe caraqueño escribirá al vicepresidente Francisco de Paula Santander, disuadiéndole de involucrarse como socio en el proyecto de construcción del Canal de Panamá: “He visto la carta de Ud en que propone que sea yo el protector de la compañía para la comunicación de los dos mares por el Istmo (…) me ha parecido conveniente no solo no tomar parte en el asunto, sino que me adelanto a aconsejarle que no intervenga Ud en él. Yo estoy cierto que nadie verá con gusto que Ud y yo, que hemos estado a la cabeza del gobierno, nos mezclemos en negocios puramente especulativos”.
A la letra, el decreto del 12 de enero de 1824, reza lo siguiente: “Todo funcionario público a quien se le convenciere en juicio sumario de haber malversado o tomado para sí de los fondos públicos, de diez pesos para arriba, queda sujeto a la pena capital”.
En marzo del mismo año dispondrá en el mismo sentido contra los empleados de aduanas, resguardos y capitanías de puerto, que actúen de modo fraudulento o con ocultamiento del patrimonio nacional, “quedará sujeto a la pena capital que se aplicará irremisiblemente”.
Es indudable que las actuaciones del Libertador Simón Bolívar en materia de administración de la hacienda pública, constituye un legado que se proyecta hasta el presente. Y ello es aliciente para que en centros educativos, desde preescolar hasta nivel universitario, así como en las oficinas públicas del país, civiles y militares, directores, gerentes y superiores jerárquicos, sostengan campañas permanentes de concienciación acerca del manejo transparente de los dineros y bienes del Estado.
El ideario bolivariano es memoria que enorgullece a toda nación de la Tierra, y sus honras obligan a los venezolanos del siglo XXI.
1746
Pestalozzi y la enseñanza manual e intelectual
Este día nació en Zurich, Suiza, Johan E. Pestalozzi, muchas de cuyas ideas pedagógicas lo acreditan como uno de los grandes reformadores y benefactores de la educación de todos los tiempos. Coterráneos de Pestalozzi como J. J. Rousseau, Jean Piaget y Jean Aebli, alcanzaron notable espacio en la historia del pensamiento educativo universal.
Mérito suyo fue la noción de formar un hombre integral con sentido práctico y elevado sentido moral, preconizando una escuela a partir de lo simple a las cosas más complejas y la técnica del dibujo. Su plan articulaba la vocación manual con la intelectual en la forja de personalidad, la secuencia sonido-palabra-frase en la instrucción teórica y labor agrícola, igual para todo aprendiente. Pestalozzi propone la educación en la vía para la regeneración de la sociedad. En 1798 adquirió la nacionalidad honoraria gala y se le nombró director del orfelinato de Stans.
Allí, como preceptor de 80 alumnos, “procuró armonizar… el trabajo manual con lo educativo… convirtiendo el orfelinato en una especie de establecimiento industrial”. En 1818, Pestalozzi, con gran renombre logra que se editen sus obras completas en 15 volúmenes; y, confiado en la venta de sus libros, compromete 50 mil libras francesas (una fortuna en la época), creando “un asilo para pobres”. Falleció a los 81 años, sumido en la pobreza.
El autor es historiador, docente y abogado
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