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Opinión – El Estímulo

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Aquel 23 de enero | El Estímulo | El Estímulo
2026-01-23 · via Opinión – El Estímulo

En la madrugada del 23 de enero de 1958, un avión despegó de Caracas llevando a bordo a Marcos Pérez Jiménez, el dictador que había gobernado Venezuela con mano de hierro durante casi una década. Su huida marcaba el fin de una era de represión, obras faraónicas y un aparente progreso económico que ocultaba profundas grietas sociales y políticas.

El 23 de enero, celebrado especialmente a partir de los 1960 como el inicio de la democracia moderna en Venezuela, no fue un evento aislado ni predestinado, sino el clímax de una serie de tensiones acumuladas que, como «microinfartos» en un sistema enfermo, llevaron al colapso repentino del régimen.

Basado en un intercambio con el historiador Tomás Straka, hace un par de años, este texto explora los elementos históricos que rodearon esta fecha, apuntando a las lecciones que de aquel momento aún resuenan en la Venezuela actual.

Tomás Straka: las fake news están en nuestra historia en Venezuela
Tomás Straka. Foto Archivo

Para entender el 23 de enero, es esencial retroceder al contexto de la dictadura de Pérez Jiménez. Ascendido al poder tras el golpe de Estado de 1948 contra el presidente Rómulo Gallegos, el régimen se consolidó en 1952 con otro golpe que lo instaló como presidente. Straka describe esta etapa como un período de aparente estabilidad, respaldado por el contexto de la Guerra Fría. En aquellos años, Estados Unidos apoyaba dictaduras latinoamericanas como baluartes contra el comunismo, y Venezuela no era la excepción.

Informes de la embajada estadounidense en Caracas, datados en diciembre de 1957, pintaban a Pérez Jiménez como un líder firme, recién «reelegido» en un plebiscito fraudulento. Este referéndum, presentado como una simple pregunta de sí o no sobre su continuidad en el poder, en lugar de elecciones competitivas, fue un punto de inflexión. La sociedad venezolana, que había tolerado el régimen por sus promesas de modernización –construcción de autopistas, edificios públicos y viviendas populares–, se sintió traicionada. El plebiscito no solo fue un acto de autoritarismo descarado, sino que rompió el consenso implícito que sostenía al dictador.

Straka enfatiza que, a pesar de la prosperidad económica impulsada por el boom petrolero, el rechazo social era latente. Sin embargo, la fractura no vino de la oposición civil en primer lugar, sino, sorprendentemente, del seno del propio ejército. Pérez Jiménez había purgado a oficiales disidentes y bloqueado ascensos a otros, creando un estancamiento que irritaba a los militares ambiciosos. Pérez Jiménez se convirtió en un obstáculo para sus propios aliados. Los militares, sin una vocación democrática inherente, veían en su remoción una oportunidad para reorganizarse y evitar un caos mayor.

El calendario de eventos que llevó al 23 de enero se aceleró en las primeras semanas de 1958. El 1 de enero, un levantamiento militar desorganizado sacudió al régimen. Straka lo califica de «desordenado» tanto en su concepción como en su ejecución. Involucró a figuras como Hugo Trejo, quien se movilizó desde Caracas hacia Los Teques. Un avión sobrevoló las Torres del Silencio en la capital, simbolizando la insurrección, pero el movimiento fue sofocado rápidamente.

Aunque fallido, este episodio expuso las vulnerabilidades del dictador. En respuesta, Pérez Jiménez destituyó a funcionarios impopulares, como Pedro Estrada, jefe de la temida Seguridad Nacional, quien más tarde se exilió en Francia y vivió cómodamente. También removió a Laureano Vallenilla y reinstaló a leales como el almirante Wolfgang Larrazábal, quien había participado en asonadas previas.

Estos cambios no calmaron las aguas. El 21 de enero, la Junta Patriótica –una variopinta coalición política en la que estaban también los comunistas- convocó a una huelga general que paralizó ciudades clave como Caracas, Maracaibo y Valencia. Straka aclara que no fue un paro nacional absoluto; en regiones como San Cristóbal, las ferias de San Sebastián continuaron con corridas de toros y reinas de belleza, ajenas al tumulto en el centro del país.

La caída

Esta serie de elementos fueron ejerciendo presión sobre el alto mando de entonces. La cúpula militar finalmente le pide la renuncia a Pérez Jiménez, ofreciéndole el exilio en lugar de un juicio. En las primeras horas del 23 de enero, el dictador huyó en avión hacia Ciudad Trujillo (actual Santo Domingo), donde fue recibido por el también dictador Rafael Leonidas Trujillo.

La caída de Pérez Jiménez desató un torbellino en la sociedad venezolana. Las prisiones se abrieron de manera caótica, liberando a detenidos políticos. Straka menciona anécdotas reveladoras, como la de Américo Martín, un joven líder de Acción Democrática encarcelado por actividades clandestinas. Martín relató cómo, al salir, escuchó en la televisión a Renny Ottolina aclarando que el dictador había huido, un momento que mezclaba triunfo y confusión.

Otro caso es el de Arturo Uslar Pietri, intelectual detenido arbitrariamente en medio de las detenciones masivas ordenadas por Jiménez –que incluían desde el padre Barnola hasta figuras culturales–. Uslar Pietri fue liberado y, desde el Palacio de Miraflores, dio un discurso radial que le permitió reinventarse públicamente. Una fotografía icónica lo muestra supervisando la remoción de un retrato del dictador, simbolizando la purga del antiguo régimen.

Inmediatamente después, se formó una junta militar provisional, inicialmente compuesta solo por uniformados. Sin embargo, la presión social –manifestaciones y el temor a una guerra civil– obligó a su evolución. Figuras emblemáticas del régimen fueron expulsadas, y se incorporaron civiles como Eugenio Mendoza. Straka argumenta que este giro hacia la inclusión no fue voluntario, sino impuesto por las circunstancias. Los militares, reconociendo los altos costos de proseguir con la represión, optaron por ceder. Larrazábal, en particular, podría haber visto la democracia como inevitable, aunque su rol inicial fue pragmático más que ideológico.

Straka, a partir de documentos de la época, precisa que, en diciembre de 1957, en los días previos al 23 de enero de 1958, nadie anticipaba el colapso; incluso Pompeyo Márquez y otros observadores críticos de la dictadura veían calma.
Finalmente, el legado del 23 de enero es complejo y ha evolucionado con el tiempo. Durante la democracia pactada, el vilipendiado Pacto de Punto Fijo (1958-1999), la fecha fue subestimada debido a divisiones políticas y desilusiones.

Straka explica que el surgimiento de Hugo Chávez en 1999 revitalizó su simbolismo, inyectando «esteroides» al interés histórico en Venezuela. Siendo, además, Chávez en sus inicios un admirador de Pérez Jiménez, como lo dejó en evidencia la visita que le hizo al exdictador en Madrid, durante la campaña electoral de 1998.