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Opinión – El Estímulo

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El eco de lo que nos delata (a propósito de Carlos Baute ...
https://www.facebook.com/ElEstimulo/ · 2026-04-21 · via Opinión – El Estímulo

Hay episodios que desnudan a un país con precisión de reloj suizo. Instantes en los que se desploma el relato y aparece, sin filtros ni indulgencias, lo que realmente somos —o lo que nos negamos a dejar de ser- mientras insistimos en proclamarnos distintos. Lo ocurrido en la Plaza del Sol no fue un desliz: fue un retrato. Incómodo, sí. Pero imposible de ignorar.

Carlos Baute, micrófono en mano, lanzó el “¡fuera la mona!” contra Delcy Rodríguez repitiendo un coro que salía de una parte del público asistente, sin calibrar la pobreza del insulto — innecesario y profundamente vulgar— y magnificó el efecto. Convirtió el agravio en un coro mayor que celebró la descalificación como si fuese una consigna legítima. Ahí, en ese eco colectivo, está la verdadera dimensión del problema.

Después de 27 años de chavismo, uno esperaría —aunque fuese por instinto de supervivencia ética— algún aprendizaje. Algún límite. Alguna comprensión elemental de que el desprecio basado en rasgos físicos no solo es moralmente inaceptable, sino políticamente estéril. Pero no. Persistimos en la torpeza. Reincidimos en la misma miseria. Como si la degradación no fuera una herencia que nos pesa, sino una práctica que elegimos.

No se trata de defender a Delcy Rodríguez. Sus actos públicos son más que suficientes para sostener una crítica firme, documentada y legítima. Precisamente por eso, recurrir al insulto racial no solo es superfluo: es una derrota. Es abdicar del argumento. Es rebajar la discusión hasta un nivel donde la razón deja de importar.

La frase se expande —y se agrava— en quien la repite, en quien la corea, en quien la celebra sin el menor atisbo de reflexión. Esa multitud que hoy se deja arrastrar por la emoción fácil del agravio es la misma que mañana exigirá respeto cuando le toque ser objeto de desprecio. La incoherencia convertida en hábito colectivo.

En medio de ese ruido, la voz de María Corina Machado marcó distancia con claridad: “Jamás escuchará de mi boca una palabra o una expresión que juzgue o descalifique a una persona por su religión, por su género o por su raza. Eso es lo que ha hecho el régimen en Venezuela: dividirnos por esos motivos. Precisamente el proceso de sanación y de encuentro que nosotros llevamos adelante se basa en el respeto, a la dignidad y al derecho de cada quien a vivir libremente en base a sus ideas. El único elemento de juicio es sobre la base de la conducta y de los principios, y por supuesto rechazamos cualquier descalificación de esta naturaleza”. 

Una afirmación que no solo contrasta con lo ocurrido, sino que lo deja en evidencia. Porque no se puede hablar de reconstrucción mientras se normaliza la ofensa. No se puede invocar el reencuentro desde el lenguaje del desprecio.

Nos gusta repetir que el chavismo degradó el discurso público, que hizo del insulto una herramienta política, que institucionalizó la descalificación. Y es cierto. Lo incómodo es reconocer cuánto de ese mismo patrón hemos decidido imitar. Como si la indignación nos otorgara licencia. Como si el rechazo justificara la copia exacta de aquello que decimos combatir.

El racismo no se convierte en chiste por conveniencia. No se vuelve aceptable porque el destinatario nos resulte repudiable. No se limpia bajo la excusa de la rabia, ni se ennoblece por estar del “lado correcto”. Sigue siendo lo que es: una expresión elemental de desprecio que, más que herir al otro, desnuda a quien la pronuncia —y a quien la aplaude.

Si de verdad aspiramos a un país distinto, el cambio no puede limitarse a nombres, ni a consignas, ni a victorias coyunturales. Tiene que comenzar por algo más difícil y más urgente: el lenguaje. Porque un país que no es capaz de elevar la forma en que se nombra a sí mismo y a los otros, está condenado a repetir —una y otra vez— aquello que dice querer dejar atrás.

Y mientras sigamos coreando el insulto, no habrá discurso que nos salve de la evidencia: no hemos cambiado. Solo hemos aprendido a decirlo con otras palabras.