







"Cruzo un desierto y su secreta/ desolación sin nombre". Es el primer verso del primer poema del primer libro que publicó José Ángel Valente. Era 1954. Aquel desierto podría ser éste, pero el de aquí tiene nombre: Monegros, en el Valle del Ebro, entre Zaragoza y Huesca. Y lo cruzamos bajo un sol verdugo a las 14.00 horas del sábado y sin desolación alguna, pues cuanto sucede aquí es fervor, comunidad diseminada, apetito de trance, cuerpos que aguardan el cañonazo de sonido que inaugure una de las mayores fiestas techno de Europa, un atolón hipnótico desplegado en una vieja era familiar donde los Arnau, con campo base desde los tatarabuelos en Fraga (Huesca), instauró el Monegros Desert Festival hace más de 33 años en la estela de las raves feroces del norte de Europa.
Aquel experimento al que en origen acudió un centenar de personas es hoy una ceremonia febril contra el tiempo, parada imprescindible en el circuito de la música electrónica de esta parte del mundo, donde 60.000 seres se dan cuerda durante 22 horas seguidas (entre el sábado a las 14.00 y el domingo a las 12.00) al ritmo de 120 DJ's repartidos en 10 escenarios. El aquelarre ocupa 120.000 metros cuadrados (unos 24 campos de fútbol). Y una misma meta: gozar, bailar, flipar, resistir.
Algunos planos de Sîrat, la película de Oliver Laxe alrededor de una de las raves furtivas en el desierto africano, se grabaron cerca de este territorio quemado por el sol, atizado de cierzos, sobrado de polvo, donde el bautismo del desierto viene en oleadas de música y a ratos todos los esqueletos son el mismo esqueleto moviéndose descoyuntados sin perder la extraña simetría. Difícil encontrar un escenario de tan perfecto encaje para una fiesta extrema. Para este caldero de música y extravíos. De conexión a través del zarandeo de la electrónica en todas sus variedades: clásico, groove, minimalista, industrial, tech house, punk techno... Músicas que el viento mezcla, un viento casi constante. Y como todos los vientos constantes ejerce un poder sobre los cerebros de las gentes que están demasiado tiempo bajo su jurisdicción.
A las 14.00 horas, con puntualidad exquisita, la DJ y productora Indira Paganotto abre la edición de 2026. Sube la regleta, los bafles comienzan a fibrilar en la Techno Cathedral, escenario mítico, un bosque de brazos en alto toma el espacio, el baile es la única religión, la sola ideología de este lugar. Y la gente que accedió al recinto hace horas caminando por una pista de tierra seca y tragando mecha por la vasta llanura del Monegros Desert Festival, en paralelo a la N-II, empieza a palpitar formando una asamblea ritual sin nombre, con camiseta y sin ella, con pañuelos contra la polvareda o con las bocas al aire, bebiendo agua desaforados, algunos desatados por la euforia. Paganotto despliegla su psy-techno mecido por sonidos cósmicos mientras el sol en lo alto es una bomba de hidrógeno. Hace 38º centígrados. La manera de entrar en combate es esta: invocar el éxtasis como si nada mientras afuera la vida se enrarece y arde.

No hay hora por delante. Y si la hay es para conjurarla. Con un horizonte de tierras láguenas, la multitud se desprende de cualquier protocolo mientras peregrina de un escenario a otro. Gentes de más de 90 nacionalidades con un propósito común: exceso y hedonismo. "Esa es la clave", dice Juan Arnau, el fundador de esta cita.
"Aquí la gente viene a disfrutar del techno y a aparcar por un rato sus rutinas. Cada cual se divierte como quiere, y en el Monegros Desert Festival hay muchas maneras de hacerlo. Por el día de una manera y por la noche de otra. Esto empezó como una apuesta muy pequeña. Faltaba en España un gran festival de este tipo, así que recorrí más de 30 raves por toda Europa para enterarme de qué pasaba en ellas. Eran raves duras, de las que desaloja la policía en cualquier momento. Las estudié al detalle y al final escogimos este formato. Algo que ofrece una experiencia radical, pero dentro de un espacio seguro". Esto lo anticipó en un libro confesional, Bailar en el desierto (Grijalbo), publicado en 2023. La historia de sí mismo y de una saga familiar (la de los Arnau, que acumula ya cinco generaciones en el negocio del entretenimiento), desde el sueño de Josep Satorres en el siglo XIX hasta el dilema de Juan en 2013 sobre si debía vender el festival. "Ahora estoy retirado, la gestión la llevan mis hijos, pero me gusta venir, estar aquí, observar, ver cómo la gente continúa divirtiéndose. Es lo que he hecho toda mi vida: observar". En la sala vip de artistas tiene su oasis el patriarca.
En esta gran fiesta cósmica cruzan el cielo haces de láser y una jauría de ritmos a decibelios sobrenaturales que generan una extraña armonía en un paisaje áspero. A la caída del sol rugen las decenas de bafles del escenario nuevo de esta edición, el Outworld, una apuesta inmersiva de 360º con capacidad para 20.000 personas. Diez brazos de luz y sonido abrazan una torre central de 28 metros en cuya base pinchan los DJ KlangKuenstler, de sonido duro y nostálgico de los 90. Este set tiene sentido al anochecer y al amanecer, pero en el resto de la jornada es un molesto repetidor de bucles de sonido muy pálido de gente.

Unos pasos más allá la versión es otra: "Esto es el paraíso", dice Yukio, japonés de 28 años. "Estudio en Barcelona y es el segundo año que vengo a Monegros. Esta vez con dos amigos de Tokio a los que he perdido ya hace un rato. Pero nos encontraremos en algún momento, quién sabe. Yo, mientras tanto, bailo". Baila solo, descoyuntándose un poco en medio de un redondel de tierra donde flotan a compás miles de asistentes. A lo lejos podrían parecer fieras peligrosas, pero aquí cada cual va a lo suyo, más o menos destartalados según la hora.
Lo normal es beber más que comer. Estimularse de cualquier manera más que descansar. Hay jóvenes entusiastas del ritmo festivalero, adultos cautos que miden las fuerzas, algunas familias que tienen esta fiesta grande del desierto como un ritual con el que inauguran el verano. A las 23.00 funcionan a pleno rendimiento los 10 escenarios. La música se cuela hasta lo blando del hueso. Ni un sólo segundo de tregua. Suena Ben Sims en Techno Catedral, Cera Khin despliega su set en el escenario de Dust x Unreal, Fleur Shore en Elrow, Astrix en Duna, Fumi F2F Yanamaste en Industri Citi...
Hay que escoger, como en los parques de atracciones. No es posible subir a todas las norias, pero una vez elegida la propia es difícil escapar de sus vueltas. En alguna quedas atrapado, en medio de otros miles de seres imantados por sonidos que envuelven o zarandean. Músicas y propuestas experimentales que forman parte ya de la oscuridad centelleante mientras el desierto se enfría. La temperatura bajó de golpe nueve grados. A las 23.30 el uniforme cambia en favor de algún abrigo. Otro aspecto antropológico a destacar el repertorio ropa mínima, la extravagancia y el punto disfraz de algunos feligreses: de la normalidad a la sensualidad pasando por el desvarío y la mamarrachada.

Alrededor del techno crece una cultura, una cultura devocional como tiene el jazz, como suma el flamenco. Una cofradía que va de cabotaje por festivales así a lo ancho de Europa. "Aunque no lo llamaría cultura", requiebra Juan Arnau. "Es cierto que dispensa felicidad y gente reunida alrededor de lo mismo, pero... A lo mejor es otra forma de cultura, sí. Mira esta convocatoria. Hemos batido los récords de asistencia en la historia del Monegros Desert Festival. Eso quiere decir algo". Quizá significa que existe una cultura alrededor. Un código. Una estética. Un propósito. Una manera de querer estar aquí. Un desenfreno. Una cierta insurgencia. Una certeza de que en esta música suceden cosas. Una apología de que con lo razonable no basta. Quizá sea eso a lo que llamamos cultura: otro modo de no aceptar lo irremediable.
Unas evanescentes ráfagas de sonidos crudos salen de Elrow. Son las tres de la madrugada y la noche es una gruta punteada de luces estroboscópicas, espasmos lumínicos, transiciones de oscuridad minuciosa. El Dj Paco Osuna empieza su sesión tirando del repertorio de la casa: minimalista, enérgico, experimental. Y a la vez, en Techno Catedral sucede otra bulla fuerte. Es la hora del berlinés Patrick Mason, un tipo incombustible con un directo potente que hibrida techno y house mientras baila desatado aparcando a veces el mezclador. No hay rastro de fatiga ni en Mason ni en los parroquianos. Los escenarios echan humo y alguno como el Outworld lanza por las torres de sonido llamaradas. Los puestos de comida producen a destajo. Las barras de venta de bebidas no descansan. Los 162 grifos de agua a presión para refrescarse nunca están solos. De las zonas de descanso sale y entra gente como una sincronizada coreografía del caos. Las cosas funcionan con cierta lógica en la vorágine de Monegros.

A las 6.30 empieza a asomar el sol por el este. Sin árboles a la vista el horizonte es amplio y limpio. La luz desintegra un poco y propicia a la vez una breve energía renovada. Aún quedan otras seis horas de festival incesante. Los cuerpos sirven de caja de resonancia. En algunos lugares están los primeros heridos de guerra de la noche. Aquellos que ya no distinguen de la luz que nace de nuevo por la mañana de la que murió por la tarde. Este sol nuevo igual alumbra las derrotas definitivas que dora el baile en suspensión de los que midieron las fuerzas.
Suenan las mezclas de Joseph Capriati, la estupenda Fátima Hajji con sus sonidos festivos y sus grooves despiadados, Andrés Campo, Marco Faraone... Algunos, como si dieran sentido en el desierto a la película El buscavidas y fuesen el Gordo de Minnesota (personaje mítico e impecable a pesar de las mil horas desafiado al billar por Paul Newman), aparecen restaurados y perfumados. Hay quien hace una paradinha y se recoge un par de horas en su coche o caravana o en alguno de los tipis (tiendas de campaña de inspiración sioux) que alquila la organización en una de las zonas vip del festival. Otros regresan a la claridad desde lo más hondo del abismo. La mañana se ha puesto en pie.
La luz parece que expande el sonido aún más lejos. Vuelven las gafas de sol. Si es posible tomar la vida como una representación, la de Monegros es la del ejercicio de una absoluta libertad. Cada cual sabrá para qué. Como en el poema aquel de la polaca Wislawa Szymborska, aquí se puede decir esto: "Algo todavía ocurrirá, pero dónde y qué. Alguien vendrá a buscarte, pero cuándo y quién". En pequeñas oleadas regresan algunos a las pistas de los escenarios y otros van tomando el camino de salida. Miles de coches, furgonetas y autocaravanas esperan afuera. Saldrán a la N-II en algún momento desde la misma pista de tierra seca por la que hace más de un día accedieron a este perímetro loco, las 120 hectáreas que en otro siglo fueron almacén de piensos de la familia Arnau. La Guardia Civil activa los controles por drogas y alcoholemia. Una cadena humana se estira despacio por el arcén de la carretera.
El Monegros Festival echa el cierre de este año con dos sets simultáneos: Richie Hawtin en Techno Catedral y Héctor Oaks en Outworld. Es el último empujón para los más tenaces. Cuando el último bafle deja de bombear, el silencio recobrado es un cuerpo extraño después de 22 horas de techno. Se llama también aventura a ese desafío que te depara la música en este lugar remoto. El desierto también recuperará en un par de días su aparente nada.
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