Durante 40 años, ha sido el gran virtuoso del flameco de su generación y, a la vez, el gran explorador de nuevos caminos. Ahora celebra su aniversario con una gira que empezó la semana pasada en Córdoba y que se alargará hasta enero.

Vicente Amigo.
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- ¿Qué música escuchaban sus padres?
- No tenían un gusto muy claro. A mi padre le gustaba bailar con mi madre. Algo le gustaba el flamenco, le gustaba Porrina de Badajoz, Farina, El Fosforito... Mi padre trabajaba de bancario y por el banco consiguió un televisor que tenía un tocadiscos encima. Y ahí me hice yo fuerte, todo el día con los discos de Camarón, de Paco, del Niño Miguel... Era la época de Fuente y caudal de Paco. Ese disco lo tenía yo allí y sonó hasta que se quedó sin surcos,
- ¿Y sus hermanos?
- Somos ocho. Yo soy el quinto. A mi hermano José le gustaba Police. A mi hermana Mariloli, Supertramp. A Paco, Los Chichos.
- ¿Qué personalidad tenía de adolescente?
- Igual que ahora. No creo yo que haya cambiado mucho. Estaba la música, que era lo que me movía y lo que me sigue moviendo. Prefería tocar la guitarra que jugar a la pelota. Era bueno, ¿eh? Yo creo que si me hubiera dedicado a algún deporte podría haber hecho carrera. Pero elegí la guitarra. Los amigos del colegio me ven y me dicen siempre lo mismo: ¿te acuerdas de que nos íbamos a jugar y tú te ibas con la guitarra a una calleja, acabábamos el partido y seguías tocando?
- ¿Buen niño? ¿Alborotador?
- Alborotador no, qué va. Yo tenía un respeto muy grande a mi padre y quería sacar buenas notas siempre. O por lo menos aprobar. Tenía demasiado respeto, tenía hasta miedo cuando daban las notas. No quería defraudar a mi padre por nada del mundo. Éramos tantos que mi padre tuvo que ser estricto. Lo entiendo y se lo agradezco. Mos inculcó unos valores muy importantes. Eso y el valor de la familia también- los ocho nos llevamos muy bien, Y, mi madre... Qué le voy a contar de mi madre. No he visto una mala forma en casa nunca.
- ¿Viven?
- Mi madre falleció el año pasado y mi padre justo antes de la pandemia.
- Lo siento.
- Gracias. Ya soy huérfano.
- ¿Llegaron a saber ellos de flamenco, a entender lo que era bueno y lo que era mediano?
- Yo creo que para entender lo que es bueno no hace falta saber tanto. Un amigo decía que a la gente que no sabe hay que hacerle caso.
- ¿Iban a sus conciertos?
- Sí. En Córdoba. A veces en Sevilla.
- ¿Le gustaba o le ponía nervioso?
- A mí, mi madre me daba mucha paz. Y con mi padre igual, era bonito verlo allí. Era bonito porque porque tenía la oportunidad de agradecerles el amor delante de mi gente.
- ¿Cuándo dejó el colegio?
- Terminé primero de BUP y me fui con Manolo Sanlúcar a girar.
- ¿En qué era bueno en el colegio?
- Era normal. Me gustaba Historia, era de letras. Las matemáticas las odiaba pero ahora sé que es porque no me las supieron explicar. Por eso, y porque, quizá, o eso creo ahora, un pelotacito de déficit de atención he podido tener. Me ocurre todavía, que me hablan y, si no me interesa mucho, estoy con la mirada perdida. Le pasa a muchos músicos.
- Esta esa idea del músico como un chico que no conecta bien con la realidad y que encuentra en la música su manera de aferrarse al mundo.
- Algo de eso hay. A mí me gustaría desprenderme también de la música y sentir la vida como es, que no es solo música. Y esa parte nos las perdemos.
- ¿«Me gustaría» significa que no lo consigue siempre?
- No siempre, no. Yo me voy de vacaciones y llevo la guitarra. Estoy queriendo liberarme, pero no puedo.
- ¿Nunca pasa 10 días sin tocar?
- Alguna vez, pero lo pasé mal. Ojo, hablo de la guitarra y de la música, no estoy hablando del público.
- Antes contaba que al acabar primero se fue tocar por el mundo y vivir de la música. ¿Lo piensas ahora y dice «estuvo bien esa adolescencia»? ¿O le parece un poco raro?
- Cuando entré en el grupo de Manolo Sanlúcar me convertí en otra persona. Mi vida era tocar, escuchar, aprender. En esa etapa de mi vida no tuve mucha comunicación. Estuve muy aislado. Cuando salí de ahí, tenía la necesidad de reencontrarme con la vida. Creo que eso le pasa a muchos músicos. Lo que buscamos es descubrir quiénes somos.
- Sus amigos más importantes ¿de qué época son?
- Tengo un amigo de la infancia, Antonio. Hemos cambiado mucho, nos vemos poco, pero sigue siendo mi amigo. Tengo un amigo de los 21 años o por ahí. Es José Mari, es médico. Y tengo a Manolo, que es mi amigo de todos los días.
- No son amigos de la música.
- Es complicado eso. La música es estar metido en casa, rebuscar. Pero también son mis amigos los músicos que vienen en el grupo, son una parte de mi vida importante. Mi amigo Añil es como un hermano con el que voy al fin del mundo. Y lo mismo Paquito, Rafael de Utrera...
- ¿No fue una adolescencia de tener novias ni de salir de juerga?
- La época de las juergas vino sola, pero después. Cuando estaba con Manolo Sanlúcar, mi vida era viajar y estar muy centrado en lo que hacía, en buscar mi camino.
- ¿Nunca hubo una parte lúdica en la música? ¿Tocar para reírse con amigos, para hacer un poco el tonto?
- Yo me divierto con la guitarra. Al componer me divierto, en casa me divierto... En el escenario es más difícil pero si no disfrutara lo dejaría.
- Ha hablado de rebuscar. ¿Ha sido una búsqueda difícil y angustiosa?
- Creo que siempre es angustiosa para los artistas. Es como mirarte al espejo y decir: «Sí te conozco».

























