Lo normal es extraordinario

El Papa León XIV en su llegada a la plaza de Lima en Madrid.El Mundo
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Despegó el Falcon y el Papa se nos fue. Lo hemos tenido casi una semana con nosotros. Estamos muy cansados todos; el que más, él, pero ha valido la pena.
Al llegar, nos sorprendió con un discurso en el Congreso y nosotros, representados por los congresistas, le sorprendimos a él con una ovación de siete minutos.
Desde ese día, en 22 discursos, le hemos dado las gracias por el esfuerzo que ha hecho, por todos los sitios donde ha ido y por todo lo que nos ha dicho. Se puede decir que ya lo sabíamos, pero el polvo del camino hace que las cosas importantes se nos olviden.
Me emocioné el día del Congreso por lo que dijo. Me emocioné cuando citó a la Virgen del Pilar. Me emocioné cuando, en su visita a la parroquia de San Agustín, fue recto a saludar a mi hija Elena.
Que me emocione yo no es ninguna novedad, porque cada día soy más llorica, pero esta semana ha sido muy especial.
El Papa se fue. Nosotros nos quedamos con los mismos problemas, las mismas manías, lo mismo todo. Cuando al día siguiente volvimos a tener bronca en el Congreso, hubo quien dijo: "ya estamos como siempre".
Esperanza. Virtud muy ligada a la paciencia. Estoy convencido de que a todos nos ha quedado algo. Un amigo mío vasco tropezó con Sánchez al pie de la Sagrada Familia. Le preguntó a Pedro qué le parecía y Pedro le contestó que una maravilla. Entusiasmado con el éxito, mi amigo llamó a Begoña Gómez, que estaba allí con su marido:"¡Begonchu, ¿qué te ha parecido?!" Y Begonchu, desconcertada por el atrevimiento de mi amigo, le contestó que a ella también le había parecido una maravilla.
Cuando León XIV les grita a las mafias "¡Deténganse! ¡Conviértanse!", yo me emociono, pero a ellos algo les queda. Y cuando el Papa remata diciéndoles que teman a la justicia divina, estoy seguro de que ese 'algo' crece y llega a preocupar seriamente al mafioso que lo escucha.
El Papa sigue hablando y señala la conveniencia de que los países de origen participen en solucionar el problema de la emigración
Y, para no olvidar nada, cuando el Papa abraza a la chica que se quiso suicidar, muchos nos sentimos abrazados.
Lo dije y lo repito. Este viaje no ha sido el de un simple jefe de Estado. Cuando el Papa viene a un país, es Cristo que pasa. Y cuando pasa Cristo, deja rastro.
Siempre.
Ahora también.



















