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Que un sector crezca a un 11%-12% anual es una cifra muy alta que solo logran actividades punteras como la ciberseguridad o... los fármacos contra el cáncer. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el número de casos mundiales de esa enfermedad van a crecer en un 18% de aquí a 2030, y en un 71% hasta 2050. En un mundo en el que la población humana está empezando a caer, esa subida se debe en parte al envejecimiento de la población, la mayor esperanza de vida y la mejoría del diagnóstico. Eso, más el hecho de que la gente vive más incluso con tumores incurables, explica que las drogas contra el cáncer movieran el año pasado entre 185.000 y 222.000 millones de euros, una cifra que se habrá doblado en 2030. Y también explica que el gigante farmacéutico británico GSK comprara el martes, por 10.600 millones de dólares (9.200 millones de euros) la estadounidense Nuvilex, especializada en tratamientos para esa enfermedad.
Hace 50 años, el 27 y 28 de junio de 1976, se reunió el primer G-7 de siete miembros (en 1975 se había celebrado un G-7 de seis países, así que están como para pedir coherencia al resto del mundo). Emmanuel Macron y Giorgia Meloni no habían nacido. De los actuales miembros del grupo, solo Donald Trump -que hoy cumple 80 años- tenía edad para votar. Mañana vuelve el G-7, con una sensación de crisis que muchos estiman que es política, pero que acaso sea, más bien, biológica. Se llama edad. Y no por la de Donald Trump. En 1975, cuando comenzaron las reuniones, el grupo tenía el 62% del PIB mundial. Hoy solo llega al 43,5%. El G-7 ha pasado de registrar el 80% de las patentes mundiales al 32%. China produce más patentes que todo el G-7, y Corea del Sur sobrepasa a la suma de Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y Canadá. El G-7 es, sin duda, poderosísimo. Pero cada día recuerda más a un grupo de ex potencias que tratan de envejecer con dignidad.

Los suizos no se reproducen. Su tasa de fertilidad es de 1,33 niños por mujer, casi un punto por debajo de lo necesario para que la población no caiga. Ni siquiera los inmigrantes, con una tasa de 1,86, llegan al mínimo necesario. Así es como 1,5 millones de los 1,9 millones en que ha subido la población del país en los últimos 25 años vienen de fuera. Hoy, Suiza celebra un referéndum que propone cancelar la concesión de asilo y la reunificación de familias cuando la población llegue a 9,5 millones de habitantes (400.000 más que en la actualidad). Si alcanza los 10 millones, se prohibirá toda la inmigración. El objetivo es frenar la llegada de extranjeros, pero, dado el déficit reproductivo mencionado más arriba, no parece una solución: si los suizos cortan el influjo de inmigrantes seguirán siendo blancos y rubios, pero ancianos y, encima, cada vez menos. Guste o no, en el mundo desarrollado, o nos reproducimos como locos, o necesitamos inmigrantes.

En julio de 2017, Francia y Alemania lanzaron su proyecto de avión de combate conjunto FCAS (Sistema de Combate Aéreo Futuro). De hecho, tan "futuro" es que puede que no vuele nunca, porque Alemania ha salido del programa harta de pelear con las exigencias innegociables de Francia, lo que, de paso, deja a España (que también participa a través de Indra) sin cazas para el futuro, dado que hemos decidido no comprar los F-35 porque son de Trump. El casi total colapso del FCAS es un éxito indirecto para su rival, el GCAP (Programa Aéreo Global de Combate), iniciado en 2022 por Reino Unido, Italia y Japón, y que espera entrar en activo cinco años antes que su rival. La tozudez francesa ha favorecido indirectamente al Reino Unido del Brexit, aunque la gran incógnita es saber si Alemania ahora va a crear su propio cazabombardero, como propone Airbus. El desastre del FCAS deja claro que los sueños de una industria militar europea son eso: sueños.
¿Y si los choques de esta semana entre Irán e Israel y EEUU no fueran una señal de que Teherán se siente más fuerte sino todo lo contrario? La razón para plantear eso es que Irán está perdiendo parte del control de Ormuz, lo que está permitiendo sacar petróleo por esa vía de agua a los petroleros de los países árabes, pero no a los iraníes, que siguen bloqueados por la Armada de EEUU. Según Bloomberg, cada día escapan por Ormuz alrededor de dos millones de barriles de crudo. Eso es el 10% de los 20 millones de antes de la guerra, y se suma a los entre seis y siete millones que Arabia Saudí y Emiratos exportan por oleoductos y a los cinco millones que la producción fuera del Golfo ha subido desde que estalló la guerra. Los barcos escapan de noche y con la ayuda de las fuerzas de EEUU, que confunden a los iraníes y ocultan a los petroleros. Los barcos son de empresas energéticas y de navieras de los países del Golfo, y están asegurados por compañías locales.

Aunque el Mundial está arrancando con los problemas previsibles de la política inmigratoria del Gobierno de Trump, y con una asistencia de público menor de la esperada, EEUU se está convirtiendo en una potencia futbolística. No tanto desde el punto de vista deportivo sino desde el financiero. El 40% de los equipos de las cinco grandes ligas europeas tienen inversores estadounidenses en su capital. En muchos casos se trata de fondos de private equity que participan en varios equipos a la vez, una estrategia conocida como MCO (propiedad de multi-clubs) que trata de multiplicar las sinergias entre diferentes entidades deportivas. A eso se suma la entrada de capital estadounidense en países que serán las grandes potencias del siglo XXI en el deporte. Cuando Ben Harbourg se compra un equipo de fútbol, el Al Kholood FC en Arabia Saudí, es que Silicon Valley y Wall Street quieren una tajada de lo más grande posible del deporte rey.
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