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La madrugada del 7 de junio de 2017 es un día marcado en la historia bancaria de España y de Europa. Banco Popular desaparecía esa noche tras una agonía pública que sirvió para que la Unión Bancaria europea estrenase sus poderes para resolver entidades en la región. No ha habido más casos después. La intervención de Banco Popular hace ahora nueve años se ha convertido en el hito que para muchos dio validez a la idea de crear una única región financiera en Europa, pero la parálisis se ha apoderado del proyecto, lo que en la práctica se traduce en una cantidad ingente de regulación y normas que las entidades se afanan por cumplir. Muy a su pesar.
La estabilidad del sistema financiero fue el mantra que sostuvo la idea de una Unión Bancaria europea en su creación en 2012. Tras el estallido del crash financiero de 2008 y en plena crisis del euro, la UE se dio a sí misma el mandato de levantar un sistema que rompiese el vínculo entre la vulnerabilidad fiscal de un país y la de sus bancos. El sistema tenía como base un marco normativo armonizado y tres pilares: el Mecanismo Único de Supervisión o MUS (formado por el BCE y los supervisores nacionales), el Mecanismo Único de Resolución o MUR (compuesto por la Junta Única de Resolución y el Fondo Único de Resolución) y el Esquema Europeo de Garantía de Depósitos (EDIS). De los tres, este último es el único que aún no está en vigor; es, a decir verdad, el gran melón y el principal obstáculo para que hoy en día la Unión Bancaria sea más una utopía que una realidad.
Un esquema común de garantía de depósitos implica que todos los europeos responden ante las pérdidas que pueda generar la quiebra de una entidad nacional, aunque la entidad en cuestión no sea de su país. Hasta ahora, cada país tiene su propio Fondo de Garantía de Depósitos (FGD), que cubre hasta 100.000 euros por titular y entidad, y un sistema común supondría mutualizar las pérdidas en caso de que se produjeran. "Alemania y los de siempre se resisten a esa idea", señalan algunas fuentes consultadas por Actualidad Económica. De ahí el estancamiento.
Avanzar en esa senda supondría allanar el camino para crear grandes bancos transnacionales y paneuropeos capaces de competir con gigantes de otras regiones. El Banco Central Europeo (BCE) tiene un empeño especial en este punto, pero al mismo tiempo se contradice con la teoría del too big to fail y ese dilema se ha instaurado a nivel interno en el supervisor, según fuentes conocedoras de sus entresijos. "Hay miembros a favor de esas grandes fusiones y otros que no las apoyan. En realidad no existen sinergias para crear esos grandes bancos en Europa y cuando se dan, los gobiernos acaban imponiendo su rechazo, entre otras cosas porque ningún país quiere perder la bandera de un gran banco", señalan las mismas fuentes.
La sensación generalizada es que la Unión Bancaria que Europa necesita en este momento no es la Unión Bancaria que Europa necesitaba en 2012. Entonces se buscaba dar sostenibilidad y estabilidad al sistema, pero ahora la región necesita un impulso a su competitividad y es ahí donde ponen el foco los principales protagonistas del sector.
"La unión bancaria ha reforzado de forma significativa la supervisión y la resiliencia en Europa, pero sigue estando incompleta y esto tiene consecuencias reales. La fragmentación entre los marcos nacionales sigue limitando la escala a la que pueden operar los bancos, y restringiendo la actividad bancaria transfronteriza. En un entorno de mayor incertidumbre y de una competencia global más intensa, esta fragmentación no es solo una ineficiencia: es una vulnerabilidad estratégica para Europa", explica Luis de Guindos, vicepresidente del BCE hasta el pasado 31 de mayo, en declaraciones para este medio.
La sensación de urgencia es compartida. "Estamos en un momento único. Si no se hace ahora, se hará tarde, mal y cuando no se necesite", advierte Mariano Lasarte López, socio de Banca de KPMG en España.
"El camino a seguir es claro: necesitamos completar la unión bancaria y profundizar la integración financiera. Esto implica avanzar decididamente hacia un sistema europeo de garantía de depósitos, eliminar los obstáculos a la libre circulación de capital y liquidez, y seguir armonizando el marco regulatorio. Sólo considerando la zona euro como una verdadera jurisdicción única podrán los bancos europeos apoyar plenamente el crecimiento, la innovación y la estabilidad financiera", añade De Guindos.
En esta dirección apunta también María Abascal, directora general de la patronal española AEB: "El momento ahora es otro y lo que necesitamos es más crecimiento y competitividad. Para ello, Europa debe profundizar en el mercado único completando la unión bancaria con su tercer pilar (el EDIS) y avanzando en la unión del mercado de capitales. Sabemos que es un tema políticamente complejo, pero es el momento de tomar decisiones valientes. Además, es importante que la UE mueva ficha en la simplificación del marco regulatorio y supervisor del sector bancario para mejorar la competitividad de los bancos y aumentar la capacidad de financiación de la economía".
Competitividad y simplificación regulatoria son la nueva letanía de las voces financieras en Europa, la cuestión es cómo casa eso con la estabilidad del sistema. De otra forma: si la regulación ha dotado de estabilidad al panorama bancario europeo... ¿menos regulación pone en riesgo su sostenibilidad? "Ese es el gran debate que abre la competitividad", reconoce Mariano Lasarte López. "Lo ideal sería crear un régimen de proporcionalidad para las entidades más pequeñas, como ocurre en EEUU o en Reino Unido; simplificar la regulación aplicable porque para las pequeñas resulta más caro cumplirla tal y como está ahora", añade.
Pero entonces aparece el fantasma del colapso de Silicon Valley Bank en 2023 y el riesgo de contagio que una entidad más pequeña puede generar a nivel global. Países como Alemania o Francia quedarían más expuestos, dado que sus respectivos tejidos financieros están plagados de entidades de menor tamaño, y esto es algo que el BCE tiene muy presente. "Para el Banco Central Europeo no existe banco pequeño, por eso se resiste a rebajar la carga regulatoria actual, aunque en la realidad sería una situación gestionable", explica el socio de KPMG. España, tras el gran proceso de concentración por la crisis de 2008, es la excepción en Europa. Y todo empezó en Banco Popular.
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