"Sus padres, amigos, perritos de infancia y acentos se aguan en su biografía. Ha emborronado su pasado, se cuenta, a cambio de una receta de antibióticos expedida por la Seguridad Social"

Colegio electoral madrileño en 2023.
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Para lograr que un pedacito de tarima flotante se asocie al carnet de identidad, una necesita paciencia y que el reloj marque las 12 am. Descubrirá en el portal de la Comunidad de Madrid que, tras un día dedicado por completo al oficio de refrescar cada 32 segundos una página web, las citas en la Oficina de Atención a la Ciudadanía se despejan y, al fin, en un mes podrá completar su empadronamiento.
El forastero podrá, por supuesto, haber solicitado el trámite la noche en que puso el primer pie en la estación de trenes, pero si forma parte de la multitudinaria secta de la procrastinación, habrá agotado media docena de certificados de desplazamiento intercomunitario hasta que el engorro burocrático se le haya hecho insoportable.
No comprenden los madrileños de copyright que el extranjero posponga la posibilidad de presentarse ante la Administración como uno de ellos. No entienden, repiten, que renuncien al privilegio de identificarse con la mejor agua del grifo de la península ibérica o de gozar en exclusiva, como ha anunciado la Comunidad, de los beneficios del abono de transportes madrileño.
El que está en Madrid -se dice a sí mismo el que viene de fuera como si hubiera preconizado las palabras de León XIV- es de Madrid. La carne sometida al atasco, a las puertas del metro encajonadas, al sorteamiento de las mesas en las aceras, al riesgo casi físico que supone atravesar la plaza de Jacinto Benavente al atardecer, a la ausencia de sombras en las plazas, debería convalidar el pesar espiritual por un certificado de pertenencia a la ciudad.
La experiencia queda vivida y el alquiler, pagado. Se es ya un local de facto. Se es ya un local de facto. Si además sustituye la dirección del DNI por una con un código postal encabezado por un 2 y un 8, habrá desistido de la esperanza que instala en el fondo de su corazoncito quien se muda a la capital de España. Habrá renunciado, le dice la voz más malévola de su cabeza, a cualquier probabilidad de volver algún día a casa.
Murciano o salmantino, el extracomunitario instalado en Madrid se observa a sí mismo abdicando de su identidad el día en que la cita en la oficina de empadronamiento aparece confirmada en su teléfono móvil. Sus padres, hermanos, abuelos, amigos, perritos de infancia y acentos se aguan en su biografía. Ha emborronado su pasado, se cuenta, a cambio de una receta de antibióticos expedida por la Seguridad Social.
También podrá, descubrirá más adelante, disfrutar del derecho de una mañanita de paseo hasta un colegio electoral. Entonces, consciente ya de que la estación sigue en su sitio y los trenes aún se dirigen en la dirección contraria, podrá pagar, urna mediante, a quien pone la ciudad a su favor o en su contra. Para eso Madrid es ahora su casa.

























