No soy especial. O lo soy tanto como cualquiera. A la que me descuidan, peco de repetición, de mediocridad estándar, de conversación insulsa y previsible. Tengo andares de franquicia

Una cola de personas para fotografiarse con el Oso y el Madroño.
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ESTOY EN venta. Aunque enunciándolo no busco escandalizar ni plañir lamentos, porque ¿acaso resisten resquicios, parajes, principios, arrugas sin mercantilizar? No soy especial. O lo soy tanto como cualquiera. A la que me descuidan, peco de repetición, de mediocridad estándar, de conversación insulsa y previsible. Tengo andares de franquicia. Hace décadas me creía rompedora, algo ecléctica, en rebeldía, con carácter renacentista e intenso vitalismo. Qué buen culo, qué pelazo. Muy política; siempre protestando. Es decir, joven. Para entrar a vivir. Y nunca hubo quien me acostara. Esa fauna de la Gran Vía. Las noches, los bares y las compañías al amanecer engrandecían mi mito. Es decir, un cliché.
Ahora manejo más, adaptándome a los turbotiempos que el dios Instagram marca. Planes diferentes, planes originales, planes exclusivos, planes gratis, planes secretos, things to do. Me promociono infinita. En lugares auténticos. Signifique lo que signique ese vocablo. Corro sin cesar. Trato de esquivar las horas puntas. Saboreo el vinagre del artificio. Me empacho de gildas. Una copia castiza pero más ostentosa, con ínfulas. Quizá pueda esconderlo con una estética Tumblr, con mi psicología pop, con el ruido del tardeo y la MBA-speak. O ante los ojos imberbes propensos al crush de neón. También ante quien no vive si no convierte su existencia en insólita. Pues soy una experiencia inmersiva. Desbordo potencial. Las visitas me recordarán por mis nachos con guacamole, por mi vermú con azúcares añadidos, por la salsa de las bravas, por el agua con gas, por el latte art. Salté de lo barato a lo caro y de lo caro al lujo. Desclasada. Precaria. Siempre aspiracional. Un pimpollito para la inversión. ¿Quién no querría revalorizarme?
También atravieso épocas en las que se populariza huir de mí. No dejan de desahuciarme. Me abandonan las amigas. Soy omnipresente en cuanto me sucede algo fuera de lo común. O, incluso, lo común. Repelo. No llego a fin de mes. Tal vez no cumpla los servicios básicos, tal vez decepcione expectativas, tal vez no me reconozcan. Aunque las migajas de nostalgia, de los rescoldos de amantes pasados, de lo que pudo ser y no fue, suman atractivo. Eso dicen. Oscilo entre quienes añoran su infancia cálida y quienes sólo ansían prosperar.
Por eso tratan de subastarme por singular, bulliciosa, de estilo envidiable, siempre acogedora. Ensalzan mi historia, vociferan sus capítulos predilectos, ocultan los que consideran una vergüenza. Y ya no sé quién soy. Tampoco creo que lo supiera nunca. Me agujerean, me taladran, me edifican, me demuelen. En una crisis de identidad constante. Quizá no me aprecian. No me dejan tranquila. Qué ego, qué enrevesado ser Madrid.




















