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Esto es la historia de un viaje nacido para ser libro. Un periplo de calamidades, un largo recorrido cuyo norte fue el último disparo de cada carrete y equilibrios infinitos sin mirar por el visor. Odisea en blanco y negro de lograr la indiferencia que solo pueden ver los que se hacen invisibles. Y al regreso, cambiar la historia de la fotografía como se da la vuelta a un calcetín.
Por primera vez en España se muestran las 83 fotografías seleccionadas por Robert Frank para Los americanos, el libro más influyente en la historia del octavo arte. En el marco de la 29ª edición de PHotoESPAÑA, la exposición, gratuita, puede verse en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid hasta el 1 de noviembre.
Procedentes de la Maison Européenne de la Photographie de París, junto a ellas se muestran hojas de contacto que permiten vislumbrar el proceso creativo del fotógrafo, primeras ediciones del mítico volumen y una película en la que el autor medita sobre su vida y su trabajo.

Trolley - New Orleans, 1955.ROBERT FRANK FOUNDATION
Situaciones imprevistas, escenas no buscadas, instantes nunca premeditados. Momentos cuya cotidianeidad los convierte en excepcionales, retazos íntimos de la vida misma que hasta entonces, hace ya 70 años, nadie había contado esto. Imágenes que proponen un intenso tránsito que, de sobresalto en sobresalto, dejan el poso de mil preguntas y un petate cargado de certezas.
Robert Frank (Zúrich, 1924) nació en una familia judía alemana de posibles, instalada en Suiza tras la I Guerra Mundial. En el país helvético estudió fotografía hasta que, con 23 años, emigró a Nueva York en busca del sueño americano. Allí malvivió como fotógrafo independiente, cansado de depender del capricho de sus editores. La influencia de Walker Evans fue decisiva. Gracias al gran fotógrafo, ya casado y con dos hijos, consiguió una beca de la Fundación Guggenheim en 1955, que le permitió dar el salto a sus sueños.
Con el plan indeterminado de retratar Norteamérica, durante dos años se embarcó en un viaje de más de 16.000 kilómetros, a bordo de un destartalado coche de segunda mano por 48 estados. Con mínimas escapadas a Nueva York y cortos trechos en compañía de su mujer y sus hijos, hizo la mayor parte de aquel periplo solo; excepto la compañía que le dieron quienes se encontró en el camino y retrató más de 28.000 veces.

Political Rally - Chicago, 1956.ROBERT FRANK FOUNDATION
Negros apesadumbrados en un funeral en Carolina del Sur. La cadena de montaje de la Ford Factory en Michigan. Una mujer negra en Charleston con un niño blanco en brazos. Un limpiabotas negro que lustra los zapatos de un blanco en un urinario, ante la indiferencia de los que miccionan a su lado. Gente en un tranvía de Nueva Orleans. Caras en apariencia indiferentes, pero que con solo mirarlas nos cuentan cómo es (fue) su vida. Que hoy se les ha hecho tarde, que mañana, por fin domingo, irán a escuchar blues en Beale Street, corazón de Memphis. Vuelo a ras de tierra de los rincones que no salían en las fotografías, las imágenes de Robert Frank airean infortunios y penurias, desigualdades y contradicciones, la cara amarga escondida bajo la alfombra del American way of life.
No solo son los personajes y situaciones, también la manera con que los fotografió. Frank utilizaba una Leica, cámara silenciosa y manejable donde las haya, y un gran angular. Esto le permitía acercarse y pasar inadvertido. El resultado, audaces picados, desenfoques tremendos, fotos con mucho grano. Trabajo de escasa calidad formal y alejado del encorsetado romanticismo tradicional, pero directo y honesto, con idéntico lustre que lo que fotografió.
A su regreso, escandalizados ante aquel trabajo rompedor, los de la Guggenheim rechazaron publicarlo. Frank no lo pudo hacer hasta 1958 en Francia. La crítica le masacró. "Son las imágenes de alguien que odia al país que le adoptó", puede leerse en la prensa de entonces. Hoy el libro que recoge aquel trabajo es reconocido como el más influyente de la fotografía.

City Fathers - Hoboken, New Jersey, 1955.ROBERT FRANK FOUNDATION
Miradas de tristeza y esperanza. Retratos que rehúyen la indiferencia. Imágenes en blanco y negro que captan el color violento, melancólico y dulce que nos mueve. Si hoy se mira cualquier telediario, debe convenirse que muestra lo mismo que Robert Frank en sus fotos. Los polis siguen igual de fieros, tan pasados de peso, los ángeles del infierno montan la misma moto, los parques públicos son el refugio donde sueñan los desheredados y Spotify y YouTube Music han suplantado a los viejos jukebox, las máquinas de discos que hace siete décadas difuminaban tristezas en los garitos americanos.
El espíritu inconformista y rebelde de Frank le hizo encajar como un guante entre los de la generación beat. Amigo de Allen Ginsberg y Jack Kerouac, este cayó rendido ante su trabajo, hasta el punto de escribir el prólogo de la edición estadounidense de Los americanos. "Con la agilidad, el misterio, el genio, la tristeza y el extraño secreto de una sombra, ha fotografiado escenas que nunca antes habían sido vistas. Después de ver estas imágenes, terminas por no saber si un jukebox es más triste que un ataúd", reconoce en el mismo.
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