Quizá nunca fuimos tan especiales, no había nada más, solo la excitación provocada por escuchar en el momento justo la frase oportuna en aquellas ruedas de prensa

Jose Mourninho, en el viejo Bernabéu, en 2013
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La vuelta de Mourinho ha convocado los fantasmas. Veo las versiones de mí mismo que no llegaron a arrancar por las decisiones tomadas en los dieciséis años que han pasado desde la primera vez. Ahora estoy aquí, justo en esta frase, haciéndole así con la mano al chaval de 2010. Miguel, el peluquero de Zurbano, me zarandea: «Solo es un entrenador». O un artefacto, o yo qué sé, porque desde el comunicado oficial de su vuelta todo es un poco raro. La aparición del entrenador que mejor entendió, entre otras luchas, la aplicación del señorío -hasta su llegada era un coladero de antimadridistas- pone a prueba unas cuantas cosas. Primero: consumar los deseos más oscuros no es tan satisfactorio. Ya ha vuelto el hombre que nos radicalizó, que nos dio un motivo, que puso a prueba la hegemonía de Guardiola, y no siento nada, en el fondo, después de haber pasado mucho tiempo rumiando su resurrección. Solo puedo pensar en alguna de esas jornadas de liga traicioneras que emboscan una derrota chustera. Será por noviembre. Sufriremos, entonces, el vértigo existencial de ver arruinada la idealización del pasado y llegarán las preguntas. Quizá nunca fuimos tan especiales, no había nada más, solo la excitación provocada por escuchar en el momento justo la frase oportuna en aquellas ruedas de prensa. ¿Solo fuimos una rueda de prensa interminable?
Mourinho, ese muñidor de mi adolescencia, también tiene en su mano comprobar la letalidad de la nostalgia. Es un veneno, tan dulce como el vapor de menta, que inhabilita. Una polución, otro encantamiento, el estreñimiento de la vida. Ir a buscar ayuda al pasado parece una idea tan sospechosa como bonita. Recordaré siempre dónde vi el gol de Cristiano Ronaldo en la final de la copa del Rey. Era Semana Santa. Había todavía un poco de inercia, cabía la posibilidad de acertar. Ahora el Madrid no tiene un rematador que vaya tan bien de cabeza y puede que nos hayamos equivocado en casi todas las decisiones.
Y lo peor lo sufrirá Mourinho. Va a hacer lo más arriesgado: poner a prueba su leyenda. Que al menos sea divertido.



























