Cuando llegué a Madrid y mi vida era pequeña (de casa a clase, de clase a casa y los viernes al cine) me encontraba con gente. Ahora, que llevo casi 30 años en Madrid, paso el fin de semana por ahí y no veo a nadie.

Los pies descalzos de un nazareno pisan el adoquinado de la calle.
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Desde que salí del trabajo el viernes hasta que me metí en la cama el domingo, di 46.380 pasos, según el podómetro del móvil. Tomé dos autobuses, cinco metros y un taxi, estuve en el aeropuerto y en el Ikea de San Sebastián de los Reyes y, si me hicieran un mapa como los de los situacionistas, con flechitas que indicaran mis desplazamientos, el resultado sería incomprensible. No consigo que mi vida tenga un centro físico. ¿Con cuánta gente pude cruzarme en ese deambular? ¿Pongamos que una persona cada dos pasos? Hay tanta gente en todas partes.
Sin embargo, no me encontré con nadie conocido hasta el domingo noche, en el aeropuerto. Es raro, ¿no? Cuando llegué a Madrid y mi vida era pequeña (de casa a clase, de clase a casa y los viernes al cine) salía por ahí y me encontraba con gente. El grupo de Amaya y Elena, los amigos de Julio de la Carlos III... Ahora, que llevo casi 30 años en Madrid, tengo un trabajo que consiste en ver gente, me paso el fin de semana en la calle y no veo a nadie. Casi mejor así, si tengo más fobias que filias.
A veces me quedo con caras, eso sí. El sábado por la mañana, en la línea dos, una chica iba vestida de gala (ni bien ni mal, diría) con sus padres, supongo que camino de su gala de graduación. Estaba nerviosa, con ese tipo de mal humor adolescente que va contra todo y contra nada. Su madre consiguió calmarla y hacerle sonreír. El viernes por la noche, en el autobús, un chaval obeso se quedó dormido y roncó ruidosamente. Los otros viajeros sonreíamos. Al llegar al final del trayecto, ya desde la calle, oí que el conductor le daba un grito: «Viaje terminado, salgan por favor», y el chico despertó y se disculpó con la entonación más dulce que se pueda imaginar. El domingo, por último, compartí vagón con una veinteañera convencionalmente guapa, guapa a esa manera dubaití que incluye todos los complementos: la melena lacia, las pestañas larguísimas, los labios como bóvedas románicas, la embriaguez de los cosméticos... Sus pies, en cambio, calzaban unas sandalias viejas y estaban ajados. Yo creo que la chica se dio cuenta de que se me iban los ojos a sus pies, pero juro que no fue por lascivia, sino porque no sabía cómo interpretarlos.
«Ojalá acordarse de todas las caras de la gente guapa que uno ve en el metro», era una broma que tenía con una amiga ya perdida. Yo decía eso y ella contestaba: «Y de algunos pies» y, entonces nos acordábamos de una viajera que vimos una vez. Tenía unos espantosos pies enchancletados y sus uñas parecían garras. Al cabo de un rato, le dije a mi amiga: «Se me ha quedado mal cuerpo, no sé por qué». Y ella me contestó que debió de ser por los pies aquellos tan feos.
Perdonad que divague así, de nuevo. Es que fue un fin de semana un poco solitario.





















