
La artista sevillana Carmen Laffón, en 2014, ante algunas de sus obras.EFE
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Carmen Laffón pintó fuera de sitio durante años. Ajena a cualquier verbena del arte. Nació en Sevilla en 1934 y murió en Sanlúcar de Barrameda en 2021. Le bastó con ese territorio para levantar un espacio propio, una exploración de lo inmediato, pues para encontrar la senda basta con saber dónde se busca. Fue una pintora adscrita al realismo, pero precisamente de ese lugar de lo real donde el misterio se multiplica, donde insistir es ensanchar mientras trabajaba en series de cuadros alrededor del mismo tema, como quien busca en círculos el centro de las cosas.
Ante algunas de las piezas de Carmen Laffón el mundo es otro. Igual por el retrato de una muñeca en una cuna que la representación de una pequeño armario suspendido en la pared con un sobre de carta dentro o esas salinas de Bonanza que son exactamente la extremaunción de lo real en favor de algo tan elemental y sencillo como lo invisible de la luz y de la sal y de la tierra y del humedal, todo junto, hasta dar de sí lo imprevisto. Una artista así es un asombro tras otro. La delicadeza y lo inquietante suavizado hasta hacerlo poema de claridad, extrañeza de la veladura. Su pintura es primitiva y sofisticada y parece que guarda algún secreto, algo oculto.
Su realismo no es el de la evidencia, sino el de la sugerencia. Sin haber estado en el lugar de su pintura, yo he vivido en las azoteas y en las terrazas y en el campo de Carmen Laffón. Será porque vivir el asfalto acumula más ilusiones perdidas. ¿Quién no recuerda esas viñas que brillaban en el jardín y que yo no he visto nunca? ¿Quién no recuerda? Sólo siendo un gran creador se puede llevar a alguien, con un puñado de cuadros, a experimentar el gozo de vivir lo que quizá no se ha vivido.
De entre las muchas artistas que están en ese lugar intermedio de estar y no estar reconocidas como merecen en la historia reciente del arte, Carmen Laffón es de las que expanden en su obra una música de más lejos, un tiempo fuera del tiempo, un reposo apabullante, la sabiduría delicada de pintar conmocionando suavemente al que mira. Esa pincelada de nubes bajas y veladuras y vahos y velos desemboca al final de su vida en una conquistada abstracción. No porque la edad encripte su mirada, sino porque la libertad de mirar se hace sitio con las manos como algunas las revelaciones, como sucede cuando no se teme a la nada ni al silencio. Y sucede así el prodigio de lograr que una mancha de color sea eso mismo que debe ser. La serie El coto desde Sanlúcar es ya el prodigio. El Museo Thysen-Bornemisza inaugura la semana próxima la exposición: Variaciones.




















