El socialismo de Sánchez combina la corrupción italiana, el vaciado ideológico francés y la dependencia nacionalista a la griega no

Pedro Sánchez, tras la intervención del Papa en el Congreso.AP
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En los últimos años, varias formaciones socialistas europeas se han extinguido víctimas de diferentes males. El socialismo italiano derivó en un aparato clientelar atravesado por la corrupción. El francés dejó de representar a grupos sociales definidos y sustituyó la tradición socialdemócrata por una tecnocracia errática. El Pasok fue víctima de pactos y renuncias que erosionaron la confianza de su electorado (con un liderazgo con sustancia: Yorgos Papandreu, un economista de las grandes ligas; compare el lector con Sánchez).
Alemania tenía otra cadencia. El SPD sobrevivió gracias a singulares inercias institucionales: concertación social, cultura de pactos e integración en el Estado de la posguerra. Y la Guerra Fría: con la RDA al otro lado del muro, el SPD era un activo estratégico demasiado valioso para dejarlo caer. Aun así, la tendencia resulta inequívoca: del 40% de los votos en los años 70 al 16% actual.
España parecía la excepción. Hasta ahora. Porque con Sánchez se han reunido todos los males. La acumulación de escándalos recuerda a la descomposición italiana de los 90: no defiende un proyecto colectivo, sino la supervivencia de sus empleados. A la vez, el vaciamiento ideológico resulta torrencial. La deriva posmoderna y la adopción de una agenda identitaria constituyen el único ideario -si hay alguno- reconocible. Funciona sobre todo como una estructura de gestión del poder adornada con el vocabulario del progresismo de la penúltima temporada.
Y lo peor, su particular variante del mal griego, su differentia specifica, que dirían los escolásticos: la dependencia de los nacionalismos, el suero que ha mantenido con vida al enfermo. Eso sí, un suero tóxico: la iatrogenia política en estado puro. Porque esa dependencia ataca al ADN del socialismo.
Mientras la socialdemocracia nació ligada a proyectos igualitarios y universalistas, el PSOE gobierna al precio de la fragmentación territorial. Para sobrevivir, debe abandonar cualquier ideal de ciudadanos libres, iguales y fraternos. No es una broma. La igualdad entre pueblos y la igualdad entre ciudadanos son, estrictamente, incompatibles. Apostar por la primera implica negar la segunda.
La combinación supone un caso único de comorbilidad: corrupción italiana, vaciado ideológico francés y alianzas destructivas a la griega.
De Rosita Alvírez se dice que «de tres tiros que le dieron, nomás uno le quitó la vida». El PSOE de Sánchez está peor: los tres son mortales. La corrupción italiana, el vaciado ideológico francés y la dependencia nacionalista a la griega no se compensan ni se jerarquizan. Se amplifican.
Y lo peor no será la desaparición del PSOE, sino que su particular agonía lleva camino de minar cualquier proyecto de izquierda en España. Si queda España.






















