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El porqué del mal vestir de los españoles
Foto: Sergio Enriquez-Nistal · 2026-06-13 · via Columnistas
El porqué del mal vestir de los españoles

Actualizado

Uno de los mensajes más esperanzadores que ha dejado la visita del Papa es que todavía hay españoles que saben vestirse de manera acorde al momento y a su edad. La mayoría de los ciudadanos escogidos para relacionarse con León XIV en algunos de sus muchos actos públicos se ajustaron a aquello que nuestros abuelos nos transmitieron en el siglo XX: hay que vestirse y comportarse como corresponde en cada ocasión. Entender que la ropa no es solo una expresión de individualidad, sino también la aceptación de unos códigos compartidos y una muestra de respeto al espacio común, para evitar, por ejemplo, que la persona que se siente a tu lado en el cine o la ópera tenga que deleitarse con tus simpáticos callos.

La realidad es que la degradación de las formas y el horror estético, especialmente alarmante entre los hombres en verano, se han impuesto en las calles españolas, donde cada vez es más difícil distinguir si una persona se pasea en pijama, viene del gimnasio, del vestuario del Barça, de la casita de Bad Bunny, de hacer de stripper, de una reunión en la UGT o de un chiringuito playero. Una sociedad en la que los adultos visten como niños y los niños como adultos, bajo la infantil máxima de sentirse cómodos, despreciando el consejo de Oscar Wilde: «Sólo las personas superficiales creen que las apariencias no importan».

No se trata de lamentar la casi desaparición de la camisa frente a la camiseta, ni la muerte de la americana y la imposición de las suelas blancas sobre los zapatos. La vestimenta ha evolucionado a lo largo de los siglos, pero el problema de hoy es que se impone un mensaje de dejadez, de perezosa comodidad y de un individualismo mundano, sindicalista, propio de quien no entiende que forma parte de una comunidad regida por códigos compartidos y de que la estética es siempre una ética.

La relajación en el vestir, la uniformización cutre y hortera que algunos presentan como una democratización social al acabar con la vestimenta como símbolo de estatus -cuando nunca comprar una blusa blanca fue más barato-, está íntimamente relacionada con la degradación general de las formas sociales: la manera de expresarse y hablar, la higiene, el trato a las personas, la urbanidad. Aunque para Baudelaire la elegancia era una obligación moral y no económica, al final se impuso la idea contraria.

De esta forma, si la elección de una prenda no es un acto neutro, como sostenía Pierre Bourdieu, España decidió retozar en un chiringuito de mal gusto, fealdad y vagancia, frente al cual solo queda una revolución pendiente y posible: el dandismo.