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Rebeca Yanke · 2026-06-18 · via Columnistas

En ningún otro lugar como en los transportes se atisba el elitismo, los privilegios y a los que se creen mucho sin ser siquiera poco

Un pasajero camina por el interior de un vagón de tren en la estación de Cáceres.

Un pasajero camina por el interior de un vagón de tren en la estación de Cáceres.

Actualizado

ACABO DE VOLVER de un viaje en tren desde Santander y, en realidad, tuvimos que viajar en bus desde la capital cántabra hasta Valladolid, donde pudimos ferroviar de nuevo en un AVE que nos trajo a Madrid. Me pareció asombroso que sólo hubiera un tren diario entre Cantabria y la capital de España -mucho más que salga a las 14 horas- así que imagínense la cara que se me quedó cuando me enteré de que ya ni comprando un billete de tren se consigue ir en tren.

Ufana como corresponde estar un sábado por la mañana llegué a la estación de Torrelavega con tiempo de sobra para tomarme algo, comprar agua, ir al baño... Todas esas cosas que hacemos los humanos en las horas previas a un viaje. Si es que tenemos suerte de tener ese tiempo y no tenemos que ir corriendo. Allí no había nada, pero cuando digo nada es nada, además de los andenes y un baño del que evitaré escribir porque quizá usted decida no seguir leyendo. Por no haber, no había ni esas máquinas que escupen botellas de agua a precio de oro. De modo que me tragué casi cinco horas de viaje sin un mísero trago de agua y, cuando llegamos a Valladolid, escuché: «El tren sale en cinco minutos del andén 2, pero no se preocupen, que les espera a todos».

Faltaría plus, pensé para mis adentros, pero me callé porque tenía la boca como una zapatilla y sólo pensaba en que, al menos, en los trenes hay servicio de cafetería y hasta una señora, o señor, que camina los pasillos de los vagones con un carrito de bebidas y viandas que cuestan un absoluto quintal. Compré agua, compré hielo, compré vaso de plástico, compré la esperanza de llegar a casa antes de deshidratarme por completo. Y ya ni siquiera sé si prefiero viajar en tren -como pensaba- o si prefiero el bus -me duermo con facilidad- o si lo mío este verano va a ser el avión.

Creo que no. Porque no hay nada en este momento que me genere más sopor que un aeropuerto, con todas esas tiendas, perfumes, restaurantes, toda esa cantidad de compras potenciales, supuestos lujos y democráticas maravillas. Como si todos fuéramos iguales porque iguales son los no lugares. En ningún otro lugar como en los transportes se atisba el elitismo, los privilegios, los que se creen mucho sin ser siquiera poco, los tímidos, los solos, los necesitados, los parlanchines y los que viajan porque la vida ha decidido tocar un poco las narices con algún desastre a destiempo, y no porque quiera uno emplear su tiempo en desplazarse para, quien sabe, vivir un tórrido amor, también a destiempo.