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No hay poder más injusto que la belleza
SERGIO ENRÍQUEZ-NISTAL · 2026-06-08 · via Columnistas

Hasta los imparciales jueces imponen condenas mucho más benevolentes a los guapos y son más duros contra los feos, o sea 'lawfare' contra los orcos

María León y Ester Expósito en la casita del concierto de Bad Bunny.

María León y Ester Expósito en la casita del concierto de Bad Bunny.

Actualizado

Esa gente que sigue empeñada en convertirle en mejor persona -ya sabe usted quiénes son- decidió la semana pasada dirigir su furia inquisitorial contra la famosa casita que Bad Bunny ha puesto estos días en el escenario del Metropolitano.

Es una reproducción de una vivienda boricua con su terraza, un zaguán donde la gente janguea, apropiación caribeña del inglés hang out. Durante el espectáculo, los palanganeros del cantante seleccionan a mujeres normativas (los antiguos poetas dirían beldades, y en la lengua vernácula de los vestuarios masculinos, se dice tías buenas), para alegrar la terraza. Esto ha decepcionado a quienes quisieron ver en Benito a un redentor feminista del reguetón. Esperaban de él que incluyera a las mujeres que no salen en los videos musicales del género: ancianas, paticortas, culocarpetas, obesas y/o narigudas. Pero es no comprender el reguetón, ritmo que nació en el Caribe para inducir la excitación sexual por el atajo más inmediato, que es poniendo ante el ojo del hombre volquetes de tías buenas perreando.

Pretender que Bad Bunny haga una representación real de la mujer que no deje a ninguna fuera y sobre todo que no discrimine en función de su belleza física es cargarle con la roca de Sísifo. Ya nos lo ha demostrado la ciencia: estamos programados para admirar y desear la belleza, los cuerpos jóvenes, lozanos, voluptuosos, simétricos y armónicos. Lo sabía ya Fidias, y después de él Botticelli y siglos más tarde los inventores del cine, que no se hacían líos con la belleza. Para ver a gente fea tenemos el metro los miércoles por la mañana, el espejo de nuestro cuarto de baño y la foto del pasaporte.

Nacer fea o feo es una terrible injusticia de la vida. Los feos (sin dinero) y las feas no son llamados ni a la casita de Bad Bunny, ni al reservado de abajo donde se puede fumar y hacer maldades, ni al cumpleaños de la niña más guapa del curso, ni al palco VIP, ni en general a nada que mole o haga molar. Un experimento comprobó que hasta los imparciales jueces imponen condenas mucho más benevolentes a los guapos y son más duros contra los feos, o sea lawfare contra los orcos. También se ha comprobado que las mujeres gordas cobran menos que las delgadas en las empresas: no hay mayor discriminación que contra una mujer obesa.

La belleza es una forma injusta de poder, el que la posee no solo entra en la casita de Bad Bunny, sino que hasta puede gobernar. Si a PS le hubiera tocado ser feo en vez de guapo, se había tenido que conformar con ser un Cerdán o un Ábalos. Pero caer en el papanatismo de la inclusividad para tratar de corregir esta injusticia contra la gente fea solo conduce al amargo resentimiento.

Los feos hemos de esforzarnos en desarrollar cualidades para compensar la ausencia de belleza, aprender a bailar, a escribir, a meter goles, a hacer reír en una sobremesa, a tocar el violín o a montar una empresa. Sin gente fea el mundo no avanzaría. El propio Bad Bunny, que no es precisamente Antínoo, lo comprendió muy pronto, y por eso tiene una casita en que las mujeres normativas se matan por entrar.