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Sociedad

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Tiene la cara de un bebé, duerme como un bebé, respira como un bebé... pero no es un bebé: dentro del inquietante mundo de la falsa maternidad
Raquel R. IncertisTexto Reda B. SlaftiVídeo Alberto Di LolliFoto · 2026-02-25 · via Sociedad

En un estante del salón, junto a una lámpara y un par de marcos con fotos familiares, duerme un recién nacido. O eso parece. Lleva un pijama de algodón, tiene los puñitos apretados y la piel sonrosada. Respira. O eso parece. No llorará de madrugada, ni enfermará, ni crecerá con los años, pero su madre le cambia la ropa, le mulle la cuna y le dedica vídeos diarios en redes sociales.

No es un bebé real. Es un muñeco reborn.

Mientras Europa encadena titulares sobre el desplome de la natalidad, en Instagram, TikTok y YouTube proliferan los contenidos protagonizados por estas muñecas hiperrealistas, una versión 3.0 del Nenuco o el Baby Born pensada ya no para niños, sino para adultos. Algunos llegan en cajas, envueltos en gasas, con certificado de nacimiento y nombre asignado. O incluso dentro de una esfera con falso líquido amniótico, como un globo de agua con una figura de goma en su interior. Son los llamados bebés burbuja, perfectos para simular un parto en casa como si fuera un experimento del Quimicefa.

La paternidad y la maternidad se han convertido en una experiencia simbólica, consumible y, sobre todo, compartible.

Para Beatriz González, neuropsicóloga y directora de Somos Psicología y Formación, detrás de este bum puede haber diferentes razones, «como la necesidad de generar vínculos de apego o de experimentar amor sin el riesgo de pérdida de la persona amada». Y continúa enumerando: «También la carencia derivada de no poder ser madre o padre, cuyo deseo no cumplido puede llegar, en algunos casos, a generar una disociación o una falsa creencia de que ese bebé es su hijo o hija. Incluso la necesidad de ocultar o aliviar la sensación de soledad o de insatisfacción vital, disminuyéndola o haciéndola desaparecer a través del cuidado de otro, el sentirse útil o válido para una tarea sin mayor riesgo».

El auge de los bebés reborn: la nueva ‘pseudomaternidad’ que divide a las redesReda Slafti

Los datos ayudan a entender el contexto. Vivimos una crisis demográfica sin precedentes; la mayoría de los países europeos llevan años con su tasa de natalidad en números rojos. En 2024, se registraron en España poco más de 318.000 nacimientos, según el INE. Si bien a finales de 2025 se detectó un ligero repunte, ahora mismo nacen 47.550 niños menos que antes de la pandemia.

Y es que la tasa de fecundidad ronda el 1,16 hijos por mujer, muy lejos del nivel de reemplazo generacional. La edad media para tener el primer hijo supera ya los 32 años y los problemas de fertilidad afectan a una de cada seis parejas. Tener hijos es cada vez más caro, más tardío y más incierto. Tener un bebé reborn sólo es caro.

El precio de una muñeca hiperrealista en una tienda especializada va desde los 200 euros hasta superar los 6.000, en función de la complejidad del encargo y de si están hechas con vinilo o con moldes de silicona. El catálogo permite elegir entre bebés prematuros, recién nacidos o de dos o tres meses. Se trata de auténticas obras de artesanía cuyo nivel de detalles resulta pasmoso: desde los injertos capilares, pelo a pelo, hasta las venas o el brillo de las uñas. La ropa y los accesorios, con precios también elevados, no tienen nada que envidiar a los de los bebés reales. Es una moda que no está al alcance de cualquiera, pero cuya versión low cost ha llegado hasta Amazon o AliExpress.

María del Valle Escudero es presidenta de la Asociación Reborn España y una de las artistas de reborn más veteranas en nuestro país. Empezó en 2004, cuando nadie hablaba de ello aún, y desde hace 10 años regenta su negocio Angelitos Dulces en Madrid: «Un día me encontré una foto de un muñeco hiperrealista en eBay y me quedé muy impactada, porque parecía que estaban vendiendo a un bebé de verdad. Después investigué y vi que aquí no había nada parecido todavía, así que me interesé en la técnica y empecé haciéndolo en mi casa».

Relata los primeros pasos, casi en la clandestinidad: «Era bastante incómodo porque, cuando me contactaban, tenían que venir a casa para que les enseñara algunos modelos o citarnos en una cafetería. Pero claro, quedaba raro que sacara un bebé de una bolsa en medio de un sitio público». Ahora, sus reborn son tan famosos que algunos directores de cine le han encargado varias muñecas para sus películas.

Cuenta Del Valle que el 99% de sus clientas son mujeres, aunque también hay hombres que se animan a hacer encargos para sus esposas, hermanas, hijas o nietas. A su taller acuden, sobre todo, personas con alto poder adquisitivo: «Doy todo tipo de facilidades para que puedan costearlo, pero es verdad que es un producto de alto valor por el trabajo que conlleva. Últimamente me hacen muchos encargos para niñas a las que les hace ilusión para su Comunión o como regalo de Navidad, y cuyas familias se lo pueden permitir».

Una de esas clientas es Nicole Gómez. Presume de ser la mayor coleccionista de muñecas hiperrealistas de Europa. En su casa aloja, mima y cuida de más de 600 bebés, aunque no son los únicos que han pasado por su regazo: ella misma es, a sus 54 años, madre de cinco hijos biológicos y uno adoptado, y abuela de ocho nietos. «Empecé a coleccionarlos de joven, porque de niña quería tener muchos muñecos pero éramos familia numerosa y había muchos gastos. Así que ahora estoy cumpliendo mi sueño», ríe. Una de las habitaciones de su piso en Madrid está repleta de estanterías y cajones-cuna donde los guarda, junto a juguetes y complementos. También hay una docena colgados de las paredes. En su casa del pueblo le esperan otras cuatro habitaciones más.

Nicole, claro está, no recuerda los nombres de todos, aunque sí de la mayoría. Varios reborn son el mismo, pero con diferentes edades, tamaño y peso, para simular el crecimiento del hipotético bebé. Tampoco sabe calcular cuánto dinero ha invertido en esta afición, pero la cifra es millonaria: «Me cuesta hablar de dinero porque hay gente a la que le parece una locura, pero los he ido pagando poco a poco». E insiste en que la suya es una colección como cualquier otra: «Es como el que compra muchos bolsos, zapatos o perfumes. Cada uno que haga lo que quiera con su vida mientras no haga daño a nadie».

El fenómeno de la fake parenthood o pseudomaternidad no es reciente; lo que ha cambiado es su alcance. Para entender los orígenes de los reborn hay que remontarse a la Alemania de la II Guerra Mundial, cuando las madres empezaron a retocar las muñecas de sus hijos para darles un aspecto nuevo, ya que no tenían recursos para comprar otras. Después se extendió a Estados Unidos en los 90. Desde allí llegaron a Europa en los 2000 y a China en esta última década, dando lugar a una pequeña y desconocida industria.

Durante años, los reborn ocuparon un nicho discreto: coleccionistas, artistas, personas mayores o usos terapéuticos muy concretos. La primera vez que posaron en el escaparate mediático en España fue, de hecho, en un reality show. Era 2015 y Marina, una concursante de Gran Hermano, entraba con su hijo recién nacido al programa porque decía no poder despegarse de él. Semanas después, se descubría el secreto del montaje: Juanito no era sino un muñeco hiperrealista que dejó perplejos al resto de inquilinos de la casa.

Hoy en día, existen todo tipo de cuentas en redes sociales dedicadas exclusivamente a mostrar rutinas de crianza ficticia en directo o en diferido: compras en tiendas de bebés, paseos en carrito, noches difíciles o cambios de ropa. Es el caso de Mandarina Reborn, un canal de YouTube y cuenta de TikTok inaugurados el día de Reyes. Tras ambos perfiles se encuentra Cristina, española de 34 años residente en Dinamarca, con pareja estable y sin hijos. Tampoco con intención de tenerlos: «Nunca he querido afrontar la gran responsabilidad que conlleva criar un hijo, entre otros muchos motivos porque jamás he sentido ese instinto maternal que lleva a muchas mujeres a tenerlos. Es una decisión que tomé hace muchísimo tiempo», afirma.

Cristina recuerda que llegó al mundo de los reborn casi por casualidad, mientras ayudaba a una amiga a buscar muñecas para ella: «Entonces vi a una bebé que me enamoró y me la compré». A día de hoy tiene dos, Mandarina y Carquinyoli, a quienes atavía con diademas rosas con lazos y patucos de Minnie Mouse en sus vlogs diarios: «Las personas de mi entorno nunca me han juzgado. Lo que más me sorprende de los comentarios de gente desconocida es que rápidamente me aconsejan que tenga hijos o adopte a un niño. Me sorprende porque no saben quién soy, si soy responsable o si tengo los medios suficientes para mantenerlo».

Con miles de seguidores en TikTok, Nicole comparte sus rutinas y sus nuevas adquisiciones. Las suyas y aquellas con las que obsequia a sus hijos, nietos y a una veintena de amigas que, como Cristina, se han enganchado hace poco a este mundillo. Explica también que algunas personas la contactan a través de las redes sociales para «amadrinarlos» y, cada cierto tiempo, viajan para ver a sus ahijados desde Córdoba o Barcelona: «Una vez incluso hicimos un bautizo aquí en casa, fue muy divertido».

La llegada de la inteligencia artificial ha llevado el asunto un paso más allá. Los muñecos animatrónicos incorporan sistemas tecnológicos que simulan respiración, latidos, risas, llanto o microespasmos. Empresas online como Babyclon o talleres como Reborn Galbarro, en el corazón de Sevilla, los ofertan a una media de 5.000 euros. Se diseñan a partir de fotografías para crear un bebé a la carta, con facciones y expresiones concretas, color de ojos y tono de piel. Es una pseudomaternidad sin azar, sin espera, sin biología. Para muchos, es aquí donde aparece una línea incómoda: la de la eugenesia digital aplicada al afecto, aunque se disfrace de entretenimiento o de consuelo emocional.

"Nunca he querido afrontar la gran responsabilidad que conlleva criar un hijo de verdad"

«No siempre suplen carencias o necesidades de cariño, vinculación o apego; pueden servir para autorregularse emocionalmente, como lo hacíamos cuando usábamos el chupete de pequeños. También puede emplearse como un objeto simbólico que ayuda a transitar en situaciones complejas», explica Patricia Lodeiro, psicóloga clínica y fundadora de CAIP Psicología. «Este hecho no tiene que ser, por sí mismo, patológico: la patología empezaría a aparecer si ese soporte dejara de ser algo temporal».

«Les dedico todo el tiempo que puedo al día», asegura Nicole, que acaba de acostarlos cuando hablamos por teléfono. Algunos de sus reborn, como Scarlett y Daenerys, incorporan sistemas de IA y se comportan prácticamente igual que un ser humano, con todo lo que ello implica. Les cambia el pañal cuando hacen sus necesidades, los baña cuando se ensucian, les arrulla cuando gimotean y les amamanta con leche falsa cuando tienen hambre. Y, si tiene que salir de viaje, le encomienda sus cuidados a una canguro de confianza.

En redes sociales, los discursos son variados. Hay quien habla abiertamente de duelo perinatal, de infertilidad o de pérdidas no superadas. Otras creadoras lo presentan como una forma de compañía cotidiana, una rutina que ayuda a estructurar el día. También están quienes lo viven como puro hobby. El problema, apuntan los especialistas, no es el objeto, sino el uso: cuando la simulación sustituye al vínculo real en lugar de acompañarlo.

Lodeiro insiste en que se debe considerar el efecto que el reborn está teniendo en la vida de la persona «para poder diferenciar entre un uso simbólico y un uso evitativo, donde el bebé sirve como una huida frente al vacío, la ansiedad o la soledad contemporánea», algo que podría llegar a generar una desconexión con la realidad. Equipara esta práctica con tener una mascota y tratarla como a una persona, algo mucho más normalizado y que «no está señalado como un síntoma de desvinculación social».

El auge de los bebés reborn conecta además con otro fenómeno en expansión: el de los kidults, adultos que consumen productos infantiles como refugio vital. Juguetes, puzles, peluches, consolas retro, figuras montables o de colección... En una realidad marcada por las expectativas y la exigencia continua, lo infantil ofrece algo muy concreto: ausencia de consecuencias. A nadie le despiden por cuidar mal a un muñeco. «Como sucede con las cibernovias o incluso con las muñecas hinchables, los reborn difuminan los límites entre juego y realidad, entre infancia y adultez. El ser humano necesita ordenar: la incertidumbre genera malestar y, como seres hedonistas, no la toleramos», sostiene Lodeiro. «Esta difuminación de los límites implica incomodidad porque no nos permite ordenar ni posicionarnos sobre lo correcto o incorrecto. De hecho, incentivamos otras formas de sustitución simbólica como el consumismo o la hiperproductividad, pero culturalmente cuesta entender este tipo de objetos como formas de superar duelos o crisis emocionales».

«Cuántas veces, cuando éramos adolescentes, ante una rabieta o un disgusto abrazábamos un cojín o un osito de peluche como si nos fuera la vida en ello. Pues con el reborn es lo mismo, algunas sienten consuelo al abrazarlo o acunarlo», dice Del Valle, que tiene dos hijos «ya creciditos» y reconoce haber tenido que hacer frente a comentarios misóginos por su trabajo: «Hay muchos hombres que se pasan años armando una maqueta de tren en una habitación e invitan a sus amigos a verla y a jugar con ella, y no se les cuestiona tanto».

A diferencia del movimiento tradwife, cuyos contenidos y hashtags idealizan la maternidad desde una estética conservadora y perfectamente coreografiada, la fake parenthood es más caótica y menos aspiracional. No hay casas de revista, sino salones normales, escenas en pijama y vídeos de «primeras noches sin dormir» grabados sin demasiada edición. No se vende una ideología, sino la sensación de acompañamiento. En muchos comentarios se repite la misma idea: «No me siento sola».

Ese sentimiento de comunidad no es menor: plataformas como TikTok e Instagram permiten compartir una experiencia íntima sin exponerse del todo. Cuidar un reborn no implica renunciar a la independencia, al trabajo ni a la vida social. La criatura se puede pausar, apagar o guardar en una caja. Y, cuando a tu alrededor oyes llorar o chillar sin parar a los hijos de otros, esa reversibilidad resulta tentadora.

«La gente que no me conoce de verdad y solo ve mi contenido en redes sociales cree que yo estoy 24/7 con mis bebés reborn en brazos. No piensan ni por un segundo en verlo como lo que es: una distracción, una afición con la que creo contenido y que me ayuda a mantener despierta a mi niña interior. Cuando termino de grabar, termino de jugar», dice Cristina. «Soy plenamente consciente de que no son bebés reales, no tengo ninguna obligación para con ellos. Si así fuera, no los tendría».

"Hay muchos hombres que se pasan años armando una maqueta de tren e invitan a sus amigos a jugar con ella, y no se les cuestiona tanto"

Las quedadas de mujeres para pasear o alimentar a sus reborn en ciudades como Alcalá de Henares, Málaga u Oviedo generan reacciones encontradas. En la Asociación Reborn España hay acreditadas medio centenar de socias. Cuenta Nicole que, en uno de sus paseos nocturnos con el carrito, una mujer mayor le increpó «porque era invierno, hacía frío y llevaba a dos criaturas por la calle con las piernas descubiertas».

Del Valle cuestiona la controversia que suscita cada titular sobre el tema y defiende a un colectivo estigmatizado por sus intereses: «No estamos locas ni hacemos daño a nadie. Tenemos que escuchar unas barbaridades increíbles en las redes sociales y en las ferias. Me han llegado a preguntar, delante de un expositor, que si eran bebés disecados o que si se los vendía a los pederastas».

Más allá del morbo, estos encuentros plantean una pregunta de fondo: ¿qué ocurre cuando el deseo de cuidar no encuentra un cauce viable en la realidad? ¿Qué dice de una sociedad que juega a ser madre o padre porque serlo de verdad se ha vuelto casi imposible? «Por un lado, claro que puede tratarse de una exploración inofensiva. En el caso de adolescentes, se puede utilizar para trabajar el rol de la responsabilidad y del cuidado, siendo conscientes de que se trata de una simulación que permite experimentar esa experiencia o responsabilidad», argumenta González. Sin embargo, señala la neuropsicóloga, el aumento de estas conductas también puede interpretarse como un reflejo de sociedades «cada vez más individualizadas, donde se establecen relaciones con sistemas artificiales y menos humanos, lo que genera dificultades para sostener vínculos complejos».

«Hay muchos prejuicios hacia el mundo reborn, la gente cree que quien los compra es porque no puede ser madre o porque ha sufrido alguna pérdida, pero esos son la minoría de una gran comunidad. La mayoría somos coleccionistas o nos gustan los juegos de rol», aclara Cristina. «Hay todo tipo de personas, desde chicas de 18 años hasta mujeres de la tercera edad. Muchas tienen hijos, otras no tienen hijos pero en un futuro prevén tenerlos, y hay otras mujeres como yo que no los queremos en absoluto».

La creadora de contenido asegura que hay personas que sufren de ansiedad, depresión o alzhéimer «a las cuales sus bebés reborn les ayudan muchísimo». También jóvenes diagnosticadas con autismo o algún tipo de discapacidad que encuentran estímulos sensoriales y consuelo emocional en estos muñecos hiperrealistas. «Tengo a una clienta de veintipico con parálisis cerebral que me visita siempre que viene a Madrid para las revisiones. No tiene pareja y sabe que no va a poder tener hijos, pero eso la anima», concuerda Del Valle.

«Si aparece gente haciendo como que están embarazadas del bebé o lo paren, es cuando se nos ridiculiza a las demás, que no tenemos ningún trastorno», añade Nicole. «No se dan cuenta del daño que pueden hacer con esa perversión, yo hago esto y lo comparto con todo el cariño del mundo».

Con todo, el algoritmo premia y amplifica lo emocional, lo raro, lo que provoca reacción. Un bebé falso genera más atención que un carrito vacío. Y la pseudomaternidad funciona bien porque mezcla ternura y polémica; es contenido perfecto para una economía de la atención que vive de extremos.

«Con la inteligencia artificial está habiendo muchos cambios en los reborn, muy rápidos, aunque todavía no del todo bien implementados. Es un arma de doble filo», opina la artesana. «Hace 20 años venía gente con fotos, pidiéndote un bebé idéntico a su hijo cuando era pequeño, cosa que no siempre es posible. Veremos qué pasa en el futuro».