





















Se conocieron en los albores de las redes sociales, quedaron enseguida y se hicieron muy amigas. Compartían dolores, alegrías, desgracias y romances. Cocinaban juntas los fines de semana, veían películas, iban a conciertos, compartían libros, se hacían regalos porque sí y no porque hubiera una razón que obligara a ello. Se habían conocido con veintitantos años y se acompañaron durante casi dos décadas: confianza extrema, conversaciones lacrimógenas al teléfono... Pero, cuando llegaban los 40, la relación -pandemia mediante- comenzó a deteriorarse a gran velocidad.
Una entró en una espiral de problemas familiares y personales que la hizo alejarse no ya de ella sino de todo y todos. La otra reclamaba su presencia de un modo tan exacerbado que sólo conseguía que la primera se alejara más. Y acabaron rompiendo su amistad de la peor manera: malos gestos, feas palabras -gritos y portazos de haberse dado todo esto en la vida analógica y no en la virtual-. Una vivencia que, en sus cuerpos y en sus mentes, tenía más parecido con un divorcio que con la ruptura de una amistad.
Históricamente, los estudios sobre la amistad, o sus grandes pensadores, desde Sócrates a Montaigne, se han centrado en la que se establece entre los hombres Sin embargo, los avances en igualdad y el auge y el desarrollo del feminismo de los últimos años han propiciado que se ponga la lupa sobre la amistad entre ellas y que proliferen las investigaciones sobre cómo se relacionan las féminas. Por ejemplo, un estudio de 2025 de la Universidad de California (UCLA) ha demostrado que «las mujeres que pasan mucho tiempo con sus amigas íntimas tienen menores niveles de cortisol, la hormona del estrés».
Históricamente, también, las mujeres han vivido las relaciones entre sus iguales «desde los márgenes y comerciando con la intimidad», dice el escritor Jacobo Bergareche que, junto al neurocientífico Mariano Sigman, publicaba recientemente el ensayo Amistad, un ensayo compartido (Ed. Debate). Recoge también una cita de Aristóteles -«toda amistad necesita una actividad para ser»- para explicar que «los hombres, con sus amigos, juegan al fútbol, comen chuletones, van a por setas o hablan de libros» mientras que las mujeres «comentan la vida» y, en especial, sus vivencias. Hasta las más secretas, incluso las que no les dicen a sus maridos. De ahí que cuando se quiebran se parezcan a las rupturas sentimentales, porque son muy pero que muy intensas.
Especialmente aquellas que se suelen tildar de «mejor amiga» (normalmente acompañada de una pléyade de amigas íntimas) y que, en inglés, se suele denominar «best friend forever» (BFF). Y ese forever, el para siempre, es la clave tanto de la amistad en sí misma como del cariz de su ruptura cuando sucede. Así lo explica una guionista española que prefiere no dar su nombre: «Cuando uno comienza una relación sentimental, sabe que puede terminar en algún momento, por diversas razones. Pero con una amiga no: una no empieza una amistad con una mujer pensando que en dos años puede terminar. Es más: si es una amistad potente piensas que será para siempre».
Pero, valga la redundancia, no siempre lo son. La escritora Nuria Labari lo ha vivido en carne propia y lo relata en un libro, La amiga que me dejó (Penguin), que sale a la venta este jueves. Para ella, la clave también está en ese para siempre o, dicho de otra manera, en lo fuerte, tenaz o resistente que tal relación amistosa se considere.
«A mí me ha costado un libro explicarme cómo mi férrea amistad con la que fue mi amiga se pudo romper», explica Labari. «Cómo pudo romperla ella y cómo yo no pude de ninguna manera recuperarla. La palabra férrea forma parte del problema. Quizá la amistad, como cualquier otro amor, sea lo contrario del dogma. Ese puede ser el primer paso tanto para un posible regreso como para comprender que ni siquiera la reconciliación ha de ser entendida como una obligación».
En su libro hay una desnudez hermosa y también un dolor no ya férreo sino envolvente por intenso y extenso. Esto es lo que pasa hasta que uno entiende -escribiendo un libro, en terapia, o contándolo a otra confidente- que, como en tantas esferas de la vida, sino todas, a veces llega el final. En este caso, no queda más remedio que aceptar el divorcio con nuestra mejor amiga.
Labari lo narra así: «No había ninguna guerra, y además estaba completamente sola. Más sola que en cualquier desencuentro amoroso, profesional o familiar que pudiera imaginar. Si hubiera sido una ruptura romántica, entonces sí (habría tenido derecho a horas de desahogo, incluso a monopolizar todas las conversaciones y cafés); si me hubieran echado del trabajo, entonces también; si me hubiera dejado de hablar un familiar, podría haber justificado un año de terapia. Pero cuando te deja una amiga solo existe un foso de silencio bajo los pies. No es una metáfora, es un desierto que se puede pisar. Y que hay que transitar descalza».
Cuando te deja una amiga... ¿la nada? Para la también escritora Leticia Sala, cuyo último libro se titula Los cines de Macy's (Reservoir Books), el asunto de los divorcios femeninos, además de un fenómeno poco tratado, es crucial, tanto que dedica varios textos al asunto en sus redes sociales. «En las relaciones heterosexuales, la amistad de la mujer con otra mujer viene a colmar la necesidad de intimidad, profundidad e intimidad que quizá no siempre ven resueltas con su pareja», señala. «Quizá tampoco hace falta que la pareja colme todas esas necesidades. Es más, la amistad también puede redefinir lo que una pareja nos puede dar o no», añade.

Sala alude también a cuestiones evolutivas y cita el célebre ensayo de Louann Brizendine, reeditado y ampliado en 2022, El cerebro femenino (Salamandra), para abordar las raíces de esa intimidad compartida entre féminas. «Hay una tendencia mayor a necesitarla, y a que haya en el afecto una continuidad», relata. «Esto es una generalización, claro, pero observo que sucede. Creo que por motivos evolutivos, las mujeres tienden más a construir relaciones de afecto con otras mujeres porque esas amistades les permiten sobrevivir, y este es un mensaje que no reciben los hombres».
¿Qué nos pasa, entonces, cuando esas amistades férreas, tan para siempre, intensas, importantes, se rompen? «Se siente una amenaza vital», apunta Sala, «porque si en la previa la sensación era que esa relación nos permitía sobrevivir, cuando desaparece, nuestra supervivencia se ve amenazada». A esta escritora esta conclusión le tranquiliza: «Me permite comprender por qué las rupturas amistosas nos hacen tanto daño. No es una exageración, tampoco es un problema a arreglar, en cierto modo es algo natural y hasta bonito».
Sólo que mientras se vive duele muchísimo. Labari lo escribe (describe) así: «Voy a terapia dos veces por semana. No es solo por ella, ya he dicho que me dejó en uno de los momentos más complicados que recuerdo. Pero, a medida que bajan las llamaradas de mis otros incendios, se vuelven más altas las nuestras. Mi psicoanalista se esfuerza en que supere el daño que esta separación me causa y lo único que tiene para sanarme son mis palabras, así que lo considero destinado al fracaso, aunque nunca se lo digo, por respeto a su trabajo. Realmente se esfuerza en ayudarme, y ese hecho es quizá lo más sanador de la terapia. Él me ayuda a poner palabras a lo ocurrido, pero lo único que yo quiero es ir corriendo a casa de mi amiga, llamar al timbre, aporrear la puerta, cruzar la verja y besarle el pecho. Quiero meter mi cabeza en el hueco entre sus pechos y aspirar, volver a oler el mundo desde su piel, no es nada que esté sucediendo en mi cabeza, nada que pueda interpretar o poner en palabras. 'Solo quiero olerla, ¿entiendes?', le digo».
Hay también, como se ve, un plano físico en esa amistad tan profunda y determinante que, cuando desaparece, deja vacíos de diverso tipo: el de la charla y el del abrazo, el de la confidencia y el del arrebato, el de la rutina y el de la sorpresa. Demasiado. «El problema es el pacto no verbal que se establece, la idea de que esa amistad es para siempre. Y cuando llega el final el dolor es desmedido», señala Sala.
El para siempre como esperanza, y como límite, es algo que mencionan todos los que convergen en este reportaje, empezando por Robin Dunbar, quizá el mayor experto del mundo en la amistad y sus circunstancias. El antropólogo y psicólogo británico al que se le debe la teoría que tiene su propio apellido y que defiende que no podemos tener más de 150 amigos -por cuestiones relacionadas, entre otras, con el tamaño de nuestro neocórtex, el área del cerebro que se ocupa de las relaciones sociales- se emociona con el enfoque general del reportaje y responde con rapidez.
«La gran diferencia entre hombres y mujeres es que ellas tienen una mejor amiga para siempre», dice. «El 85% tiene una mejor amiga y una pareja romántica y, a su vez, el 85% de esas mejores amigas son mujeres. Dicen que necesitan una mejor amiga porque los hombres no se dejan llevar por las emociones y, por tanto, no sirven para hablar de temas emocionales. Los hombres tienen una pareja romántica o una mejor amiga, pero no ambas cosas a la vez, ¡y una mejor amiga no es como una mejor amiga para siempre!».
Por qué sucede esto no se sabe con certeza. «Pero la mejor explicación», dice Dunbar, «es que los hombres tenían que mantenerse unidos en la defensa de la aldea, pero sin comprometerse en exceso porque, en tal caso, si mataban a su compañero de al lado, se desmoronarían». En estas sociedades históricas, prosigue, «las mujeres solían trasladarse de una aldea a otra al casarse, es decir, se mudaban a una sociedad donde todos estaban emparentados con el marido y nadie con la esposa. De modo que necesitaban a alguien que les brindara apoyo emocional, y para esto la mejor persona siempre es alguien en la misma situación, porque comprende sus problemas». Esto es: «Formaban una amistad muy estrecha para sobrevivir en un entorno extraño».
De ahí que, como decía Leticia Sala, el divorcio entre mujeres amigas se viva como «una amenaza a la supervivencia». En Amigas de verdad. La ciencia y el arte de la conexión y del conflicto en las relaciones entre mujeres (Diana), publicado este mes, la coach de la amistad femenina Danielle Bayard Jackson se pregunta «por qué nuestras amistades son tan profundas y, a la vez, tan frágiles». Y afirma que «las investigaciones más recientes siguen demostrando que las amistades entre mujeres tienden a ser más íntimas y emocionales que las que se establecen entre hombres». ¿Tienen ellas que frenar o tienen ellos que avanzar?
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