












Entre el color gris de los bloques de cemento o el naranja y rojo de los ladrillos que definen el paisaje urbano, se están abriendo paso pequeñas rebeliones verdes que buscan devolver vida a los barrios. Son brotes que nacen donde nadie mira, en solares abandonados, alcorques y rincones que la ciudad dejó en pausa. En Moratalaz, Fuencarral y Villaverde, los vecinos han ocupado estos espacios para transformarlos en jardines vecinales y huertos comunitarios que hoy perfuman el aire, suavizan el paisaje y funcionan como herramientas de cohesión social y apoyo emocional.
En la calle Hacienda de Pavones, en Moratalaz, María decidió montar un pequeño bosque comestible que reúne al menos 20 variedades de alimentos y cerca de 30 plantas. Lo inició tras la pandemia, buscando una actividad que le permitiera recrearse y, al mismo tiempo, brindar un espacio verde al barrio.
«Mi idea era sembrar en el jardín a la salida del bloque, pero me dijeron que no porque se podía llenar de bichos. Sin embargo, el presidente de la comunidad me mostró un área de 50 metros cuadrados que estaba descuidada entre los bloques. Lo limpiamos y comencé a sembrar. Empecé con lechugas y pimientos, luego maracuyás, fresas, limones, aguacates, maíz blanco, tomates, calabacines, calabazas, melones y sandías», explica María.
A esta pequeña «selva», como la llama cariñosamente, también se suma un entramado de plantas florales -girasoles, rosas, geranios- y un conjunto de hierbas aromáticas que van desde el toronjil, la hierbabuena, la menta, el orégano, el cilantro, el perejil, hasta el huacatay, una hierba típica de la gastronomía peruana, que varios vecinos y restaurantes de la zona le piden a María para decorar sus platos.

Un jardín en Fuencarral, recuperado y mantenido por su vecino Iván. ANGEL NAVARRETEÁNGEL NAVARRETE
La mezcla de colores, frutas y aromas atrae a los vecinos a este oasis que cuenta con dos bancos. «Aquí vienes, te sientas, respiras y te llega el agradable olor de la albahaca, el limoncillo o la hierbabuena. Vienen muchas personas mayores a contemplarlo, me dan las gracias y me piden alguna hierba aromática para llevársela a casa. Este espacio también fue un apoyo para salir de una depresión que tuve hace tres años, tras la muerte de mi madre. Venía a cuidar del huerto y me cambiaba el estado de ánimo. Me ponía a sembrar y me olvidaba de todo», cuenta.
María expone también el valor comunitario. «Yo aquí he hecho amigas y amigos. Pasa algún vecino y me pide tomates. Algunos se van de vacaciones y me traen sus plantas para que se las cuide, mientras que otros me dan semillas».
Lo que comenzó como un proyecto personal ha terminado siendo el germen de un movimiento que se expande y da pie a nuevos jardines de vecinos que ya exhiben higueras, olivos y palmeras.
En Fuencarral, el proceso ha sido distinto. José Manuel, vecino del Poblado Dirigido, recuerda que hace 10 años comenzó un jardín vecinal gracias a un trabajo comunitario en la calle Mataró, pero con el tiempo la iniciativa ha ido perdiendo adeptos.
«Un grupo de vecinos nos organizamos y empezamos en mi calle. Funcionó muy bien al principio, pero luego la gente fue desertando y me he quedado prácticamente solo con el mantenimiento. Es verdad que da mucho trabajo, y a veces puede dar un poco de pereza, pero hay momentos muy gratificantes. Salir de tu casa y encontrarte con un espacio verde, lleno de plantas, da mucha vida a las calles. Me gustaría hacer más, pero ya mantengo tres jardines y no doy abasto».
En el Poblado Dirigido de Fuencarral, entre casas bajas y bloques, se observan solares de diferentes tamaños donde la tierra árida ha sido sustituida por variedades de plantas y hasta macetas artísticas creadas por los propios residentes.

Víctor cultiva su huerto en Villaverde.ÁNGEL NAVARRETE
Iván, otro vecino muy activo en temas medioambientales, ha recuperado la labor que inició su abuela Carmen en los años cincuenta. «Ella fue una pionera en lo que yo llamo jardinería de guerrilla. No se limitó a sembrar en la casa, sino que se lanzó a plantar en la calle. Decidí recuperar lo que ella sembró y seguir plantando por la zona, un poco en homenaje a ella. Empecé a plantar una cosa, luego otra, te vienes arriba y, al final, vas viendo que vas mejorando un espacio público y que estás creando comunidad», explica. Hoy cuida lilos, olmos y palmeras en la calle Sabadell, donde vivía su abuela.
Toño, también vecino de Fuencarral, ha optado por sembrar suculentas y cactus en diferentes espacios de la zona. «Por el tipo de clima extremo que tenemos en Madrid y porque en verano muchas de ellas mueren, he preferido este tipo de plantas que aguantan más el sol».
Uno de los efectos más valorados es el aumento de la biodiversidad. «Aquí puedes ver y escuchar variedades de pájaros, desde carboneros, herrerillos y mirlos hasta la cotorra argentina», señala Toño.
En Villaverde, Víctor ha comenzado en solitario un pequeño jardín en una de las muchas zonas áridas que componen las calles del barrio. «Empecé sembrando varios árboles de nísperos, luego reuní varias plantas en un alcorque. Tengo jazmín, dama de noche, dos pequeños madroños, hierbabuena, albahaca, tomillo, una higuera y un limonero. Tenemos muchos espacios de tierra y piedra que se podrían llenar de plantas. A todo el que esté motivado lo animo a que siembre porque es algo bonito», afirma.

Iván cuida lilos, olmos y palmeras, en Fuencarral.ÁNGEL NAVARRETE
Varias de estas iniciativas cuentan con el respaldo de proyectos como Sendas Ocultas, impulsado por la asociación Ciudad Huerto, que visibiliza y apoya la la jardinería vecinal para reconectar a la población urbana con la naturaleza. «Ponemos en valor estos espacios que juegan un papel ambiental y social importante. Está la plataforma Garden Atlas donde mapeamos y publicamos los jardines con un enfoque artístico y poético, inventariando también la biodiversidd de los jardines y cuantificando su función como sumideros de C02 en sus entornos», explica Alberto Peralta, miembro de Ciudad huerto.
Muchos de los jardines vecinales nacen de forma espontánea, fruto de un impulso personal y de la existencia de espacios aprovechables que nadie atiende. «Desde siempre ha habido mucha ambigüedad en los barrios de Madrid sobre ciertos espacios públicos de los que la administración no se encarga, pero tampoco hay una escritura oficial que diga que pertenecen a los vecinos», expone Iván del Poblado Dirigido de Fuencarral.
Ante esta situación, organizaciones y residentes piden al Ayuntamiento continuar apoyando proyectos medioambientales, así como crear e implementar protocolos de jardinería vecinal que fomenten estas actividades.
En cada barrio, detrás de cada jardín, hay historias personales que, sumadas cambian la manera en que se habita la ciudad. Recuerdan que, incluso en los lugares más áridos, siempre hay alguien dispuesto a plantar. Pero esas personas también necesitan apoyo para que esas pequeñas rebeliones verdes se mantengan en el tiempo y no dependan solamente de la resistencia de quienes las inician y las sostienen.
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