Tras alzarse con el título de Miss Mundo España, la granadina apostó por el mundo de los negocios y la cocina. Hoy, convertida en chef al frente de su propio restaurante y reconocida con un Solete Repsol, equilibra la exigencia de sus proyectos empresariales con una concepción del éxito sin servidumbres ni artificios

María del Mar en una sesión fotográfica como modelo
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Hay vidas que cambian en un instante inesperado. Para María del Mar Aguilera, ese punto de inflexión llegó un 28 de diciembre mientras cursaba el último año de Psicología entre la facultad granadina y la calma de su pueblo natal. Una propuesta para presentarse a Miss España (que al principio creyó una broma de los Santos Inocentes) terminó siendo un reto personal. "Para mí la moda era algo superficial desde lo ajeno, pero me presenté en el afán de demostrar hasta dónde podía llegar y qué experiencias me daba la vida, sin objetivo de ganar", recuerda. Y, sin embargo, ganó.
El peso de la corona
Aquella noche de coronación, el contador de su vida saltó por los aires. El teléfono colapsó por saturación y sus redes pasaron de mil a cuarenta mil seguidores en cuestión de horas. El mundo, de repente, no tenía fronteras, pero tampoco refugio. La corona de Miss Mundo España le abrió las puertas de la exposición mediática, aunque el peaje fue exigente. Lejos del cliché frívolo, el certamen internacional le exigió un nivel de disciplina espartano: idiomas, cultura, música y un rendimiento deportivo de alto nivel. María del Mar pulió sus aristas con esfuerzo, pero en ese molde de supuesta perfección intachable empezó a sentir la incomodidad de lo artificioso.
"Para mí fue agotador porque yo me califico por todo lo opuesto. Amo lo espontáneo, lo natural y lo imperfecto", confiesa. La victoria le enseñó a detectar envidias y gestionar distancias, pero sobre todo la enfrentó a un vacío sustancial. Cansada de la mirada ajena que juzga y valida, de esa atmósfera fría donde la aprobación depende de la llamada de un tercero, Aguilera decidió dar un volantazo: "Llegó un punto en el que ya no quieres que te digan que vales ni rodearte de gente que te halaga. Buscas no que te elijan, sino elegir tú. Tomar las riendas y construir algo propio que no dependa de nadie externo".

María del Mar en una sesión fotográfica como modeloCarmelo Redondo
De las pasarelas a los fogones
Ese deseo de autonomía la llevó de las pasarelas a los fogones, una pasión que exploraba desde sus años universitarios. Con solo 22 años y sin experiencia previa en hostelería, asumió la responsabilidad de capitanear un gran restaurante en Extremadura, 'Tierra y agua', con capacidad para cientos de comensales diarios. La transición no estuvo exenta de vértigo: "El primer día fue un caos total, teníamos un evento de 200 personas y no sabíamos ni organizarnos por zonas. Yo gritaba y mi chico decía: 'Hoy abrimos y mañana cerramos'", recuerda. Sin embargo, la determinación se impuso: se sumergió en lecturas sobre gestión, organizó a la plantilla y pasó meses probando recetas hasta adueñarse de la cocina.
La recompensa a tanta entrega no tardó en llegar. Tras un verano extenuante de trabajo ininterrumpido, la prestigiosa Guía Repsol distinguió su establecimiento con un Solete. "Lloraba cuando me llegó el correo porque no tenía la certeza de estar haciéndolo bien. Fue la mayor muestra de que el esfuerzo tenía su fruto", dice. Hoy, como chef, diseña la propuesta gastronómica, elabora las bases, salsas y repostería, e imprime su sello personal reinterpretando los sabores descubiertos en sus viajes con materia prima de la zona.

Uno de los platos estrella del restaurante Tierra y aguaCedida por Tierra y agua
Asumir el rol de mujer joven, atractiva y empresaria ha significado también lidiar con prejuicios machistas: "A la hora de negociar, me daba mucha rabia que se dirigieran antes a mi chico para hablar de dinero o firmar contratos, aunque fuera yo quien decidía. O ver comentarios en redes diciendo 'qué fácil es hacer las cosas con dinero de otro'. Si fuera un chico no dirían eso". Su respuesta ha sido el trabajo constante y la demostración de solvencia sin pedir permiso a nadie.
Sin renegar de su pasado, María del Mar Aguilera hace convivir hoy ambos mundos. Compagina la hostelería y nuevos proyectos inmobiliarios y turísticos como una finca para producciones de cine o un hotel boutique con trabajos puntuales en la moda que le permiten viajar y descubrir otras realidades. "He ganado estabilidad, madurez y un filtro muy claro de quién vale en mi vida y quién no", concluye. Ha cambiado el aplauso efímero por la solidez de lo que edifica con sus propias manos. Haciendo un balance, las renuncias juveniles y los fines de semana sacrificados se transforman en paz, autonomía y la certeza de que la verdadera belleza reside en la libertad de trazar su propio camino.

María del Mar y el equipo del restaurante Tierra y AguaCedida por Tierra y agua












