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A las ocho de la tarde del viernes, en Nuevos Ministerios, me meto entre cientos de adolescentes para presenciar una "batalla de aura". Tengo 23 años y se supone que pertenezco al bando de los jóvenes, hasta hace no demasiado me parecía una edad inequívocamente joven. O eso creía hasta esta noche.
Si tuviera que decir en pocas palabras qué es "farmear aura", diría que es una multitud de chavales haciendo el idiota. Es básicamente una convocatoria para competir por algo tan difícil de medir como la vergüenza ajena. Consiste en hacer el ridículo con convicción y conseguir que los demás consideren que, de alguna manera, has quedado bien. Ellos lo saben y lo asumen sin problema.
El paisaje estético con el que me topo es una especie de uniforme colectivo que oscila entre el punk y lo alternativo. Veo un despliegue de piercings, eyeliners negros, caretas de Kanye West y chavales embutidos en trajes inflables de plátano o dinosaurio. Y, como una constante ambiental, olor a porro. Pero lo que me llama la atención es la edad, son muy jóvenes, extremadamente jóvenes.
Me abro paso entre ellos mientras, en el centro, hay niños que repiten pasos virales y un poco enfermizos, casi con un aire epiléptico. Yo solo reconozco el six-seven. No me pongo una medalla por ello, pues hasta el Papa, con 70 años, sabe identificarlo. Me dispongo a hablar con ellos, les pregunto qué hacen allí. Casi nadie admite haber venido porque realmente le interese. Las respuestas más repetidas que encuentro es que vienen "por curiosidad", porque "no tenían nada que hacer" o para mofarse del amigo valiente dispuesto a degollarse en el corro central. Lo curioso es que ninguno me dice que ha venido porque quería venir, como si admitir interés por esto fuera, precisamente, lo menos cool que se podía hacer.
Un grupito de unos 18 años me explica su propia definición: "Esto es una batalla de no tener padre o una batalla de ser virgen". Me hace gracia y lo apunto rápido en las notas del móvil, no puedo permitir que esto se me olvide. Quizá algún día vuelva a leerlo y tampoco entienda por qué me hizo tanta gracia.
Tengo la sensación de que todos se conocen entre sí, tal vez es solo que yo soy la única que está sola. Entonces veo a un hombre mayor. Está quieto entre la multitud, con una expresión que conozco perfectamente porque probablemente sea la misma que tengo yo. ¿Me siento más identificada con un cincuentón que con alguien de 18 años? Me acerco. Parece no entender nada. Me cuenta que ha ido con su hija porque ella se lo ha pedido. ¿Habría hecho mi padre eso por mí?, ¿lo haré yo por mis hijos?
Aquí estalla mi crisis de los 20, ¿acaso eso existe?, ¿yo "farmeo aura"? La pregunta me acompaña mientras intento averiguar si, al menos, ellos me consideran joven. Se lo pregunto directamente. Su respuesta es "No". Algunos me tachan directamente de "cayetana", otros intentan suavizarlo y me dicen que "destaco sobre el resto" y una chica hasta me sugiere teñirme el pelo de fosforito para rascar algún punto de prestigio digital.
Por suerte, unos prepúberes acnéicos me devuelven la autoestima jurando que nadie aquí tiene más aura que yo. Me enternece ver sus hormonas revolucionadas por el simple hecho de que una chica algo mayor les preste atención durante unos minutos.
Pienso que quizá esta noche no va de aura, sino de pertenecer. Ellos quieren pertenecer a ese grupo al que, claramente, yo ya no pertenezco. Quieren salir en el vídeo correcto, conocer a la persona correcta, hacer el gesto correcto y proyectar la estética correcta.
Cuando me descubro como periodista se sorprenden. Les resulta casi absurdo que los medios de comunicación estén entrando al trapo en un juego de chavales. Y, sin embargo, aquí estoy yo, intentando descifrar por qué miles de ellos han decidido que una batalla para hacer el ridículo merece una noche entera. "¿Pero vais a escribir sobre esto?" Sí, voy a escribir sobre esto. Al parecer, que una periodista de 23 años vaya a escribir sobre ellos también suma aura. Para mi sorpresa, mencionar EL MUNDO es lo que más puntos me da durante toda la velada.
Un chico me explica entonces que les hemos "payizado la zona". Se refiere a los periodistas, a los adultos, a todos los que hemos aparecido allí a mirar. Ellos salen por esa zona, es su territorio. Y ahora hemos llegado nosotros, que no somos suficientemente alternativos. Hemos convertido algo suyo en noticia. No me lo había planteado, pero puede que tenga razón, ¿qué estamos haciendo?, ¿qué hago yo aquí? Me debería ir.
Al iniciar mi retirada escucho a la familia que camina justo delante de mí. La madre sentencia: "Yo cagando tengo más aura que todo esto". No puedo evitar pararlos. Son un matrimonio de 42 años. ¿Qué hacen ellos aquí? Parecen gente normal, pienso. Me cuentan que han encontrado la concentración por TikTok y han decidido que sería divertido llevar a sus dos hijos, de diez años. Los niños, sin embargo, lo tienen claro: "Esta gente no mola".
Les pregunto a los padres qué daba ganar "puntos de aura" cuando ellos tenían su edad. Ambos coinciden: fumar. Nos quedamos charlando en la acera y siento un confort casi anestésico. Estoy cómoda, estoy muy cómoda. Pienso que me hubiera ido sin pensarlo al bar de la esquina a tomar un vino blanco con esa pareja de cuarentones para rajar de los chavales. Joder. Otra vez me siento más identificada con gente de cuarenta. Quizá sí me estoy haciendo mayor. Quizá no tengo aura. O quizá, simplemente, no quiero tenerla. Me asalta el pánico, ¡¡¿me he hecho vieja de golpe?!!
Quizá la verdadera crisis no sea la de los 20, ni la de los 30, ni siquiera la de los 40. Quizá sea ese momento exacto en el que descubres que ya no entiendes a los jóvenes. Ese día en el que te pones a pensar, casi sin darte cuenta, que antes las cosas eran distintas. Y tal vez esa sea la verdadera batalla de aura, decidir en qué momento dejamos de ser los jóvenes y empezamos a transformarnos en esos adultos que nos juramos no ser y que hoy, con un vino blanco en la mano decimos: "Los jóvenes ya no son lo que eran".
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