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Resulta vertiginoso seguir la pista a Eduardo Balanza (1971) mientras explica su trabajo. Las ideas saltan del ordenador personal Commodore de su infancia a un mítico club techno de Berlín que ahora es un concesionario de coches, luego explica el funcionamiento de una máquina que ha construido él mismo y puede traducir el clima a sonido y pasa después a divagar sobre los estudios urbanísticos de Jane Jacobs o menciona a un amigo suyo que es masajista en el madrileño barrio de Usera. «Pero masajista tradicional, no del que la gente piensa», matiza. Los filósofos Guattari y Deleuze hablarían de discurso rizomático, por su similitud con las raíces que crecen sin jerarquía ni sentido evidente, pero lo de Balanza tiene mucho más del remix de un DJ, de un tema electrónico que pasa de un bucle a otro para, antes o después, soltar un icónico sampleado («pero volviendo a tu pregunta...», sería el del artista).
Su obra toca igualmente muchos palos y siempre gira alrededor de la música, como el plato de un tocadiscos: lento, obsesivo y constante. En el universo artístico de Balanza comparten espacio las esculturas de cintas de música analógicas, los radiocasetes Panasonic o los sintetizadores Moog de grandes dimensiones realizados en cartón, terracota, neón y plexiglás. O las publicaciones en formato póster del Frente Electrónico Unido: allí imagina que las ciudades son escenarios maravillosamente distópicos donde los bloques de edificios funcionan como altavoces gigantes.
El artista murciano también está detrás de Radio Cobra, plataforma sobre la que desarrollar un trabajo más performático con sonidos plagados de eslóganes publicitarios, conversaciones cotidianas, literatura y textos propios que construye un paisaje vivo y caótico. Casi todo ello está sintetizado en la exposición que le dedica el Domus Artium 2002 (DA2) de Salamanca, comisariada por Sema D'Acosta y significativamente titulada Artefactos Sonoros.

«Es bastante retrospectiva aunque también he elaborado piezas nuevas, como las fotografías pintadas de las pioneras de la música electrónica y unos bodegones analógicos de este año», explica Balanza, en referencia a los cuadros en blanco y negro de aparatos de radio que ahora parecen objetos de otra era, pero que todos hemos tenido en casa. «También está el órgano B71, que es una pieza que construí en 2018. Diría que el 60% de lo que presento ahora es nuevo. Las grandes esculturas de casetes en plexiglás llevo haciéndolas mucho tiempo, pero las del DA2 están realizadas para la exposición».
Cuando se le pregunta de dónde viene su obsesión por los aparatos sonoros, Balanza utiliza el concepto de fetiche. «Es como si fueran un tótem al que se adora», compara, reliquias de un tiempo analógico que está siendo desplazado por un modelo cultural líquido e inmaterial donde lo físico es un capricho. Volver sobre ese pasado reciente, llevar a cabo esta especie de arqueología inmediata le permite leer con mayor claridad el presente que, según el artista, no se distancia mucho del pasado.

«Para mí, la música funcionaba como internet antes de que internet existiera. Gracias a la radio musical la información cultural se transmitía de manera inmediata. Escuchando música podías saber lo que pasaba en el mundo e incluso aprender idiomas. Las cintas de casete que circulaban y nos grabábamos unos a otros almacenaban todo ese conocimiento cuando no había discos duros», recuerda.
Lo de Balanza con la música y los instrumentos no es (solo) nostalgia generacional. Tiene que ver con un entorno familiar donde su madre tocaba el piano, su tatarabuelo era el organista de una catedral y su tío Pepe hacía gramolas. «De mi tío heredé algo de luthier experimental», confiesa. El mencionado B71 es un órgano inspirado en los instrumentos clásicos de iglesia, pero en este caso tiene una autonomía total porque transforma en sonido datos del medio ambiente al estar conectado a webs meteorológicas de las que recibe información en tiempo real. «En Salamanca he facilitado las claves de la máquina al conservatorio de música para que los estudiantes puedan usarla», añade el artista.
La trayectoria vital de Balanza es casi tan alambicada como su discurso. Ha vivido en Kuala Lumpur, Berlín y Madrid; ha estudiado cine en Nueva York y Cuba; ahora se mueve constantemente entre Murcia y Oslo. De su estancia en el sudeste asiático, de la constatación de que el cartón corrugado es un material ubicuo en todo el mundo, surgió una de sus series más conocidas, los inmensos aparatos de música analógica realizados en cartón. Con este material sencillo llegó incluso a recrear un club entero, el berlinés Cookies, en el centro de arte La Conservera de Murcia.
«Era una copia a escala real del local. Quería hablar de la felicidad, de la inconsistencia de la noche y de la cultura de club, que es como la cara B de nuestra existencia», recuerda, en alusión al carácter efímero e incluso poético de lo que sucede en la pista de baile. «En mi trabajo hay una resistencia al paso del tiempo, pero también una convergencia con la cultura actual», afirma.
Y tras divagar un rato sobre la capacidad de los sintetizadores para transformar el lenguaje sonoro, mencionar una sesión de Jeff Mills de 2025 y alabar el potencial creativo con el que la inteligencia artificial ha entrado en nuestras vidas, Balanza suelta su sampleado: «Pero volviendo a tu pregunta...».
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