























Alberto Conejero escogió el teatro como forma de salvación. Y con él la poesía. Tiene sitio propio en el palco de los dramaturgos más destacados de las últimas promociones y su territorio de acción lo cifró desde bien temprano en un territorio expresivo de ráfagas líricas donde el compromiso con la memoria, los límites de la ética y la indagación en el pasado impulsan una gramática contemporánea. Conejero es de un pueblo de Jaén: Vilches. Espigó a mediados de los 80 en la periferia de Madrid. Producto bien contorneado de la educación pública. El teatro lo descubrió de golpe y con asombro. Era un adolescente desconcertado y leyó Bodas de sangre. "Descubrí en esa pieza mi vocación", dice. "Quería dedicarme a ese oficio que aúna poesía, acción, emoción, pensamiento...".
Treinta años después de aquel zarandeo es un autor bien forjado y aloja la certeza de un teatro fuerte de emoción y deseo, de indagación y asombros, de penumbra, de conflicto. Tres de sus piezas principales La piedra oscura, Ushuaia y En mitad de tanto fuego quedan ya reunidas en un volumen de la legendaria editorial Cátedra, con enjundioso estudio introductorio a cargo de los profesores Emilio Peral Vega y Simone Trecca. Este volumen concentra el micelio de su escritura dramática. Y buena parte de su ideario creativo, de ese instante puro de su vida donde vuelca cuanto cree y cuanto duele, que se cuela como la humedad por todas las ventanas.
Mantiene intacta, a pesar de los desengaños, la pasión por el teatro. "Por el teatro, sí; el oficio, sin embargo, me ha dejado algunas magulladuras", dice. "Con todo, el teatro es hoy la más viva de las posibilidades de la literatura. No puede ser capturado, no puede ser reproducido, no puede ser vampirizado por una inteligencia artificial. El teatro es esa corriente tan frágil como poderosa que sucede entre la escena y los espectadores. Amo ser espectador del teatro y agradezco ser uno de sus servidores".
- El éxito llegó de golpe con La piedra oscura, ¿le desconcertó?
- No, porque me sucedió con los treinta años ya cumplidos, con mucho trabajo y mucho estudio en las espaldas. Había dejado mi puesto de doctor contratado en Oxford poco tiempo antes: quería entregarme a mi vocación, a mi condición de hombre de teatro. Aquel éxito trajo halagos excesivos y también cierto recelo que acompañó a los estrenos posteriores hasta la llegada de obras como Todas las noches de un día, El mar: visión de unos niños que no lo han visto nunca o En mitad de tanto fuego.
- Qué une a las tres piezas reunidas en la edición crítica de Cátedra.
- Son tres exploraciones sobre el pasado: La piedra oscura se ocupa de las heridas de nuestra guerra, Ushuaia de la memoria de los crímenes del nazismo en escenarios más periféricos, y, por último, En mitad de tanto fuego aborda el legado clásico desde una mirada disidente. Me atrevería a decir que les une también la indagación rigurosa sobre el lenguaje. Son todas historias de fantasmas enamorados, personajes que buscan algo de redención en el agua pura del presente.
Cuanto escribe es el despliegue de un único naipe, aquel con el que juega a descifrar su lugar en el mundo. Aquel con el que busca el estar con los otros. La comunión. El diálogo. Las sombras que somos cuando nos faltan la paz (dentro) y la palabra (fuera). Porque el teatro le concede decir no y rebelarse, denunciar la ignominia y la oscuridad. Y entrar al deseo como quien va soñando ríos. Y entrar al deseo como quien sabe lo que eso daña. Su escritura se mueve entre la mercancía de la memoria, la tensión política y el vínculo. "En el centro del teatro está siempre el asombro ante la criatura extraña y efímera que somos, y también este arriesgado vivir juntos", explica. Siempre es una primera persona del plural del teatro. Un nosotros en crisis. Los grandes conflictos nacen de la quiebra de los grandes vínculos. Y porque sucede en presente el teatro es siempre un arte político, incluso aquel que se pretende apolítico y que suele el más conforme con los poderosos. Por esa misma razón el teatro no ha de ser nunca partidista".
- El pasado es en su escritura un laboratorio del presente, una herramienta con la que descifrar también el ahora.
- El futuro nos sorprenderá siempre por la espalda. Es el pasado lo que podemos mirar de frente. Debemos intentar una lectura ética y responsable de nuestra propia historia. Un país es la conversación que mantienen sus vivos con sus muertos. El pasado nos sigue sucediendo y algunas de sus formas más despiadas pueden abalanzarse sobre nosotros si no estamos atentos. Lo que no debemos hacer nunca es pasar las páginas sin leerlas, pero tampoco usar el pasado para esconder los conflictos del presente o que la tentación de la nostalgia sepulte las posibilidades del futuro.
La piedra oscura, que ha servido a Los Javis para armar su película La bola negra, premiada en Cannes y en la que Conejero colabora como coguionista, es quizá la más conocida de sus obras, una exploración del último amor grande de Federico García Lorca. El poeta deseante que no se acaba nunca. El ser fundido en negro y alzado en risas. El hombre asesinado capaz de cantar y contar al mismo tiempo. Pero niega que esta pieza sea sobre García Lorca, como todo el mundo cree. "No considero que sea una obra sobre García Lorca, aunque su presencia sobrevuele la pieza como un fantasma y como una esperanza. Lorca es tan inagotable como Shakespeare, y produce tristeza y rabia recordar la maravilla que nos entregó en las dos décadas que le dejaron de vida creativa", explica. "Lo que nos arrebató el fascismo con su asesinato es inimaginable. Por eso los herederos políticos de sus asesinos se ponen tan nerviosos cuando se recuerda el crimen y tratan de despolitizar una y otra vez su asesinato. El compromiso firme de Lorca con los valores republicanos (con La Barraca como emblema), la envidia de las derechas más montaraces ante su colosal triunfo e influencia en amplios sectores y la más salvaje homofobia prepararon el escenario del crimen en aquella Granada sumida en el terror. Con todo, Lorca es un autor infinito leído y amado para orgullo de los españoles y vergüenza de los herederos ideológicos de sus asesinos".
- Su teatro es también una llamada a no claudicar.
- María Zambrano habla de una "penumbra tocada de alegría". Ojalá que mi teatro tenga esa condición, que haga en los lectores y en los espectadores lo que Alejandra Pizarnik pedía para el poema: "Conjurar, exorcizar, reparar".
El deseo es otro de los temas que aborda Conejero. Un deseo tantas veces ocultado... Así sucede en una de sus piezas reunidas en este volumen, En mitad de tanto fuego. Donde asoma con fuerza el deseo de Patroclo por Aquiles. "La obra parte del canto XVI de la Ilíada, pero no pretende ser una versión sino un texto nuevo que dialoga con el de Homero desde un compromiso que sólo es posible desde la libertad y el respeto. Nadie protesta por la película Troya, donde Aquiles y Patroclo son primos. Pero si haces algo más apegado a las fuentes históricas, como esos versos conservados de Los mirmidones de Esquilo, en la que la relación erótica es clara, te acusan de "pervertir" los clásicos. Mi obra es un canto a ese deseo disidente ocultado durante siglos y que, por fortuna, está encontrando ahora sus narradores. Entre ellos el joven asustado que reconoció en el interlineado de esos versos de Homero su propio deseo".
Ahora es un tipo con escamas endurecidas que ha doblado en varias ocasiones el cabo de las tormentas y mantiene de las travesías duras la mirada llena de humedad melancólica. Goza el flamenco. Goza con la voz acristalada de Roza Eskenazi y con la copla que en su infancia subía por el patio de luces. Ha sintetizado en su obra teatral la gran quiebra colectiva y desconfía de ese compromiso cicatero que consiste en que cada palo aguante su vela. Estuvo al frente de la dirección del Festival de Otoño por cuatro temporadas y aquella experiencia formidable también le endureció algo el semblante. "Se hizo un gran trabajo en cuatro años muy exigentes marcados por la pandemia. El Festival recuperó su identidad pública, multiplicó su presencia y se descentralizó, abrazó la creación híbrida sin abandonar otros lenguajes más clásicos, etcétera. La gente recuerda con cariño esa época del festival". ¿Y usted? "Todo el mundo vio el trato que se me dispensó en la última edición. Es innecesario que yo me detenga ahí. No he vuelto a trabajar en ninguna actividad de la Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid desde ese momento, hace ya tres años".
Detrás de una mirada escéptica, ganada con los años, palpita una ambición estética de primer orden. Antes de los 50 suma a lo suya una edición crítica de Cátedra. Trabaja en la adaptación al cine de otra de sus obras, La geometría del trigo, "puede ser una gran película", dice. Prepara junto a Xaver Bobés una obra de teatro documental y de objetos sobre el espíritu colectivo de la Generación del 27 -Concha Méndez, Luis Cernuda, María Zambrano, Vicente Aleixandre, María Teresa León...-. Anda también a la caza de los poemas de un tercer libro. Y sueña con el regreso de Ushuaia a los escenarios. Lo suyo es escribir cada vez mejor sobre aquello que importa más allá del baile de rufianes de las portadas. Intentar sobrevivir sin ser contaminado por la violencia ambiental. Bucear en los clásicos. No aceptar lo irremediable.
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