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Hace dos años que trabajo como guionista en un programa de televisión. Se trata de la típica tertulia o debate dirigido a un público joven sobre temas muy variados. Tiene siempre la misma estructura: cuatro invitados y una presentadora-moderadora. Cuando empecé, mi función era revisar los guiones que hacían las redactoras, nutrirlos o editarlos según mi criterio. Tras unos meses me di cuenta de que las preguntas abiertas y generales sobre una cuestión no daban buen resultado: una hora de grabación que después de cortar se quedaba en 40 minutos no era suficiente tiempo para adentrarse en un tema, para llegar a algún lugar que no fuese anodino. Los invitados eran más interesantes de lo que parecían y no brillaban por culpa del guion.
En realidad, me fui dando cuenta, mi trabajo consistía en diseñar conversaciones, y eso requería imaginarlas, pensar qué tipo de personas sería conveniente escuchar, qué cuestiones sería importante abordar para que el diálogo no fuera simplemente una versión formal y registrada de una conversación de ascensor. Para ello tenía que jugar a ser Dios, colocar todas las piezas y esperar a que se diera la acción. Se hizo evidente que antes de que se personaran en el plató, antes de elegir a los invitados, tenía que abrir un proceso de selección. Debía agarrar el teléfono y llamar a las candidatas y candidatos para saber cómo pensaban, cómo se expresaban, si defendían bien sus ideas o no, cuáles eran sus dobleces y puntos flacos, si comprendían en algunos aspectos a los que pensaban distinto a ellos, si aportaban claves en las que yo no había reparado, cuáles eran sus miedos, sus deseos, su actitud ante la vida.
Eso me llevó a institucionalizar lo que hoy llamo preentrevistas. Cada semana, desde el despacho oscuro de mi piso, hablo por teléfono con seis u ocho desconocidos sobre todo tipo de asuntos. A una le okuparon el piso que tenía a un alquiler bajo, otro dice que la inteligencia artificial es puro marketing pero la utiliza cada día, otra dejó al que iba a ser su futuro marido en el altar y le salió mal, otro cree que el pacifismo ha muerto y por eso se está preparando para vivir en el bosque y defenderse a sí mismo, otra no tendrá hijos porque tiene miedo de la sequía y la contaminación, pero los desea, otro tuvo un intento de suicidio porque sus padres trabajaban demasiado, otra cree que habría que abolir las herencias, pero su apellido le ha dado trabajo en el mundo del teatro.
De acuerdo, ellos y ellas saben que los llamaré, están interesados en venir al programa. Pero cada semana sigue sorprendiéndome lo rápido que cientos de personas se ponen a hablar como si nada sobre un asunto íntimo o tremendamente político durante una pausa en el trabajo, al llegar a casa, antes de subirse al bus. Dos voces humanas abriéndose la una a la otra en la oscuridad, como si se conocieran de toda la vida. Y digo dos personas porque indago y hago preguntas incómodas, me meto en el papel de abogado del diablo, pero hay ocasiones en las que termino hablando de mí, porque el tema me interesa especialmente o el candidato me ha explicado algo que me ha llamado la atención, y no puedo evitar saber más, y hay llamadas que se alargan más de una hora, y mantengo debates con gente famosa y anónima desde el despacho oscuro de mi casa, y sin duda es la mejor parte de mi trabajo.
Las llamadas telefónicas han sido denostadas precisamente por su riqueza en matices. Nos incomoda que nos llamen porque en esa voz al otro lado hay mucha más información que palabras, y nos ata, nos engancha o nos abruma. Esa voz puede leernos, puede intuir que escondemos algo, que estamos ansiosos, tristes o enamorados. Un runrún que retumba en nuestra frente sin estar pegado a una imagen es un eco de pensamiento, un canal de comunicación absoluto, un río que se desborda.
Quizá eso explique la magia de la radio, el hecho de que millones de personas, en la era de los dispositivos parpadeantes y luminiscentes, sigan sintiéndose atraídas por esas entidades íntimas, esas ondas humanas que aterrizan en los oídos. Por supuesto, he pensado en las teleoperadoras, esas mujeres que trabajaban conectando personas, que hacían una función hoy meramente tecnológica pero con las que, sin embargo, una podía romper el protocolo y ponerse a hablar. Apuesto a que la industria de las llamadas eróticas sigue existiendo, que resiste pese a todo porque en ella se ofrece precisamente la intimidad en estado puro.
"En mi locutorio personal he llegado a sentirme falsa, demasiado sincera, una espía, una diplomática, una prostituta, una profesora, una alumna, una madre, una periodista, una psicóloga, una niña"
Iría aún más lejos: diría que ponerse el aparato al oído, sostenerlo, sujetarlo con la barbilla mientras removemos o escribimos esa última línea, cambiarlo de mano, que nos duela la oreja, zanjar el asunto colgando con estrépito -¡esos cables rizados para coquetear!-, que se nos vaya el tiempo, que cueste colgar, sentir el rastro de esa voz en los huesos al hacerlo, no es algo de lo que haya que deshacerse. Deberíamos practicarlo todas las semanas: llamadas aleatorias de una hora con un desconocido. Sería tan satisfactorio como revelador. Aumenta la atención y la curiosidad -quién sabe quién hay al otro lado- te deja pensando, te da algo de lo que hablar con otros.
En mi locutorio personal he llegado a sentirme falsa, demasiado sincera, una espía, una diplomática, una prostituta, una profesora, una alumna, una psicóloga, una madre, una periodista cuidadosa y una sin sentimientos, una niña. He hecho amigas y amigos telefónicos y hemos esperado con ganas el día del rodaje para conocernos en persona. Y no, nunca es lo mismo.
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