El caído primer ministro húngaro sobrevivió como el gobernante más longevo de Europa sostenido por la fuerza de un relato de agravio permanente que no ha bastado para tapar la ruina económica

Burt Lancaster, en el papel de Elmer Gantry en 'El fuego y la palabra'. ALAMY
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En El fuego y la palabra, Burt Lancaster encarna a un predicador que no cree en lo que dice, pero sí en el poder del relato. Un estafador de ojos brillantes como la hoja de un cuchillo, abiertos en perpetuo asombro ante la fuerza que tiene una mentira dicha con fervor y convicción para levantar pasiones colectivas. El gran trapecista de Hollywood ganó el único Oscar de su carrera por este papel de vendedor ambulante, primero de cacharros y luego de ideas, que descubre en la hipocresía el negocio de su vida. Más aún, su destino.
La película, de 1960, es un clásico involuntariamente futurista. Elmer Gantry, que así se llamaba el farsante, se ha convertido en prototipo del populista del siglo XXI, armado de voluntad de poder, carisma y un manual de consignas rotundas e infantiles. Gantry es Donald Trump, que también ha vendido biblias aunque ahora se haya promocionado a nivel Dios en una imagen de IA al tiempo que cargaba contra el Papa León XIV. Cualquier cosa para publicitar una victoria en Irán que se estrella contra la realidad rocosa de Ormuz, convertido en el arma nuclear que Irán perseguía: un misil sin uranio contra la economía global.
Elmer Gantry es también de algún modo Viktor Orban, descabalgado esta semana del poder al vencer el conjuro político de 16 años con el que mantuvo prieta a la sociedad húngara en un viaje del europeísmo a la «democracia iliberal», como tuvo el cuajo de nombrarla. El falso redentor ha sobrevivido como el gobernante más longevo de Europa gracias a su habilidad para movilizar pulsiones negativas: indignación y orgullo, miedo y pertenencia excluyente, condensados en el chivo expiatorio del inmigrante.
Durante tres lustros la agitación de agravios le sirvió para tapar la corrupción, el secuestro de la Justicia, la mordaza a la prensa, los remiendos constitucionales para unificar poderes bajo su cetro y hasta la alta traición, con un Gobierno que filtraba en directo a Putin las deliberaciones del Consejo Europeo. Orban valía lo mismo que su relato: Hungría como fortaleza, el extranjero como enemigo, el líder como protector de la nación amenazada (de la Europa cristiana acechada por el turco como siglos atrás lo estuvo el Imperio Austrohúngaro).
Como en la vieja película de Burt Lancaster, el telón húngaro también se ha caído para descubrir unas precarias bambalinas. Y por una cuestión tan prosaica como el bolsillo: el ruido de la campaña no ha podido sofocar la realidad de una gestión ruinosa. El espectáculo, como ocurría con Gantry, ha dejado de atraer público. Pero el estafador, otro paralelismo, sobrevive a la debacle. Y aunque ha perdido la fe de sus devotos, deja atrás el armazón de un templo, autocrático en su caso, que no va a derrumbarse por sí solo.




















