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Ser Padres

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3 errores de la educación moderna que le roban la infanci...
Jennifer Delgado · 2026-06-11 · via Ser Padres

Tus hijos solo serán niños una vez en la vida. Una psicóloga explica cómo la educación actual penaliza la niñez – y qué puedes hacer para evitarlo.

Niño asombrado
En la infancia moderna, todo sucumbe al imperativo de la utilidad (Midjourney - JDS)

Jennifer Delgado

Creado: Actualizado:

Nunca antes en la historia habíamos tenido tantos libros sobre la crianza a nuestra disposición ni tantos expertos o tanta información sobre el desarrollo infantil. Paradójicamente, nunca habíamos perdido de vista algo tan fundamental como que los niños siguen siendo niños.

Con la mejor de las intenciones, muchos padres intentan optimizar la infancia de sus hijos. Quieren que aprendan más, gestionen mejor sus emociones y alcancen antes ciertos hitos del desarrollo. Y todo para que tengan más oportunidades en la vida. Sin embargo, a veces con ese afán por ayudarles a crecer y que no pierdan oportunidades, terminamos acelerando procesos que deberían ocurrir a su propio ritmo.

Tampoco ayuda que en el imaginario popular concibamos la infancia como una mera fase de preparación para la vida adulta. Sin embargo, la infancia es una etapa enormemente valiosa e importante en sí misma, con independencia del futuro. Cuando lo olvidamos, podemos cometer errores que privan a nuestros hijos de experiencias esenciales para su bienestar y felicidad.

1. Sustituir el juego libre por las actividades dirigidas

No me canso de repetirlo, muchos niños tienen agendas más llenas que las de algunos ejecutivos. Colegio, inglés, música, deporte, robótica, actividades de fin de semana… Cada hora sucumbe al imperativo del rendimiento.

El problema no son las actividades extraescolares, sino que incluso el juego se está volviendo cada vez más dirigido. Con el deseo de que los niños “aprovechen” el tiempo, hasta los juguetes deben ser educativos y tener un propósito, ya sea desarrollar la motricidad o estimular el lenguaje.

Sin embargo, los psicólogos sabemos que el juego espontáneo es una de las herramientas más importantes para el aprendizaje infantil. Cuando los niños juegan sin las instrucciones constantes de los adultos, desarrollan la creatividad y su capacidad de negociación, se vuelven más autónomos, aprenden a tolerar la frustración y adquieren habilidades de resolución de problemas.

No obstante, más allá de todo lo que aporta a su desarrollo, el juego libre también cumple una función emocional muy importante: permite a los niños sentirse niños. Cuando juegan sin un objetivo, sin evaluaciones y sin la constante supervisión de los adultos, experimentan una sensación de libertad difícil de encontrar en otras actividades.

Siguen su curiosidad, se dejan llevar por la imaginación y descubren cosas de sí mismos que raramente aparecen en contextos más estructurados. En esos momentos no tienen que rendir, competir ni cumplir expectativas; simplemente pueden disfrutar. Esa experiencia de autonomía y espontaneidad alimenta emociones positivas como la alegría, el entusiasmo y la sensación de competencia.

Además, el juego libre les ofrece un espacio seguro para explorar quiénes son, qué les gusta y cómo quieren relacionarse y estar en el mundo. En cierto sentido, no solo les ayuda a desarrollar habilidades para la vida, sino que les permite vivir una infancia más plena, auténtica y feliz.

¿Solución? Asegúrate de dejar tiempo y espacio para que tus hijos jueguen libremente, sin ningún guion.

Niña haciendo los deberes
La infancia no es una mera fase de preparación para la adultez (Midjourney - JDS)

2. Exigirles una gestión emocional de adultos

Otro fenómeno curioso de la crianza moderna es que cada vez hablamos más sobre emociones (algo positivo), pero a veces nos pasamos de frenada y esperamos que los niños las gestionen como si fueran pequeños psicólogos. Les pedimos que se calmen, que respiren profundo, que reflexionen sobre lo sucedido y que expresen sus sentimientos de forma madura.

Todo eso suena muy razonable (a veces - y si hablamos de un adulto), pero se convierte en una expectativa irreal cuando se trata de un niño de cuatro años en plena rabieta o de un pequeño profundamente triste porque ha perdido su juguete de apego.

Cuando un niño está desbordado emocionalmente, las regiones cerebrales responsables del autocontrol todavía no tienen la capacidad de regulación que posee un adulto. Su corteza prefrontal, la encargada de funciones como el control de impulsos, la planificación y la regulación emocional, todavía no ha madurado, razón por la cual intentar convencer a un niño usando argumentos lógicos cuando está en pleno secuestro emocional es ineficaz.

Por otra parte, las dificultades para poner en palabras lo que sienten a menudo hace que esas emociones se expresen físicamente. Cuando a un niño le cuesta procesar sus sentimientos, lo más habitual es que los libere físicamente a través de las archiconocidas rabietas o el llanto. Es perfectamente normal.

Por supuesto, es importante irles enseñando a reconocer y expresar de forma más asertiva sus emociones. Pero también es importante no pedir peras al olmo. Por eso, siempre recomiendo a los padres que se hagan una pregunta antes de exigir autocontrol emocional a sus hijos: ¿tendrías ese nivel de autocontrol?

La respuesta suele ser “no”. Muchos adultos tienen dificultades para resistirse a un dulce cuando están cansados, controlar el impulso de mirar el móvil constantemente o mantener la calma después de una jornada especialmente estresante. Y eso ocurre a pesar de contar con un cerebro completamente desarrollado, décadas de experiencia y recursos emocionales más sofisticados.

A veces olvidamos que nosotros mismos perdemos la paciencia, levantamos la voz o reaccionamos impulsivamente cuando estamos desbordados. Si ni siquiera los adultos conseguimos comportarnos como monjes zen en los momentos difíciles, no podemos exigirle a un niño que lo haga.

¿Solución? Más que esperar una regulación emocional perfecta, nuestro papel consiste en acompañarle y actuar como correguladores mientras desarrolla gradualmente una capacidad que, incluso para muchos adultos, sigue siendo un trabajo en curso.

Abrazo madre e hijo
Dejemos a los niños ser niños (Midjourney - JDS)

3. Tratar los hitos del desarrollo como una carrera

Si algo caracteriza a la crianza actual es la comparación constante. Las redes sociales han exacerbado ese fenómeno porque están llenas de niños que parecen leer a los cuatro años, tocar el piano a los cinco y hablar dos idiomas a los seis. El resultado es que muchos padres terminan evaluando el desarrollo de sus hijos como si estuvieran consultando una tabla de clasificación.

¿Ya dejó el pañal?

¿Todavía usa chupete?

¿Ya reconoce todas las letras?

Sin darnos cuenta, transformamos procesos biológicos y evolutivos en metas que deben alcanzarse dentro de un calendario rígido. El problema es que el desarrollo infantil no funciona así.

Obviamente, existen rangos considerados “normales” para la adquisición de muchas habilidades, pero incluso dentro de esos rangos hay una enorme variabilidad. Algunos niños caminarán antes. Otros hablarán antes. Algunos aprenderán a leer rápidamente y otros necesitarán más tiempo. Y en la inmensa mayoría de los casos, esas diferencias iniciales no son señal de que algo vaya mal ni indicadores de quién tendrá más éxito en el futuro.

Cuando forzamos procesos, solemos generar más estrés que beneficios. Un niño que deja el pañal porque está preparado vive la experiencia como un paso natural, pero uno presionado para hacerlo antes de tiempo puede vivirla como una fuente innecesaria de ansiedad y conflicto.

Lo mismo ocurre con la lectura temprana. Aunque aprender antes puede parecer una ventaja, las investigaciones muestran que las diferencias suelen desaparecer con los años, mientras que la presión excesiva puede deteriorar la motivación y el disfrute por aprender.

¿Solución? Como padres, es importante recordar que el objetivo no es llegar primero, sino ayudar a nuestros hijos a desarrollar su potencial respetando su ritmo natural.

En cualquier caso, es probable que uno de los mayores desafíos para los padres de hoy en día sea resistirse a la presión de optimizar constantemente el día a día de sus hijos. No convertir cada juego en una lección, cada emoción en una “oportunidad terapéutica” ni cada hito evolutivo en una competición.

Los niños necesitan tiempo para jugar, espacio para equivocarse y libertad para crecer. La infancia no es una fase que haya que superar cuanto antes, es una etapa irrepetible que merece ser vivida plenamente. Y, en muchas ocasiones, la mejor ayuda que podemos ofrecer a nuestros hijos consiste precisamente en dejar que sean niños un poco más.

Referencias

  • Suggate, S. P. (2015) The Parable of the Sower and the long-term effects of early reading. European Early Childhood Education Research Journal; 23(4): 524-544.
  • Suggate, S. P. (2013) Does early reading instruction help reading in the long-term? A review of empirical evidence. Research on Steiner Education; 4(1): 123-131.