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Álvaro de Diego: El Rey que viajó a los Estados Unidos
Álvaro de Diego · 2026-06-22 · via RSS de noticias de portada

El sagaz florentino se había referido a quienes son elevados a la categoría regia desde la condición de simples particulares por mera acción de la suerte o de la voluntad de otros. Aun considerándose heredero de diecisiete reyes de la historia de España, el entonces Príncipe Juan Carlos sabía que iba a ser monarca por la extemporánea decisión de una persona. Franco había decidido una instauración monárquica en pleno siglo XX imponiendo en 1969 a sus Cortes un «sucesor a título de Rey». Fallecido el general seis años después, el joven Rey comprendía también que, para conservar la Corona, debía encaminar a España hacia la Monarquía democrática. Los príncipes sobrevenidos, lo apuntó igualmente Maquiavelo, «alcanzan dicho estado con escasos esfuerzos, pero deben realizar muchos para mantenerse». Las dificultades les acechan una vez instalados. Y la fortuna, que tiene nombre de mujer, rehúye a los pusilánimes para entregarse a los audaces.

Juan Carlos I había heredado de Franco un presidente del Gobierno ciclotímico, políticamente titubeante y, en lo personal, incompatible. Carlos Arias Navarro se había enrocado en el puesto destinado a Torcuato Fernández-Miranda. En la primavera de 1976 el preceptor del Rey, desplazado a la Presidencia de las Cortes y del Consejo del Reino, preparaba ya el relevo. Su sorprendente «tapado» era el joven ministro secretario general del Movimiento, Adolfo Suárez, llamado no tanto a encabezar el segundo Gobierno de la Monarquía, cuanto el primer –y, en realidad, último– Gobierno personal de Don Juan Carlos. El Monarca, que se había limitado a respaldar los proyectos de reforma liberal del tándem Arias-Fraga, asumiría como suya la Reforma Política del gabinete Suárez.

En abril el semanario 'Newsweek' pareció traicionar un 'off the record', pero Arias no se dio por enterado. El jefe del Estado, que acababa de calificarle de «desastre sin paliativos», no encontraba la forma de removerlo. La oportunidad tuvo que venir de fuera. El presidente Ford invitó a los soberanos españoles en el año del bicentenario de la fundación de los EE.UU. Jamás un Rey de España había pisado el Nuevo Mundo.

El primer viaje oficial al extranjero de Juan Carlos I contuvo decisivas claves de política doméstica. Nunca una agenda tan apretada tuvo tanta importancia. Respondió al personal deseo del soberano iniciar el periplo en Santo Domingo por ser este el primer territorio descubierto por Cristóbal Colón, que lo bautizó como La Española. Aquel 31 de mayo de 1976 el presidente Balaguer expresó la emoción de todo un pueblo hacia el heredero de una gloriosa tradición que, desde los Reyes Católicos, les había brindado a sus compatriotas la pertenencia a una misma estirpe y cultura. Los dominicanos trataron al invitado como si se tratara de su propio Monarca. El entusiasmo desmedido puede deparar en ocasiones funestas consecuencias. La diplomacia española hubo de evitar así la epatante bienvenida que aguardaba: las autoridades de la República caribeña pretendían cumplimentar a sus visitantes con ropajes del Siglo de Oro, sin descuidar la presencia de los bufones acondroplásicos inmortalizados por Velázquez.

El 2 de junio los Reyes Juan Carlos y Sofía, que viajaban junto a su séquito a bordo de un avión especial de Iberia bautizado como El Españoleto, aterrizaban en Washington D. C. Al día siguiente, y tras una cálida recepción en la Casa Blanca, Don Juan Carlos enarboló la bandera de la democracia en un crucial discurso pronunciado en el Capitolio ante representantes de ambas cámaras, que ovacionaron al orador.

No hubo tiempo para visitar, como había programado Exteriores, Williamsburg, una localidad de fundación holandesa y estricto interés comercial, ni, como había planteado el ministro de Información y Turismo, Adolfo Martín-Gamero, San Agustín, la ciudad más antigua fundada por los españoles en lo que luego sería territorio estadounidense, así como una especie de santuario para los esclavos negros huidos de las vecinas colonias británicas. Tampoco se atendió otra sugerencia de este ministro, antiguo cónsul en Nueva York, que propuso celebrar la cena de gala prevista en Nueva York en el impresionante patio renacentista del castillo de Vélez-Blanco, instalado en el Metropolitan Museum. La institución inauguraba al día siguiente una exposición con pinturas de Goya. El ágape se celebró finalmente en el Waldorf Astoria, hotel en el que se alojaron los soberanos.

La gira constituyó todo un éxito. Tanto la prensa internacional como española elogiaron la irrevocable apuesta democrática de Don Juan Carlos. No obstante, el Consejo de Ministros, a instancia del presidente Arias, decidió sancionar a una revista, 'Cambio 16', por publicar un titular en portada («El Rey que viajó») y una caricatura en páginas interiores donde se presentaba al jefe del Estado bailando como Fred Astaire sobre el 'skyline' de la Gran Manzana. La inocente referencia se estimaba una infracción del «debido respeto a las Instituciones y a las personas en la crítica de la acción política y administrativa» que garantizaba el artículo 2 de la Ley de Prensa. En las semanas siguientes el grueso de los periódicos se reveló como el auténtico «Parlamento de papel» en que se había convertido desde el tardofranquismo. Defendió a Don Juan Carlos como la figura pública más comprometida con la democracia («El mejor ministro: el rey», tituló otro semanario), impidió la destitución del ministro de Información y Turismo, que había planteado su dimisión si la suspensión contra la revista prosperaba, y acabó de socavar la deteriorada imagen de Arias Navarro. El contencioso pareció resuelto cuando 'The Washington Post', el diario que había provocado la dimisión de Nixon, desautorizó la posible sanción a 'Cambio 16'. Los más reaccionarios utilizaban la figura regia como parapeto de sus posturas inmovilistas, mientras que al Borbón nada le preocupaba una ilustración que en absoluto creía denigrante.

La revista no fue finalmente sancionada. Triunfó la libertad de prensa. Y el apoyo del cuarto poder supuso un espaldarazo definitivo al deseo regio de relevar a su desafecto presidente. El 1 de julio el Rey obtuvo la renuncia de Arias en el Palacio de Oriente. El camino de la libertad quedaba finalmente expedito.

Aquel viaje a Estados Unidos y aquella tentativa abortada de amordazar a la prensa, de la que se cumple ahora el cincuentenario, permitieron al padre de Felipe VI dar prueba de su valía. Se convirtió así en antítesis de quien le había precedido y designado. Renunció a los poderes que había recibido y condujo a España hacia las libertades. Cambiando los fundamentos del Estado, como diría Maquiavelo, supo conservar el principado que la fortuna le había puesto en el regazo.

Álvaro de Deigo

es catedrático de Periodismo de la Universidad San Pablo-CEU