























Son las nueve de la mañana de un martes de marzo y un grupo de cicloturistas alemanes pedalea animosamente por el paseo marítimo, frente a la fachada del hotel The Hype. Son turistas en la Playa de Palma, uno de los arenales más masificados de Mallorca, que en marzo a duras penas se está desperezando pero en el que cada verano nadan más de un millón de personas.
El pelotón de ciclistas pasa de largo y sigue con sus vacaciones, ajeno al tesoro de valor incalculable frente al que acaban de transitar.
Y es que allí, en el Balneario 13 de la Playa de Palma, a apenas 65 metros de la orilla y a sólo dos metros de profundidad, una joya arqueológica del siglo IV ha permanecido congelada en el tiempo durante 1.600 años. Oculta a la mirada de los despreocupados bañistas. Enterrado en un sarcófago natural de arena que lo ha preservado de las miradas y de la devastadora carcoma del aire y el salitre.
En la mañana de este martes un grupo de submarinistas patrocinados por el Consell de Mallorca ha empezado a desenterrar el pecio. Es uno de los hallazgos más impactantes e importantes de todo el Mediterráneo Occidental: un barco romano de 12 metros de eslora y cinco de manga que naufragó junto a la costa mallorquina cargado con más de 300 ánforas repletas de vino, aceite y garum. Partió de Cartagena con rumbo todavía desconocido.
Se hundió por un golpe de mar, probablemente durante un temporal. Y quedó enterrado y oculto hasta que, en 2019, un bañista local que hacía esnórquel lo descubrió por casualidad. La misma fuerza de la marea que se lo tragó lo había escupido de nuevo, desenterrándolo levemente.
"La madera del casco está como nueva, la golpeas y todavía suena compacta", explica uno de los submarinistas que se encuentra entre el grupo de buzos que esta mañana empieza las labores de reflotación. "La conservación es excepcional, hemos encontrado hasta sarmientos de vid que parecen recién cortados", apostilla Jaume Cardell, técnico de patrimonio del Consell de Mallorca, la institución insular que impulsa las labores de recuperación.
Los trabajos de extracción del barco se prolongarán durante cuatro meses y servirá para estudiar detalladamente el tesoro.
"Este es un día histórico", explica a pie de playa Llorenç Galmés, presidente del Consell de Mallorca. "Es uno de los hallazgos subacuáticos más importantes del Mediterráneo Occidental y su recuperación y su estudio marcará un antes y un después en la arqueología y aportará información muy valiosa de aquella época y su contexto".
De momento no se puede concretar cuándo acabarán las labores de recuperación: dependerán en buena medida de la climatología. Pero la intención es que estén listas para poder inaugurar una ambiciosa exposición en Palma el próximo otoño y devolver el patrimonio a la mirada y al conocimiento de todos los ciudadanos de Baleares.
"Este es un momento muy importante que sitúa el patrimonio donde merece estar", abunda el experto y arqueólogo de la Universidad de Barcelona, Miquel Àngel Cau, codirector del proyecto para recuperar y estudiar el pecio de Ses Fontanelles (así se llama la zona en la que se encuentra, un antiguo humedal hoy convertido en zona turística).
"Se trata de un yacimiento muy singular por muchas razones", agrega Cau. En primer lugar, porque se encuentra a menos de cien metros de la orilla y a sólo dos metros de profundidad. "Es un milagro" que durante 16 siglos no haya quedado expuesto ni haya sido expoliado, coinciden todos los especialistas.
"Además, su estado de conservación es excepcionalmente bueno, la madera está muy bien conservada, no ha perdido la celulosa", señala el científico de la Universidad de Barcelona, que coopera junto a otras tres universidades (la de las Islas Baleares, la Universidad de Valencia y la de Cádiz).
"Además -agrega- hay muy pocos barcos hundidos del siglo IV y este es el único conocido que salió de Cartagena".
El barco todavía encierra misterios por resolver, que se espera que salgan a la luz cuando se vayan uniendo todas las piezas del rompecabezas en los laboratorios arqueológicos.
Sin embargo, su perfecto estado ha permitido reconstruir buena parte de su historia.
La fecha de su botadura se conoce por una moneda hallada en la carlinga junto a la base del palo mayor de la nave, un ritual que se ejecutaba en cada botadura para buscar buenos augurios. La moneda fue acuñada en el año 320 después de Cristo en Siscia, una ciudad romana ubicada en la actual Croacia.
Eso fija la fecha de estreno del barco pero no la de su hundimiento, que en cualquier caso se considera que fue próximo a esa fecha, levemente posterior, debido al buen estado de la embarcación. El barco debía de ser relativamente nuevo cuando fue zarandeado por el mar y se fue a pique en aquella zona, próxima a un puerto natural de una antigua albufera navegable.
La carga está perfectamente detallada, especialmente porque la mayoría de las más de 300 ánforas que viajaban a bordo estaban bien selladas, tapadas y envueltas en una planta que las acolchaba y protegía de las escoras y las adrizas propias de la navegación y el oleaje. En su base además se había dispuesto un colchón de sarmientos, ramas de vid.
En la carga se ha encontrado aceite de varias procedencias, flor de garum (la salsa de pescado fermentado predilecta de los romanos, un manjar muy apreciado en el Mediterráneo), vino y frutas en conserva.
Los alimentos están prácticamente intactos e inventariados: cada ánfora lleva una inscripción que refleja la procedencia y la familia a la que pertenecía la carga (en los titulus pictus, las inscripciones en cada vasija a modo de albarán comercial).
"Todavía falta por explorar una parte de la embarcación y todos sus alrededores", explica Cau, que cree que en el entorno pueden aparecer enterrados elementos que todavía no se han encontrado, como el ancla o parte de la quilla. "Puede haber muchas sorpresas", añade visiblemente emocionado ante el inicio -al fin- de la campaña de recuperación.
Entre los elementos más sorprendentes, se ha encontrado un taladro de carpintero que llevaban en el propio barco para realizar reparaciones a bordo. De poco sirvió ante el temporal que, de forma súbita, se llevó a pique la nave. "Creemos que se hundió de forma abrupta, en poco tiempo".
El valor del tesoro es incalculable. Por ello, durante los siete largos años que han pasado desde su hallazgo hasta que se ha iniciado su extracción, el pecio ha permanecido enterrado bajo arena y vigilado por las fuerzas policiales de la zona, con el fin de evitar el temido expolio y la curiosidad de los cientos de miles de bañistas que cada verano chapotean en sus inmediaciones sin saber que nadan junto a uno de los tesoros arqueológicos marinos más valiosos de España.
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