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Un 'lobby' para el hombre
B�rbara Blasco · 2026-05-27 · via Opinión

Hija de la gran duda

Estos d�as comprobamos que, como las familias infelices, cada uno se corrompe a su manera

El ex presidente del Gobierno, Jos� Luis Rodr�guez Zapatero.

El ex presidente del Gobierno, Jos� Luis Rodr�guez Zapatero.Europa Press

Actualizado

Audio generado con IA

Le� algo divertido en las redes: el hombre es un lobby para el hombre.

En realidad, la corrupci�n no tiene ninguna gracia. �Corrupci�n� es una palabra que me lleva de la mano a la pol�tica, al malet�n y a la moqueta. Sin embargo, �corrupto� trae otra cosa: carne que gusanea, oreja y tierra, esa autodestrucci�n programada que todos llevamos dentro. Y cuando escucho �corruptor�, asoma un sexo triste, un pubis blanco y soledad; porque �hay algo m�s solitario que un corruptor que regresa bajo el ruido de sus propios pasos?

Corrupci�n, corrupto y corruptor vienen de la misma familia, chocan con las mismas consonantes y, sin embargo, tienen descendencias distintas.

Estos d�as, la imagen de un expresidente se corrompe al aire libre. Una sospecha, otra, y a su reputaci�n le han salido moscas. Despu�s, larvas. El rostro sigue siendo el mismo, pero la boca empieza a llenarse de materia org�nica; algo empieza a descomponerse.

La idea de fondo no var�a: lo vuestro es m�s m�o. Pero estos d�as comprobamos que, como las familias infelices, cada uno se corrompe a su manera. Los hay que confunden el apellido heredado con un derecho de apropiaci�n infinita; los vividores que no distinguen el cargo p�blico del minibar de una suite; los que nunca fueron nadie y de pronto sienten que el mundo les debe atrasos. Y est�n los revestidos de prestigio, de discurso idealista, de valores neum�ticos. Los que hacen que, si las sospechas se confirman, a�n resuene con m�s fuerza la pregunta: �por qu�? �De verdad val�a la pena?

A ning�n adulto hay que explicarle las ventajas del dinero. La libertad peque�a y cotidiana que proporciona. Esa que permite decir: �A la mierda estas condiciones de trabajo, a la mierda esta parada de bus, a la mierda esta dependencia�. Pero nadie quiere decir: �A la mierda la reputaci�n�. Probablemente cargar�amos con todas esas servidumbres con tal de que no se manchara nuestra imagen.

No sabemos en qu� quedar� el caso; est� la presunci�n de inocencia y est� tambi�n esa zona borrosa donde la asesor�a se parece demasiado al tr�fico de influencias, donde el lobo y el lobby apenas se distinguen cuando cae la tarde. Y est�n los jarrones chinos por los que la gente paga un dineral —bien lo saben Tony Blair o Gerhard Schr�der—, y a ver si uno va a ser el �nico imb�cil que desaproveche las oportunidades. Y quiz� la tentaci�n de cobrarse los desprecios ante la ingrata tarea de estar en primera l�nea pol�tica: �a cu�nto tarifa el insulto?

Y, aun as�, no hay dinero que compense la degradaci�n. Porque cuando el dinero ya no sirve para vivir mejor, cuando se acumula en lugares opacos y oscuros, tambi�n empieza a pudrirse, libera enzimas, atrae bacterias y hongos, los visitantes del derrumbe. Y su mal olor acaba por alcanzarnos: se pega al traje, se pega al pelo, se pega a la piel.

Y entonces, en mitad de esta semana de larvas y podredumbre, mi marido dijo: —Nunca te lo he dicho antes, pero muchas veces, cuando te miro, veo a la ni�a que tienes debajo de la cara.

Y me alegr� de que no dejemos entrar las moscas todav�a.