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La 'operación España' de Robert Prevost
Efe / Alberto di Lolli / Emilio Morenatti · 2026-06-14 · via Opinión

1. El viaje del Papa si no perteneces a la tribu

Esta semana hemos vivido algunas estampas difíciles de borrar. La visita del Papa ha sido larga y variada; una auténtica gincana. Por unos días España ha parecido católica, apostólica y romana, y prácticamente nadie se ha esforzado por desentonar. Mientras tanto, sin hacer ruido, muchos agnósticos hemos seguido el periplo de León XIV por Madrid, Cataluña y Canarias a medio camino entre el escepticismo y el interés. Aun desde la discrepancia, valoramos la cultura sobre la que se edificó Europa, nuestro paraíso comprobado.

Por otro lado, Robert Prevost parece más inteligente que su predecesor, al que no merecía demasiado la pena escuchar. Además, el viaje era interesante desde el punto de vista de la comunicación: lo que el Papa ha desplegado en España es una estudiadísima campaña de marketing para proyectar su figura en todo el mundo. Una operación diseñada al milímetro, retransmitida en directo, con imágenes potentes y mensajes muy medidos, con doctrina y con emoción.

León XIV se ha mostrado como una figura carismática que atrae a las masas. También como una persona cercana, fotografiándose con niños y jóvenes. Se ha presentado como un líder centrado en los más vulnerables, abrazando a los mártires de nuestro tiempo: los inmigrantes. Ante el Congreso, y tras su primera encíclica sobre la IA, ha afianzado su perfil político e intelectual. Y se ha mostrado autocrítico hacia dentro al calificar de «plaga» el horror de los abusos sexuales en la Iglesia. Así que puede decirse que la operación España ha sido un éxito para Prevost.

2. 'Show', fuegos artificiales y el ridículo de Nogueras

Quienes no formamos parte de la tribu, no obstante, hemos observado algunos episodios del viaje con cierta incomodidad; con algo de pudor. Es inevitable: hay cabezas en las que las muestras multitudinarias de devoción a un líder, sea el que sea, no acaban de encajar bien. Cuando a la devoción se suma el show, el encaje es aún peor. La mezcla entre personajes televisivos, cánticos cristianos, patronal y sindicatos que observamos en el Bernabéu estuvo cerca de una Noche de fiesta vaticana, no apta para el público en general.

Cataluña fue más fina, pero tiró la casa por la ventana lanzando fuegos artificiales desde la Sagrada Familia y aquello parecía la inauguración de unas olimpiadas o de un mundial. Todo ha sido una especie de Bienvenido, Mr. Marshall, sólo que en vez de inversiones americanas ganábamos la bendición papal. Y para eso los políticos, especialmente los de izquierdas, han bordado el papel. Se han puesto los primeros en la fila, buscando las cámaras, muy cerca de León, como el niño que persigue al compañero más popular para ver si se le pega algo de su atractivo, de su poder.

A diferencia de cualquier dirigente político o empresarial, el Papa no ha tenido oposición: el consenso a izquierda y derecha y los elogios desmedidos han sido casi soviéticos. Todos querían arrimarse a la nueva rock star. Y algunos han bordeado el ridículo. El podio lo ha ocupado Míriam Nogueras cuando en el Congreso le retuvo pesadamente hablándole en inglés: «His Holiness, like Gaudí, I am Catalan...». El murmullo en el hemiciclo fue atronador.

3. Episodios 'VIP' y un consenso casi soviético

Ya en Barcelona, el ministro Óscar Puente, al que cualquiera vería cómodo en el papel de satán, agarró al Papa para contarle que se había educado en el colegio San Agustín de Valladolid y le entregó la medalla de la Cofradía del Descendimiento que, según dijo, quería hacerle llegar un cofrade de la ciudad. Después lo tuiteó. Y acto seguido, a polarizar otra vez.

Por su parte, Ana Redondo, ministra de Igualdad, le dio una mariposa morada «por las madres a las que la violencia vicaria les ha arrebatado a sus hijas e hijos». Un sermón a cambio de otro, debió de pensar. Tampoco despreció su momento Salvador Illa, nacionalista moderado y católico ferviente, que le habló de la «nación» catalana. Y tendremos que jurar que nuestros ojos vieron a Pedro Sánchez, Begoña Gómez y nada menos que 14 ministros -como no hay presupuestos ni legislatura, no tenían nada mejor que hacer- asistiendo a la misa en Barcelona como si fuera La Casita de Bad Bunny («un VIP, un VIP, ey»). Convenía figurar y figuraron bien. Uno, dos, tres, cuatro... hasta 14 ministros, con lo difícil que es verlos a todos juntos en el Congreso.

Y hay que comprenderlo: a León XIV no le han encontrado facturas simuladas, cloacas, mordidas con mascarillas, joyas ocultas ni un millonario delito fiscal. Y eso suma puntos por aquí. El Papa, con su blanco nuclear, su sonrisa apacible y su hablar firme pero suave, ha encarnado la promesa de honestidad y convivencia que tantos líderes políticos, en España y en el resto del mundo, han destruido. Si algún día le encuentran una caja fuerte con esmeraldas de Zambia y zafiros de Tailandia, no sé qué vamos a hacer.