惯性聚合 高效追踪和阅读你感兴趣的博客、新闻、科技资讯
阅读原文 在惯性聚合中打开

推荐订阅源

Google DeepMind News
Google DeepMind News
Apple Machine Learning Research
Apple Machine Learning Research
博客园_首页
爱范儿
爱范儿
让小产品的独立变现更简单 - ezindie.com
让小产品的独立变现更简单 - ezindie.com
罗磊的独立博客
M
MIT News - Artificial intelligence
D
Docker
量子位
T
Tailwind CSS Blog
人人都是产品经理
人人都是产品经理
月光博客
月光博客
有赞技术团队
有赞技术团队
J
Java Code Geeks
A
About on SuperTechFans
P
Proofpoint News Feed
Jina AI
Jina AI
Y
Y Combinator Blog
T
The Blog of Author Tim Ferriss
The GitHub Blog
The GitHub Blog
Microsoft Security Blog
Microsoft Security Blog
V
V2EX
GbyAI
GbyAI
F
Fortinet All Blogs

Opinión

Le perroquet qui ne parle pas, por Leonardo Giovannini R�quiem por la socialdemocracia europea El regreso a la fe Hungr�a como caso pr�ctico Le�n XIV, el rechazo vaticano a la vulgaridad de 'La Bestia' La semana de los forajidos Ca�da y resurrecci�n de la Internacional Socialista con la que S�nchez orquest� su macroevento Mar�a Corina desenmascara a S�nchez En guerra contra la Ilustraci�n Vous n'avez pas la priorit� Deseng��ate Bego�a, no te defienden a ti; defienden al puto amo Los esclavos felices Un ensayo que cambia el tablero #15 Lo que hay que leer El Mundo La entra�able torpeza de querer robar al m�s bobo de los ricos Fotos de boda distancia de a�os luz Armengol 'abri� la puerta' a la corrupci�n de �balos y Koldo Beatriz Mart�n Padura: "La mayor�a de los j�venes sigue teniendo inter�s por las cosas, son comprometidos" La grandeza descalza: vida y ejemplo de Cayetana de Alba Éramos pocos y parió el PNV El proyecto que rescata naufragios españoles del olvido que todo el mundo debería conocer ¿IA en sanidad? De acuerdo, pero no me quite el médico Orban, el predicador Es urgente auxiliar a las clases medias Tres víctimas a juicio contra Gerry Adams Sánchez juega a los palillos chinos El mapa de nuestro Canciller de Grafeno El hampa de África se mudará a España Feij�o, t� si que eres inhumano, inseguro, insostenible
Zapatero: hip�tesis interpretativas
Félix Ovejer · 2026-05-22 · via Opinión

Por razones prudenciales y circunstancias perif�ricas, apenas he tenido tratos con pol�ticos con mando en plaza. Me he especializado en perdedores. Las razones prudenciales tienen que ver con la vecindad: los t�midos lo pasamos mal cuando la proximidad compromete el juicio. Me cuesta criticar a la persona con la que acabo de cenar; que, adem�s, siempre acaba convenci�ndome de algo, porque la empat�a es enemiga de la epistemolog�a. Con decirles que nunca valoro las obras art�sticas de los amigos queda retratada mi cobard�a, o si se prefiere, mi desconfianza en la capacidad de cribar con criterio los empe�os art�sticos y, dig�moslo tambi�n, en la de los artistas de encajar cr�ticas. Prefiero el ensayismo: las razones impersonales, los argumentos desnudos.

Las circunstancias perif�ricas son m�s prosaicas: uno vive lejos de Madrid, tiene pocos tratos, y en Catalu�a, por razones diversas, a los pol�ticos locales no les caigo especialmente bien. Todo lo cual tiene una ventaja no desde�able: uno puede permitirse el lujo de pensar lo que piensa. El precio es la irrelevancia. No es un mal trato y uno hasta lo acepta gustoso. Pero Zapatero pudo ser la excepci�n.

De vuelta de impartir un curso en el extranjero, encontr� un par de mensajes en el contestador: Zapatero ten�a inter�s en hablar conmigo. Eran sus principios en la oposici�n, y �di�logo� era su palabra fetiche. Incluso apoyaba sin adversativas al Gobierno del PP en pol�tica antiterrorista; o eso proclamaba: pasado el tiempo nos enteramos de que, sin comunic�rselo a nadie y a espaldas de Jos� Mar�a Aznar, hab�a encargado contactos con ETA a Jes�s Eguiguren, hombre de inescrutables talentos.

Devolv� la llamada, pero ya no hubo manera. Me enter� de la raz�n de los mensajes a�os m�s tarde: andaba en busca de principios. En una confirmaci�n pr�ctica de la paradoja de Condorcet –ese teorema que demuestra que en ciertas condiciones puede ganar el candidato al que menos gente considera el mejor–, hab�a ganado la secretar�a general porque nadie se lo tomaba en serio, y necesitaba una mercanc�a ideol�gica que vender. Literalmente: no ten�a principios claros y quer�a ver qu� se llevaba esa temporada. Buscando en el bazar de las ideas, se cruz� con alguien que le cont� que �la �ltima moda era el republicanismo�, materia sobre la que yo ten�a publicados un par de libros. Cuando, a poco de defender el �socialismo libertario�, apareci� defendiendo el republicanismo, ignorando la trama en la que era actor involuntario, publiqu� un art�culo en El Pa�s titulado �Renovaci�n ideol�gica o de qu� se habla, que me apunto? Cont� la historia con alg�n detalle en un libro dedicado a la relaci�n entre principios, ideolog�as y pol�ticas: Sobrevivir al naufragio.

En aquel momento inicial, defensor como soy del principio de caridad interpretativa –la norma elemental seg�n la cual, para que una conversaci�n sea posible, hemos de asumir en el interlocutor un m�nimo compromiso con la verdad–, apost� por la mejor hip�tesis disponible: los valores le importaban. Y con esa disposici�n abord� los primeros tiempos de su gesti�n, incluidas las torpezas: acudir a argumentar sobre problemas agrarios ante la UE, cuando all�, como en todas las relaciones internacionales, rigen el inter�s nacional y el chalaneo negociador; abordar con el lirio en la mano conversaciones con unos nacionalistas de colmillo retorcido que rechazan por principio el axioma b�sico de cualquier deliberaci�n pol�tica, el compromiso con el inter�s com�n.

La ingenuidad tiene cierta nobleza cuando es sincera. El problema es que no distingue entre el adversario con quien se puede negociar –porque comparte al menos el terreno de juego– y el que aspira a demoler ese terreno. Confundir ambos no es generosidad: es un error con consecuencias. De primero de republicanismo: no cabe deliberar con quien ni siquiera piensa en la misma comunidad de ciudadanos; si la niega, ni les cuento. Intentando encajar estos y otros desatinos, pas� a decantarme por la hip�tesis del �bobo solemne�: estaba incapacitado para la phronesis –el buen juicio pr�ctico, la inteligencia de quien sabe traducir principios en decisiones concretas–, no entend�a nada de la compleja relaci�n entre valores y acciones. No era malo; si acaso, peligroso.

Pero, como nos ense�� Thomas S. Kuhn, cuando las anomal�as emp�ricas se acumulan, toca cambiar de paradigma interpretativo. Y siempre hay una �ltima anomal�a, la decisiva, la que reajusta y ordena mejor la evidencia disponible. En mi caso, esa anomal�a fue la conversaci�n con I�aki Gabilondo en un programa de televisi�n, cuando cre�an que ya estaban fuera de emisi�n. Despu�s de pontificar, con buenismo abacial, contra la pol�tica de crispaci�n del PP –demostrada �cient�ficamente� por los intelectuales en n�mina del Grupo Alternativas–, Jos� Luis Rodr�guez Zapatero mostraba –y no solo �l, tambi�n el �ecu�nime� periodista– su entusiasmo por la crispaci�n: hab�a que crispar. Eso ya no era tonter�a. Era doblez. Maldad, si se quiere; aunque tampoco la tonter�a quedara del todo excluida. O eso pensaban los griegos. Para Plat�n –o, m�s exactamente, para S�crates– el mal nace de la ignorancia del bien: nadie yerra voluntariamente. La tesis es hermosa y, en ocasiones, consoladora. Pero tiene un l�mite: no contempla al que sabe perfectamente lo que hace y prefiere no saberlo. Eso ya no es ignorancia socr�tica; es algo m�s parecido a lo que toda la vida de Dios en rom�n paladino hemos llamado �mala fe�.

Todo eso se pod�a soportar, quiz� como tributo obligado de la experiencia pol�tica. Muy lejos de los d�as del lirio, sin duda, pero son las cosas de ingresar en la madurez. Se pod�a asumir si era por un buen fin. El problema es que Zapatero es el arquitecto de nuestro desastre pol�tico actual, que no es menor. Bajo su mandato, los herederos de ETA no volvieron a su casa como hicieron los franquistas en su d�a –resignados, confiados en que nadie se acordar�a de su pasado–, sino que salieron reforzados, en disposici�n de dictar las sanciones morales en el Pa�s Vasco. Y los nacionalistas catalanes, cuyo objetivo proclamado es la destrucci�n de la naci�n com�n, adquirieron capacidad de veto sobre la gesti�n de su Gobierno. El Pacto del Tinell no fue una maniobra t�ctica: fue la decisi�n de rechazar la conversaci�n a quienes al menos comparten la preocupaci�n por la comunidad pol�tica y asumirlo con quienes la consideran un problema. Una extravagante interpretaci�n de la deliberaci�n, sin duda. La inversi�n perfecta de cualquier criterio republicano que Zapatero hubiera podido aprender de los libros que nunca ley�.

El resultado lo vemos hoy. La izquierda despacha con hipocres�a y malas razones la prioridad nacional com�n –no como capricho identitario, sino como condici�n misma de la ciudadan�a: el marco sin el cual no hay derechos que repartir ni demos que consultar– para defender cien prioridades nacionales, una por autonom�a. Su �ltimo refugio ideol�gico es la tribu, la tradici�n, la identidad: exactamente aquello que siempre defini� a la peor derecha, la que despreci� la Revoluci�n francesa. Ya ven: de Robespierre a De Maistre. No est� mal para un devoto de Philip Pettit.

Y no crean que el PP –siempre atento a la nueva chatarra ideol�gica facturada por la izquierda– permanece ajeno al juego: ah� est� Andaluc�a, convertida ahora tambi�n en escenario de agitaci�n identitaria. Lo que Zapatero inaugur� por ingenuidad o c�lculo, otros lo han perfeccionado por pura adaptaci�n competitiva. Y ya se sabe c�mo terminan estas cosas en los partidos con neoc�rtex plano: lo que empieza como necesidad t�ctica acaba convertido doctrina profunda.

Y sin embargo, a estas alturas, lo que m�s cuesta encajar no es el da�o –que es inmenso y visible– sino el relato que lo acompa�a en estas horas: los mantras sobre su legado, la prosa necrol�gica en vida que le dispensan quienes deber�an saberlo mejor. �Parec�a bueno.� �Ha dejado un buen legado pol�tico.� Curioso legado: una izquierda sin naci�n, unos nacionalistas con veto, y unos herederos del terror con carnet de dem�cratas. Hay legados que son cat�strofes con retraso. No hay manera de salvar a Zapatero: ninguna hip�tesis lo rescata, ni la del te�rico del socialismo, ni la del ingenuo pol�tico, ni la del constructor de legado decente. El contador de nubes nos minti� tambi�n al final. En un peque�o detalle: por lo que parece, le interesaba contar otras cosas.


F�lix Ovejero es profesor de la Universidad de Barcelona. Acaba de publicar La invenci�n del agravio. Nacionalismo y crisis de la democracia espa�ola (Alianza, 2026)