Ninguna de mis ediciones de 'Cumbres borrascosas' se va evaporar si no me convence un casting o un guion. E libro lo tenemos en la estantería y lo tenemos dentro. Nadie nos lo puede quitar

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Una amiga me pregunta si no me planteo escribir sobre las adaptaciones de Cumbres borrascosas. Le contesto que no, qué necesidad de añadir una opinión más al chaparrón, de empantanarse una en un fangal, de saturar todavía más el barro cuando está chapoteando tanta gente al mismo tiempo. Luego pienso en cuánto he disfrutado leyendo otras opiniones y me siento como una niña paralizada frente a un charco deseando saltar. Así que, movida por una pasión sincera y por el ánimo de esta amiga, me dispongo a ofrecer un salpicón más. Y, que reine la paz, sólo mencionaré algunos detalles vistísimos como parte de la promoción que nos ha estado friendo desde principios de 2025. Ni un spoiler.
Valga para empezar que no creo que las adaptaciones puedan ser plenamente satisfactorias. Lo que se le pide a la versión audiovisual ninguna película lo puede ofrecer. Aparte de que son códigos distintos, tendría que adaptarla cada persona porque nadie lo ha imaginado igual. Así que, cuando hay tantas adaptaciones de una obra, lo más divertido es celebrar de ellas no la fidelidad sino la subjetividad. Emerald Fennell, la directora de la última que tanto odio ha recibido, cuenta en las entrevistas cómo el libro le afectó en la adolescencia, como a Luis Buñuel, que la adaptó en México en 1953. Él era subversivo de una manera y ella lo es de otra. A los dos se les quedó dentro igual que se queda dentro de los demás. Al tratarse de un libro con tantas capas, tan furtivo, caben muchas formas de rellenar sus huecos, y su viscosidad es tan flexible que se puede adherir a infinitos tipos de tejido.
Emerald Fennell probablemente fue calada por los momentos más terrenales, que la llevaron a imaginar otros. A Buñuel le impactó la tensión dramática y puso a los personajes a pronunciar palabras estremecedoras que Emily Brontë nunca plasmó. La versión de Andrea Arnold de 2011 enfatiza el lado poético y atmosférico, y para muchos amantes del libro es la más justa. Pero luego vienen los amantes de la historia, que desean ver escenificada de principio a fin, y alaban la estrenada por Peter Kosminsky en 1992. En la de 1970 de Robert Fuest encontramos cierto orden narrativo centrado en la melancolía y es muy poco querida. Tengo cariños y pegas para repartir entre todas.
No me importa que las adaptaciones se desvíen del texto original. Si atendiéramos a ese parámetro por encima de ningún otro, habríamos de convenir que las mejores son las adaptaciones para televisión, largas y literales. Son entrañables, sí. Pero representar al dedillo las escenas no garantiza la representación de un conjunto. Dónde queda el ritmo, dónde quedan las figuras. Si se pone una estricta, todas las versiones cinematográficas tienen sus ridiculeces y sus licencias y encuentro desproporcionada la crucifixión a la que se ha sometido a la última. Repartamos cariños y pegas.
La versión de 1939 de William Wyler se considera la mejor y es también la que prefiero, pero no es con la que lo paso mejor, lo paso mejor con la de Buñuel y sí, con la de Fennell. Como flaquezas podríamos mencionar un casting oportunista e infiel y cierto reduccionismo (lo mismo que se le reprocha a la de este año), pero a nivel fotográfico es estupenda y sobrecoge el atrevimiento de algunos diálogos en los que identifico semillas para comprender la versión más reciente que considero no sólo una adaptación de libro sino una adaptación de adaptaciones. Del mismo modo, en la serie de 2009, que incluso suponiendo un ejercicio menor nos permite el lujo de presenciar el surgimiento de un amor verdadero (los protagonistas se enamoraron durante el rodaje), encontramos también el origen de otra de las escenas más irritantes para la audiencia de 2026. Dos manos sobre un rostro en un momento de fisgoneo. ¿Acaso no es bonito detectar estos guiños que atraviesan categorías y décadas?
En la de Buñuel, más allá de la pobre fotografía, la dudosa dirección de actores, todo medio cogido con pinzas incluyendo algunos maltratos indefendibles, hallaremos animadísimos diálogos que emanan una pasión sincera hacia el texto original. A la de 1970 de Robert Fuest se le reprocha no transmitir lo que debiera y el montaje flaquea, pero no me deja tan tibia como a la mayoría. El trabajo estético en la alabada adaptación de 1992 de Peter Kosminsky, condicionada por las tendencias del momento, me crispa pese a la ambición narrativa. La de 2011 me debería gustar porque la parte atmosférica del libro es mi debilidad y resulta que es la que menos me conmueve a costa de una realización despareja y un vestuario que me pierde como siempre que se busca el tino histórico del periodo de Regencia.
Lo mejor es que ninguna de mis ediciones se va a evaporar si no me convence un casting o un guion o un regencycore o un presupuesto de 80 millones de dólares. Pegas, manías. Pero sobre todo cariños. Regocijémonos en esta fascinación colectiva. El libro lo tenemos en la estantería y lo tenemos dentro. Nadie nos lo puede quitar.






























